"Puertas a mundos": cómo es la exposición que promete selfies, juego y fantasía

Inspirada en la tendencia “kidults”, que invita a los adultos a disfrutar sin restricciones, esta muestra en La Rural propone un recorrido laberíntico por escenarios diseñados para explorar, divertirse y sacarse las mejores fotos.

Texto: Mercedes Esquiaga

Las exposiciones “instagrameables” siguen en auge en el universo de las artes visuales, y "Puertas a mundos, recientemente inaugurada en La Rural, no es la excepción". Se trata de una propuesta inmersiva, lúdica e interactiva, que invita a un recorrido laberíntico por diferentes escenarios, en su mayoría surrealistas, pensados especialmente para el selfie point.

Esta muestra se enmarca en una tendencia global en auge bautizada “kidults”, que habilita a los adultos a comportarse como niños en las exposiciones, donde está permitido entregarse al disfrute de las actividades consideradas para chicos. Existen numerosos ejemplos en el mundo, desde el Balloon Museum, hasta Bubble Planet o Blow Up Experience, que ya llegó a Buenos Aires. En todos los casos, son experiencias visualmente impactantes, que apuestan a estimular todos los sentidos sin restricciones de edad.

Un arcoíris colorido recibe a los visitantes desde la puerta de entrada por la avenida Sarmiento, anticipando lo que vendrá. En grupos y cada diez minutos, los visitantes ingresan en la muestra en la que deberán atravesar diez puertas (muchas veces se trata sencillamente de correr cortinas) para sumergirse progresivamente en esos diferentes “mundos” que propone la exhibición.

La primera sala da la bienvenida con grandes espejos en el suelo y algodones de azúcar que simulan nubes en el cielo, en un entorno de colores pasteles. Luego, aparecen tres donuts gigantescas, teñidas de rosa y granas de multicolores, que penden del techo, invitando a fotografiarse junto a ellas en este mundo de golosinas gigantes. Hay también paletas de colores monumentales que se derriten y helados dibujados en las paredes, en una puesta en escena estilo Willy Wonka.

A continuación, sigue una sala misteriosa, repleta de puertas de diferentes colores (violetas, anaranjadas, celestes), con mirillas iluminadas y ruidos inquietantes, aunque ninguna de ellas se abre. Hay que quitarse los zapatos para avanzar a la próxima escena: una propuesta en total plush: alfombras de peluche, al igual que las paredes afelpadas, recubiertas en una tela suave y decenas de muñecos de gatitos de decoración, junto a sillones, una barra de bar y un misterioso teléfono de discado rotativo, de esos que se marcan con el dedo como se hacía antaño. Otra selfie, entre cortinados rojos, banquetas aterciopeladas, espejos, sillones y lámparas retro. A este mundo le sigue una suerte de pasarela, o pasillo, recubierta de luces amarillas, rosas y celestes que forman un arco luminoso que el visitante tiene que atravesar.

El clima cambia por completo en la siguiente sala: una oda a los años 80 y 90, en una suerte de garaje con murales, pintadas callejeras, un teléfono “público”, graffitis en las paredes, pegatinas y luces fluorecentes que enmarcan un clima especial, además pintadas que dicen “Hola” y “blah, blah, blah”. El teléfono está manchado con spray de aerosol y una bicicleta descansa cerca de allí, además un sillón (también pensado para la foto) totalmente recubierto de calcomanías. Una persiana cerrada, grafiteada, completa la escenografía de este mundo rodeado de luces ultravioletas que hacen brillar todo a su alrededor. “El decorado se calla” se lee en uno de los stickers pegados en una columna de este universo de reminiscencias punk y popular, junto a la foto de la actriz Moria Casán.

Otro movimiento de cortina lleva a una suerte de jardín apacible, sillones de mimbre que se mecen, recubiertos de flores y plantas, y una decoración en el centro que corona a los visitantes en una radiante ambientación floral entre luces tenues y coloridas, como si reposaran en un jardín primaveral.

El siguiente mundo es una invitación al espacio exterior: un universo estrellado de globos coloridos que parecen planetas iluminados por dentro, en una sala de paredes negras, completamente a oscuras, donde destaca un inflable para saltar, también iluminado desde el interior, y puntitos que brillan y simulan estrellas, como en un paseo por la vía láctea.

Lo que sigue pareciera un homenaje a los artistas del arte cinético y óptico, con tramas circulares, geométricas y a rayas sobre las paredes, que juegan con la percepción del espectador. Un piso damero junto a piezas de ajedrez de tamaño estrambótico y algunos naipes que cuelgan del techo (como el 8 de tréboles o el as de picas) combinando con dados inmensos que se desparraman sobre este espacio inusual. Todo se puede tocar o mover de lugar en este submundo acromático.

El recorrido concluye con una inmensa estructura inflable y rectangular que invita a saltar entre elementos típicos de una pileta, y en donde además, junto a ella, se suceden escenografías originales. En diferentes compartimentos se puede encontrar, por ejemplo, una lluvia de papeles brillantes y el selfie point debajo de un paraguas ubicado en el centro; una sala repleta de onomatopeyas que simulan estar dentro de un cómic, o una sala invertida, donde los muebles y los objetos cuelgan del revés, para improvisar una actuación divertida para la foto.

"Puertas a mundos" invita a los visitantes a sorprenderse con distintos escenarios pensados para ser recorridos: sin importar la edad, se puede jugar, disfrutar y sacarse cientos de fotos. Para Luciana Grosman, directora y creadora del espacio, esta muestra 100% pensada y construida en la Argentina es un gran desafío: “La creamos como una oportunidad de poner en juego la imaginación y los sentidos”, asegura. La exposición permanecerá hasta el 13 de marzo de 12 a 20 en el Pabellón 8 de La Rural.

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