Joaquín Furriel: "Mis referentes son argentinos. Yo veo a los extranjeros, pero para mí son ajenos"
En la previa del estreno de Una muerte silenciosa en la pantalla grande, el actor confirma que se encuentra en una etapa de madurez. En esta entrevista con EPU, repasa el camino recorrido y, sobre su experiencia con Martin Scorsese, asegura: “Cuando recuerdo mis primeros encuentros con Alfredo Alcón, no me puedo poner nervioso por conocerlo a él”.
Hubo una época en la que se utilizaba la categoría “primer actor” para destacar los dotes interpretativos y la trayectoria de los artistas. Parece un término anacrónico para aplicar en esta época donde se pretende, y valora, el éxito fast food. Hoy quizás tenga más sentido hablar de permanencia para establecer los límites del éxito.
La historia de Joaquín Furriel se acerca más a aquella idea tradicional, y su trayectoria lo confirma con infinitas películas, obras de teatro y presencias en televisión. Pero más allá de la cantidad, a fuerza de talento llegó a ser una de las figuras más requeridas por los productores.
Ahora el actor protagonizará Una muerte silenciosa junto a Soledad Villamil y Alejandro Awada, dirigido por Sebastián Schindel. Se trata de un thriller patagónico que, aunque no exista como género tal, condensa los puntos característicos de esta clase de películas con una mirada austral, y se podrá ver desde el 9 de enero en cines.
–¿Llevás la cuenta sobre cuántas películas hiciste?
–No tengo idea. De lo que sí tengo conciencia es de que empecé a hacer cine a los 35 años. En comparación con otros actores que debutaron a los 18, pasó bastante tiempo hasta que aparecí en la pantalla grande.
–En esta película volvés a ser dirigido por Sebastián Schindel. ¿Cómo fue ese reencuentro?
–Me gustó mucho volver a trabajar con él. Habían pasado seis años desde que hicimos El hijo. En todo ese tiempo trabajamos mucho cada uno por nuestro lado. Ahora siento que la película nos encuentra en un momento de madurez, no solo por el crecimiento que experimentamos individualmente, sino también porque la confianza que nos tenemos se mantuvo inalterable.

–¿Conocerse desde hace tanto tiempo facilita el trabajo?
–Sí, pero hay desafíos que no se pueden enfrentar esgrimiendo la seguridad de conocer al director. Filmar en la Patagonia es una aventura en sí misma. Me tocó encarnar un rol que vive la soledad tan particular de quien habita en esa región. No es la misma soledad que rodea a los personajes urbanos que ya había transitado con otros papeles.
–Hablaste de la soledad de la Patagonia como un elemento fundamental en la película, pero tu personaje además tiene que lidiar con un destierro emocional autoimpuesto.
–Sí, es el dolor de aquel que no puede hablar sobre lo que le pasa. Son personas que silencian los conflictos y las tragedias de la vida. Se los suele catalogar como huraños, pero en realidad son seres frágiles. El desafío era crear un hombre de 1985 desde la mirada deconstruida de 2024.
–¿Te considerás deconstruido?
–Sí, porque tengo una hija que tiene 16 años y me marca la cancha cada dos minutos. Al ser padre de una hija veo cómo el mundo de los hombres está armado para las mujeres; sé en qué mundo está ella. Hay que ponerse en situación para entender el contexto del relato. En 1985 la democracia era muy reciente. La Patagonia seguía siendo un lugar remoto en el que no estaba claro qué había cambiado con el final de la dictadura. Entonces había que crear una especie de Ranger solitario, que vive en el medio de la nada, que tiene una relación problemática con el alcohol porque le calma un poco el alma, y que sabe todo lo necesario para subsistir en un medio climático agresivo.

–¿Cómo se puede componer un personaje tan fuerte y tan débil a la vez?
–Encontrándole un lugar a esa fragilidad. Tenía que encontrar la masculinidad de un hombre que sufre y está resquebrajado.
–Sos habitué de San Martín de los Andes. Eso te habrá ayudado.
–Tengo vínculo con la ciudad desde los 15 años. Mi mejor amigo vive ahí, y voy tanto en invierno como en verano. Y como hago montañismo, también tuve relación con personajes muy peculiares de la montaña. Son todos elementos que me sirvieron relativamente, porque la película es un mundo en sí mismo. Y ahí aparece el bigote, la idea de que el bigote rigidiza la cara y te convierte en una persona recia.
–En los 80 el bigote aún tenía una connotación militar y policial.
–Sí, denotaba el poder de la masculinidad. Y en los actores porno también funcionaba de una manera parecida. En este momento, en Europa, se ven muchos hombres con bigote, pero en una versión cuidada. En el caso de mi personaje, está construido con la chatarra que dejan otros lugares. Viene de una periferia humana compleja, que a mí me resulta fascinante desde la literatura. Es el personaje de El lobo estepario, de Hesse, o de El corazón de las tinieblas, de Conrad. Se repiten esos personajes que están solos atravesando una situación extraordinaria. Son roles que me llaman la atención porque, de algún modo, se están corriendo de la sociedad.

–Tiene un vínculo particular con las armas.
–Sí, tiene que generarse naturalidad en su manejo. De hecho, hay un momento en el que tengo que llenar un cargador sin mirarlo mientras hablo. Mostrar esa destreza le suma tensión porque, en realidad, en esa ciudad todos tienen un arma al alcance de la mano.
–Martín Scorsese produjo "El aroma del pasto recién cortado", un largometraje en el que tenés una participación destacada. ¿Qué recordás de tu encuentro con él?
–Lo viví como algo extraordinario, soy fanático de su cine. Con un grupo de amigos vamos a ver cada una de sus películas cuando se estrenan. Es un gran evento para nosotros. Hay diferentes maneras de conocerlo; no tuve el mismo vínculo que tiene con Celina Murga, de quien es mentor. Conmigo fue muy directo y amoroso. En definitiva, fue conocer a una persona con la que comparto una vocación y una pasión. Es imposible no conectar con él.
–¿Hay alguna frase que te haya dicho que quieras mencionar?
–No, pero me sorprendió que su película que más le gusta es Kundun. Tiene un vínculo emocional porque tuvo críticas muy malas. Me parece que eso hace que la quiera aún más.

–Hablando de referentes, vos compartiste escenario con Alfredo Alcón, pero también lo acompañaste en el final de su existencia. ¿Qué significaron esos momentos para vos?
–Estar al lado suyo fue un aprendizaje de vida. Nunca había estado tan cerca de alguien, ni siquiera de mis abuelos. Mis padres viven, por suerte, y nunca había tenido un encuentro cercano con alguien en su finitud. Cuando empezamos con Final de partida, la obra que hicimos juntos, empezó a mostrar síntomas de lo mal que estaba por el tratamiento que estaba haciendo. Pero él quería seguir con las funciones. Durante algunas, se perdía pero después volvía. Entendí que la vida me había impuesto una misión que era mucho más allá de lo profesional. De hecho, Final de partida no está en mi currículum, no la pondría. Porque no fue un trabajo.
–¿Qué fue?
–Acompañar a un gran referente que tuve en mi vida. Estar en sus últimos momentos fue, lo que algunos dirían, “el canto del cisne”. Lo acompañé hasta la noche en la que falleció. Se había armado una reunión sui generis convocada por su amigo Jorge Vitti. Creo que éramos ocho en total. Pasamos la noche contando anécdotas con mucha felicidad sobre Alfredo. En su momento, cada uno nos acercamos a la habitación donde estaba agonizando. Me despedí con mucha felicidad porque tuve una relación hermosa. Fue una persona que vivió casi 82 años de lo que más le gustaba hacer. Le cambió la vida a cada persona con la que estuvo, todos tuvimos aprendizajes maravillosos con él. Fue una buena persona, un tipo ecuánime que tenía un humanismo realmente admirable. Fue un artista poético; tenía una conexión especial con la poesía, su manera de ver la vida era poética.
–¿A él también lo seguías?
–Fue una inspiración. A veces, cuando pienso que el profesor de teatro de mi adolescencia se hacía la permanente porque era fanático de Alfredo, cuando me llevaba al teatro con mi grupo para verlo en Los caminos de Federico, veo cómo en el recorrido de mi vida él fue fundamental. Alfredo veía las obras que yo hacía. Después nos íbamos a morfar y me hablaba de mi trabajo. Yo hacía lo mismo con él. Éramos amigos. ¿Entendés?

–¿Habrá sido el destino?
–Hay algo de eso, me parece que la vida está escrita. Después de Final de partida no pude hacer teatro por muchos años. Leía y no podía. Pasaron cinco años hasta que hice Hamlet en la sala Martín Coronado. En el teatro querían que la hiciera en la sala Casacuberta que ofrece más intimidad, pero yo no quise porque allí la había hecho Alfredo. Me querían dar su camarín y me negué. Ahora haré, como él, Ricardo III. Pero no estoy siguiendo su camino; cualquier actor que tenga una idea de teatro más de carácter lírico y épico pasa por esos textos. Cuando me acuerdo de esos primeros encuentros con Alfredo no me puedo poner nervioso por conocer a Martin Scorsese. Hasta ahora, no conozco a nadie que me pueda poner nervioso.
–Eso habla de tus referentes.
–Mis referentes son argentinos. Yo veo a los extranjeros, pero para mí son gringos, son ajenos. Me genera lo mismo que ir a ver a un cantante maravilloso de Papúa Nueva Guinea. Mi cultura es argentina.
–Tengo la certeza de que vas a dejar marcado tu propio camino.
–Espero estar a la altura de la circunstancias.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

