Luciano Castro, volver a empezar: "Creo que hasta que me muera, me voy a caer y levantar todo el tiempo"
Con más de tres décadas de carrera y un sinfín de éxitos televisivos, el actor se enfrenta a un nuevo desafío: encarnar a un boxeador en su primer unipersonal. En esta charla exclusiva con EPU, revela cómo este rol se entrelaza con su vida.
Por Alejandra Bertolami
Si hay una figura que no necesita presentación es Luciano Castro. El actor que creció en la pantalla chica y fue parte de las ficciones más recordadas de la TV argentina, como Valientes, Sos mi hombre o Lalola, este año hizo reír al público con la obra teatral El beso y ahora se enfrenta a un nuevo desafío: encarar su primer unipersonal, que ya hizo su debut en la temporada marplatense.
En Caer (y levantarse), escrita por Patricio Abadi y Nacho Ciatti, y dirigida por Mey Scápola, se pondrá en la piel de Junior, un boxeador detenido en una penitenciaría de la Costa argentina. La noche previa a recibir su sentencia, de manera confesional, abrirá su corazón frente a los espectadores compartiendo los claroscuros de su vida.
El éxito, el ocaso, la paternidad, el amor, los mandatos, la caída y la resiliencia son solo algunos de los temas que aborda este espectáculo donde la emotividad no deja afuera la presencia del humor como una forma posible de escapar de la propia tragedia. En este encuentro con EPU, Luciano cuenta qué rol ocupa el boxeo en su vida, adelanta sus nuevos proyectos y hasta sus rituales a la hora de salir a escena.

–¿Qué lugar ocupa el boxeo en tu vida?
–Importantísima la parte que ocupa. Tiene que ver con mi viejo, con mi abuelo, con mi infancia. Los miércoles de seis de la tarde a nueve de la noche entrenaba en el gimnasio del Luna Park, que se entraba por la calle Lavalle. Mi viejo me dejaba ahí y después me venía a buscar. Cuando cualquiera estaba en la plaza, yo estaba viendo boxeadores y estaba feliz. Y cuando todo el mundo miraba fútbol los domingos, en mi casa se veía boxeo. Sumado a que todos los sábados íbamos a ver peleas, en el Luna o en la Federación. Ese deporte para los Castro es un denominador común. Es una pasión, tenemos mucho amor por el deporte.
–¿Qué valores te inculcó?
–Lo que te puedo decir es que te educa. Si querés boxear, por más amateur que seas, tenés que tener disciplina, conducta, tenés que comer bien, levantarte temprano. Hay que hacer un montón de cosas que tienen que ver con poder subirse a un ring; sino no podés, salvo que sea para sacarte una foto y te bajes.
–¿Y con qué te conecta?
–La sensación después de entrenar es la de estar vivo. Es sentir que tengo los años que tengo y sigo corriendo como corría. No pego como pegaba, pero puedo entrenar igual. Esa sensación de transpirar con placer, de respirar, de ducharse con agua helada. Salgo contento, y eso que no entreno ni la mitad de lo que entrenaba cuando era pibe. Cada vez que puedo, la sensación es esa: vida plena.

–Esta temporada te encuentra afrontando un desafío nuevo. A pesar de tantos años de trayectoria, ¿qué te genera encarar algo por primera vez?
–Hace 33 años que estoy en la profesión, pero nunca hice un unipersonal y nunca pensé que lo iba a hacer porque no me animaba. Hoy siento que tenemos algo muy lindo para mostrarle a la gente. Y si lo viera desde afuera, te diría lo mismo. Lo que siento como actor es lo que pienso siempre: “Empezó la función, ahora arreglátela” (se ríe).
–A pesar de ser tu primer unipersonal, no es la primera vez que te ponés en la piel de un boxeador. ¿Qué recordás de "Campeones de la vida"?
–El personaje de Campeones de la vida era un boxeador mucho más televisivo, tenía que ser más absurdo y menos boxeador. Me acuerdo de cuando armábamos las peleas, que las armaban Eduardo Salazar y Pablo Cedrón, y me dejaban ser parte porque éramos los únicos tres que sabíamos boxear de todo el elenco. Había que prepararlo a Mariano Martínez, que era el protagonista, también a Osvaldo Laport, y eso lo hacía Sergio Víctor Palma. En ese momento me ponía contento cuando me preguntaban algo a mí, porque aparte había un elenco notable, un elenco que jamás en la vida van a volver a juntar. Y encima tenía ese plus: que viniera alguien como Laport o mismo el director Sebastián Pivotto a preguntarme si la mano estaba bien así. Ese recuerdo me lo llevo a todos lados, fue un gran éxito.

–Con respecto a tu actual equipo, ¿cómo es trabajar con Mey Scápola como directora, siendo además una amiga personal?
–Acá no logro ser imparcial en lo más mínimo. Mi amor hacia Mey, mi cariño… Es mucho más lo que sabe de mí como amiga, como compañera, y eso hace que cuando trabajamos, conectemos enseguida. Ella sabe mucho del género, sabe mucho del unipersonal, y ya dirigió a actores enormes, entonces que me esté dirigiendo me facilita todo. Tengo la potestad de que es una amiga, entonces si no entiendo algo, o algo no me sale, se lo puedo decir, no tengo reparo.
–¿Qué similitudes encontrás entre tu personaje, Junior, y Luciano?
–Puede tener muchas cosas, pero sobre todo me identifica el título: Caer (y levantarse). Creo que hasta que me muera me voy a caer y me voy a levantar todo el tiempo. Es un patrón mío que no quiero cambiar. Cada vez que me caigo, me levanto. No sé cómo, pero me levanto.

–¿Tenés algún ritual o cábala antes de subir al escenario?
–Trato de llegar siempre una hora antes, aunque Mey quiere que llegue seis horas antes (se ríe). Vocalizo muy poco como para saber que no me voy a quedar rengo en la mitad de la función, y escucho la devolución antes de salir a escena. Eso es todo lo que hago. Si tengo un “ritual”, es el de necesitar cinco minutos solo, caminando como loco malo en círculos, recordando todo aquello que no tengo tan claro. Solo necesito cinco minutos para quedarme solo; en el camarín, en el teatro, donde sea.
–Ahora que sos vos solo frente al público, ¿qué expectativas tenés con la temporada?
–Ahora lo que tengo es miedo, pero al miedo hay que enfrentarlo. Necesitamos que el público vea la obra para saber cuán acertados estamos o no. Con mucha esperanza de que será una temporada hermosa.
Fotos: Alejandra López

