Camila Fabbri y su debut como directora: "Mi película intenta contar cómo es la vida después de un hecho traumático"
Si bien Camila Fabbri no se define como sobreviviente de Cromañón porque no estuvo presente el 30 de diciembre de 2004 sino el 29, a los 15 años y de una forma trágica supo que su vida había corrido peligro en todos esos lugares a donde el rock, la noche porteña y las amistades con las que compartía cervezas tibias y deseos de otro viento mejor la habían llevado. Ese día, toda una generación de jóvenes perdió algo y 194 de ellos, la vida.
Partiendo de su reconocido libro El día que apagaron la luz, la directora escribe el guion de Clara se pierde en el bosque, una película de formato híbrido entre ficción y documental. A partir de un viaje a un paisaje que dista mucho de la ciudad, Clara empieza una conversación por audios de WhatsApp con su amiga Martina acerca de sus pasados como fanáticas del rocanrol argentino. En ese recorrido aparece un chispazo de presente que tiene que ver con el deseo de ser madres, con el deseo tímido pero irreprimible de que se produzcan, entonces, las nuevas generaciones.

–En la película hay muchos flequillos rectos y pañoletas, pibes tocando en patios de escuelas o en lugares repletos de humo, identificación con causas en banderas, remeras… Una representación de esa fascinación que nos generaban las bandas de rock en los 2000, ¿qué más veías necesario contextualizar en la película para contar la historia de Clara?
–Como con el libro, pero incluso más en la película, lo que trato de contar es una reivindicación de la juventud en ese contexto. La película no va de la tragedia necesariamente, de hecho no se menciona para nada. Es implícito, es algo que se toca muy de costado. No hay testimonios de esa noche, ni usamos la música de Callejeros. Son todas historias de adolescencia previa a lo que pasó, historias que recuerdan cómo era la vida en grupos, saliendo permanentemente, teniendo planes todo el tiempo intermediados por las bandas de rock que empezábamos a seguir.
Yo tengo recuerdos muy lindos de mi adolescencia, también fui un poco por esa búsqueda, de compartir algo que no fue solo mío. Lo noté hasta cuando les pasé el guion a los actores principales, Camila Peralta y Agustín Gagliardi. Después de leerlo, los tres compartimos entre risas y recuerdos muchas experiencias. Por eso, en principio, no diría que es una película sobre Cromañón, sino sobre nuestras adolescencias queriendo reencontrar en este presente el lado bueno, amable y luminoso de eso.

–En uno de los intercambios de audios entre Clara y Martina, ella le pide: “Como dice esa escritora que te gusta (N. de la R.: Leila Guerriero): ¡Por favor, tengan algo para decir!”. ¿Qué tiene Clara para decir en esta historia?
–Ni ella tiene muy en claro qué tiene para decir (se ríe). Hay algo desordenado en su discurso, porque si bien es evidente que interpreta a una joven que quiere hacer un trabajo audiovisual narrativo, grabando imágenes de unas vacaciones junto a la familia de su novio, preguntándole a sus amigos por audios de WhatsApp cómo recuerdan sus adolescencias ligadas a las bandas de rock, no sabemos qué quiere más que construir un discurso sobre lo que le pasó. Tiene mucho material y mucho desorden, falta una estructura.
Me parece que algo de esa imposibilidad de ordenar tiene que ver con ese presente, con ese viaje, con conocer su propia vida adulta, con encontrarse de repente con la posibilidad de desear ser madre, con lo que nos pasa cuando crecemos, ¿qué se hace con todo esto? ¿Cómo estructuro mi vida que es un caos?
–Crecer y decir: “Che, tengo más preguntas e incertidumbres que certezas y camino marcado”.
–Sí, y también al darte cuenta de que al lado tuyo hay personas que toman otros caminos empiezan las comparaciones. En el caso de Clara, al ver que una amiga sí pudo trascender sus miedos, aparece esa inquietud espejada. Esa amistad refleja esos vínculos que van por la vida haciendo las mismas cosas, porque son un “ahora vos, ahora yo, ahora vos”, pero de repente se cortan y una queda en jaque.
–¿Convertir en arte tu vínculo con la tragedia de Cromañón fue una necesidad personal o algo que cayó de maduro?
–No, no fue una necesidad. Me parece que son las cosas con las que uno trabaja. A todos nos toca vivir algunas cosas y pasar por momentos específicos en la juventud, en la relación con su familia, en el amor… Hay algunas ideas que son más insistentes y como artistas vamos trabajando con eso. También, al estar cerca de la no ficción, trabajé con lo propio con un montón de licencias de ficción, obvio. Yo no estoy contando mi historia, estoy contando una historia y le robo algunas cosas a la mía. No hubo una necesidad de hacerlo como para sanar, no fue por ahí.

REPETIR LA HISTORIA
–En este contexto de crisis es inevitable la comparación con lo vivido por esos jóvenes al principio de los 2000, pero ahí nosotros recién estábamos entrando en la adolescencia, ¿qué diferencias o similitudes notás desde este presente?
–Justo pensaba bastante en eso durante la movilización que realizamos en apoyo a la lucha en contra del vaciamiento del INCAA y la posible venta del Cine Gaumont. La mayoría éramos de la misma generación, quizás por ahí algunos más grandes, pero los que en ese 2001 éramos prepúberes no éramos políticamente activos. Los únicos recuerdos que tenemos de esos momentos eran los vividos en las casas, las historias de nuestros familiares y todas esas imágenes de mucha violencia que se mostraba en la televisión.
No pusimos el cuerpo en esa crisis, no vivimos esas situaciones de extrema violencia represiva. Pero ahora parece que se volvió a instalar. Es muy frustrante porque da la sensación que se vuelve otra vez a algo que uno por ahí creyó que ya estaba totalmente desterrado. Para nosotros es muy fuerte estrenar la película en unas semanas en el mismísimo Gaumont, una sala que quieren cerrar, en un presente donde nos están diciendo que lo que hacemos no sirve para nada.

–Como directora, actriz y militante ¿cómo le explicás el rol de la cultura a quienes niegan su importancia?
–Es difícil encontrar un discurso que se despegue de lo que ya tanto se dijo. La cultura no es un gasto, el cine es una industria que funciona y no hay por qué tocarlo. Da la sensación de que no alcanzan las explicaciones lógicas, entonces es poner en palabras algo que no van a escuchar.
En el abrazo al Gaumont, una de las personas que más atacó a los manifestantes fue un civil, un hombre cansado y en desacuerdo que pasó insultando en su auto y luego atropelló a un chico. La libertad de que te pase cualquier cosa es total. Sí, es un desafío, pero creo hay que jugar con las mismas cartas que están jugando ellos porque esto ya es ideológico.

–Con esa frase de Leila Guerriero ya le pregunté a Clara qué tiene para decir, y si bien podemos decir que ella es un poco tu alter ego, no es Camila. Entonces, ¿qué es lo que vos tenés para decir?
–Dicho así es difícil, creo que la película intenta contar un poco cómo es la vida después de un hecho traumático, para ponerlo en términos muy generales. Cómo es haber crecido con una situación que por ahí afectó a gran parte de la juventud que uno conoce, la propia y la de la gente que tenía alrededor. Y tal vez una de las incertidumbres que estamos viviendo hoy es la de cómo cuidar después de haber sido tan descuidados, no como algo individual o doméstico, sino generacional, colectivo.
A mí me parece que la película un poco trata de hacerse esa pregunta, que quizás yo en algún momento me la pude haber hecho, y también la gente que estuvo en Cromañón, que están siendo madres y padres en este momento, o de unos años a esta parte. Nos replanteamos en voz baja “¿Yo voy a poder cuidar de una vida?” y si ese miedo es compartido, tal vez sea más liviano afrontarlo.

