Juan Gil Navarro, entre la poesía y el agua: "En 'Subacuática', el agua es el quinto personaje, sin dudas"

El protagonista de Subacuática, la obra teatral que se desarrolla dentro de una piscina, comparte detalles sobre el proceso creativo de la pieza y revela que uno de los mayores desafíos es mantener el control de la voz. En diálogo con EPU, adelanta que su próximo objetivo es dirigir su propia serie y confiesa: “Pensé que no tenía elementos para hacerlo pero, dándome cuenta de la injerencia que tengo en el set, digo que sí”.

Juan Gil Navarro es un intérprete que entiende el poder de habitar el momento presente, diciendo y haciendo lo que realmente desea. Esto lo lleva a no perder su tiempo en proyectos sin corazón, y lo impulsa a buscar constantemente desafíos que lo saquen de su zona de confort. Así es como llegó a Subacuática, una obra que le ofrece la oportunidad de explorar territorios poco convencionales, como actuar en una piscina real y sumergirse, literal y emocionalmente, en esta historia dirigida por Fernanda Ribeiz y Luciano Cáceres. La experiencia es inmersiva y se puede ver todos los sábados a las 21 horas en el Centro Cultural y Deportivo Suterh, en el barrio de San Telmo.

–¿Cómo describirías esta obra?

Subacuática toma su título de la novela que escribió Melina Pogorelsky. Cuenta la historia de un tipo que se queda viudo tras el parto de su mujer y tarda tres años y seis meses en volver a tener algún tipo de actividad que lo saque de ese ostracismo. Su hija Lola va a nadar y él se engancha con el agua y, a partir de eso, aparecen la voz y el cuerpo de su mujer muerta. Al mismo tiempo, está su hermana que lleva ahí a su sobrino y otro personaje que es una mujer que acaba de divorciarse y va con su hijo también a esa pileta. Pablo, a quien interpreto, intenta salir adelante del duelo que estuvo transitando, hasta que de repente ocurre algo que lo hace entender que tiene que soltar y se siente habilitado para poder iniciar una nueva relación.

–Debe haber varias dificultades extra por el espacio en donde se desarrolla. Contame sobre la experiencia de actuar en un natatorio real.

–Hay todo un tratamiento especial, tenemos dos músicos y sonidistas que han trabajado distintos planos de audio, porque, como bien decís, hacer esto en un sitio tan poco convencional como una piscina, hace que el sonido de la voz tenga una reverberancia distinta, entonces tenemos determinadas apoyaturas con micrófonos. Hay cosas que ocurren proyectadas en paredes, otras en el agua con dibujos, luego está el eco, el sonido del agua y, de alguna forma, todo eso es el andamiaje para que ocurran estos textos tan poéticos. Lo más difícil de esta propuesta, era poder adaptar la novela a una hora de duración, sin perder la esencia que Melina le había puesto a los pensamientos de mi personaje mientras nadaba, porque mucho de lo que ocurre, pasa en su cabeza.

–¿Alguna vez habías trabajado con el elemento agua de esta manera?

–No, nunca. Había hecho otra obra con Luciano Cáceres que se llamaba El ardor, en donde había baldazos y duchas, pero esto es completamente distinto, no te digo que es circense, pero casi. La demanda física es grande, de mucho atletismo, porque hay que nadar, salir, hablar, volverse a tirar, proyectar la voz, sincronizar el nado con el texto de las actrices, hablar en una tarima con el oído tapado escuchando la mitad e incorporando esa dificultad. El agua es el quinto personaje, sin dudas.

–¿Qué fue lo que te hizo decir que sí a este proyecto?

–Venía de hacer otra obra con elementos más comerciales que fue Votemos, en calle Corrientes. Anduvo muy bien, pero tenía mucho grito y violencia. Estaba anhelando encontrarme con algo que fuera un poco más tranquilo y más poético. Primero salió una propuesta para hacer seis funciones en el Teatro Argentino de La Plata con Vairoleto, un texto inédito de Juan Carlos Gené, y eso me aplacó.

Subacuática llegó casi al mismo tiempo. Estaba en el estreno de una obra en el San Martín, con una copa de vino en la mano y se me acercó Fernanda (Ribeiz) y me dijo: “Estamos codirigiendo algo con Luciano Cáceres”, a quien yo me había cruzado dos semanas atrás y nos habíamos dicho que teníamos que volver a hacer algo juntos. Fernanda me contó la historia y terminó diciendo: “Pero sería adentro de una pileta, Juan”. Dije que sí, sin dudarlo, eso fue lo que me motivó.

–Eso y la copa de vino que tenías en la mano seguramente ayudó.

–No te quepa ninguna duda, todo está signado por los líquidos acá, el agua dionisíaca tuvo mucho que ver (se ríe), y también la promesa que me hicieron de un vino después de la función que hasta ahora no ocurrió, porque terminamos muy cansados.

–Bromas aparte, estás muy comprometido con el proyecto, ¿cómo te preparás para afrontar las funciones?

–Te diría que el mayor tema es elevar la intensidad de la concentración para no volverte disperso ante una situación tan poco común. Acá estoy desnudo de todo, con una mallita y mi alma, totalmente empapado, es como si acabara de ser parido por la pileta, que tiene mucho de útero y soy revoleado ahí. Lo que más me demanda es tener el control de la voz, no solamente para tener una buena emisión, sino para separar las palabras de tal forma que no se haga una pelota de sonido y se entienda claramente.

–Viendo tu carrera pareciera que siempre estás intentando tomar nuevos desafíos. ¿Qué es lo que te mueve la aguja a la hora de aceptar un trabajo?

–Antes que nada, gracias por esa percepción, porque lo he buscado siempre y no muchas veces ha habido esa lectura. Que veas eso me hace pensar que ese esfuerzo y ese “plan” no fue en vano. Una vuelta, haciendo teatro, un actor me dijo: “No busques la originalidad, porque no hay nada original, buscá lo singular”. Siempre me quedé con esa mirada. Creo que eso, los 51 años que tengo y también cosas que me enojan de una realidad que, muchas veces, tiene gusto a nada, me hacen pensar que puedo fabricar otra realidad que se construye desde las elecciones singulares.

–En el último tiempo dijiste que estabas escribiendo un guion audiovisual, ¿podremos verlo próximamente?

–Ojalá. Es una serie sobre el periodismo y la política. Mi viejo era periodista y siempre quise hacer algo con respecto a eso. Se llama Cerca de la revolución, la escribimos con un amigo dramaturgo, actor y director, Lautaro Vilo. La presentamos en una productora hace poco, tuvimos buen recibimiento, pero es difícil introducir en este momento algo que demande un poco más de riesgo.

Me acuerdo de que cuando recién la habíamos terminado, antes del covid, fui a España a pitchearla en un par de lugares y les hablaba de una pandemia de venganza, de un panorama distópico y me decían “¿una qué?”, no entendían nada (se ríe). Dos meses después, cuando ocurrió todo, llamé a Lautaro y le dije: “¿Viste?, estábamos en posición adelantada”, pero ya lo vamos a conseguir.

–¿Vas a dirigirla también?

–Pensé que no tenía elementos o conocimientos para hacerlo pero, sin que suene soberbio y dándome cuenta de la injerencia que tengo cada vez más en los textos y en el set, digo que sí. Me gustaría, en este momento que siento que es de expansión, tener cada vez más control en la fórmula en la que quiero contar la historia. La verdad es que en estos tiempos tan algorítmicos, tengo la necesidad muy fuerte de hacerlo, y más ante la desazón que me produce ver cosas hechas cada vez con menos corazón.

–¿No creés que los tiempos que corren también abrieron muchas ventanas para que cada uno pueda ir con su propuesta?

–Si, también es cierto. Quizás lo que digo se escucha como una bronca o una tristeza, pero no, hay determinadas frases cliché que me producen enojo como “es lo que hay”. Esas mismas cosas son las que me encienden el motor y digo: “¿Cómo que es lo que hay? ¿cómo que hay que fingir demencia?” No, discúlpenme pero no, Hamlet fingió demencia y todo terminó en una tragedia (se ríe).

Fotos: J.J. Hans @jjhanss

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