Gaspar Noé, el director más provocador, habla sobre su film Vortex: "La violencia es el paso del tiempo"

El brillante realizador argentino que recorre el mundo con su filmografía se enfrenta a los límites del amor, el confort y la muerte en su proyecto más íntimo. En una charla exclusiva con El Planeta Urbano, habla sobre la demencia senil de su madre, la vejez y el olvido.

Ya había llorado con una película de Gaspar Noé. Fue en un lejano Festival de Mar del Plata donde se proyectó Irreversible. El cine se iba vaciando a medida que avanzaba la película, la escena eterna donde violaban al personaje de Monica Bellucci fue intolerable para gran parte de la audiencia. El daño no tiene retorno, pero la verdadera tragedia radica en lo irreversible que es el tiempo. Cuando la última escena muestra cómo arrancó el día para los personajes de esa historia y uno imagina lo que pudo ser y no fue, es inevitable conmoverse.

A Noé le gusta provocar, tenerte de rehén, llevarte a pasear por el cielo de la ciudad como el fantasma maldito de Enter the Void, engañarte en la orgía alucinógena de Clímax o entregarse a la violencia como quien se arroja a un pogo.

Solo, contra todos, hasta hoy que suena el teléfono y del otro lado está él con su particular decir, arrastrando levemente las erres como quien tira de un raro carro. “¿Tenés los pañuelos preparados?”, pregunta. Sabe que me dispongo a ver Vortex, su última película, disponible en la plataforma MUBI.

Gaspar Noé, est un scénariste, producteur et réalisateur

La historia de una pareja de ancianos intelectuales (ella, psicoanalista; él, escritor embarcado en un ensayo sobre el cine y los sueños) interpretados por dos íconos, Françoise Lebrun y Dario Argento, sorprendió en Cannes con una fábula dura y sensible sobre el ocaso de la vida.

En Vortex no hay trucos. Si la pantalla está dividida es porque muestra la vida cotidiana de sus criaturas desde sus propios puntos de vista, los acompaña en una cotidianidad que se esfuma mientras la demencia de la mujer y la incapacidad para poder ayudarla tanto de su marido como de su hijo adicto van avanzando.

Aquí, todos los personajes necesitan pero no saben dar. Tampoco imaginan lo que quedará cuando ya no estén, porque el verdadero terror es el olvido.

Entre ese llanto de hace 20 años y este que irrumpe con la escena final de la película pasó una vida. Me doy cuenta cuando, entre los dos, hablamos de nuestros padres. El tiempo no para y el final es inesperado en esta charla exclusiva de Gaspar Noé con El Planeta Urbano.

Gaspar Noé y Vortex, su nueva película: el peso del olvido

–Mientras miraba Vortex pensaba en aquella frase de Ingmar Bergman: “La vejez es el infierno”. ¿Estás de acuerdo con él?

–No sé si es el infierno. Mi viejo me dijo alguna vez que la vejez es muy triste, pero son distintas etapas de la vida por las que hay que pasar. A algunos la vejez les pega temprano y a otros más tarde. Después, cada persona carga su propia cruz: la demencia es terrible pero el cáncer también. Inevitablemente, la vejez llega. Es un momento de la vida que alguna ventaja debe de tener también.

–En la película hay una mujer que fue psicoanalista y está experimentando la disolución de su mente, pero quizás lo más aterrador es la pérdida de la memoria. Cuando se desmantela la casa en la que vivió, hasta los objetos que acompañaron su existencia desaparecen. Una vez que termina la vida, ¿el olvido se apodera de todo?

–Esa secuencia final es la que más traumatiza a la gente, porque después de que ocurre la tragedia inevitable se borran todas las trazas de la existencia. En las últimas semanas varios amigos perdieron a sus madres o a sus padres y ahora están vaciando sus departamentos. Esa es una experiencia devastadora.

–Es doloroso pero cierto. Todas esas cosas que acumuló la pareja protagónica (libros, anotaciones, afiches de películas) terminan en cajas. El hijo dice una frase terrible: “Las casas son para las personas vivas”. ¿A dónde van a parar los recuerdos?

–Es duro remover todos los recuerdos de alguien y saber que uno termina tirando gran parte de eso al tacho de basura. Algunas cosas se recuperan, pero la mayoría desaparecen. Los que no formaron parte de esa experiencia de vida no conectan con las fotos ni con los objetos que pudieron ser significativos. En la película se ve una casa donde han vivido dos intelectuales a los que un día se les descompone la vida, y de eso no queda nada.

–¿Por qué decidiste contar esta historia ahora?

–En 2020 estaba afuera, y cuando volví a París, mi productora me preguntó si tenía alguna idea para hacer una película en un ambiente único con dos personajes. Se me ocurrió que fuera en torno a la demencia, una experiencia que conocí por seres cercanos, algo que también en cierta gente más joven puede estar ligado a las drogas. Mi madre tuvo demencia y pude vivir experiencias parecidas.

–Algunos críticos han dicho que Vortex es tu película más personal y amorosa, pero a veces la tensión la acerca más al Roman Polanski de Repulsión o El inquilino que al drama familiar. ¿Podemos hablar de terror existencial?

–Sí, es una película de terror psicológico, con dos o tres personas encerradas tratando de sobrellevar todo esto que les pasa. Haber experimentado en mi familia situaciones similares y ver cómo el público reacciona en el cine demuestra que no es un tema meramente personal sino universal. Lo llamativo es que cuando la gente pasa por un tema así, en general lo oculta. No quiere hablar de eso delante de sus amigos, llevan como una cruz personal el hecho de tener a un padre, una madre o un abuelo con demencia. Y no es una completa pesadilla, hay momentos de humor y de amor, porque uno está tratando de ayudar a alguien que es cada día más dependiente. Es un desastre, pero a la vez forma parte de la vida.

–Tus filmes tienen una marca de estilo inconfundible y parte de eso radica en un gran despliegue visual. Esta vez todo es más íntimo, una acción más opresiva y cerrada. ¿Cómo lo trabajaste?

–Cuando les propuse la idea a los productores, pensamos en un tratamiento cercano al documental, con dos pantallas y diálogos muy improvisados, porque la improvisación formaba parte del proyecto. La hicimos entre todos durante pocas semanas casi en un único decorado, y creo que salió bien.

–Françoise Lebrun y Dario Argento son leyendas vivientes y, de cierta manera, simbolizan la memoria de un cine de culto que ya casi no existe. ¿Cómo lograste que se sumaran a Vortex?

–Pensé en Dario porque buscaba a alguien italiano que pudiera hablar en francés, y él era ideal. Él es tan simpático, tan cariñoso, que realmente era la imagen de un padre querible. En realidad, necesitaba que la madre y el padre fueran queribles, y fue una idea estupenda tenerlos a Dario y Françoise. Se los propuse, aceptaron, y después tuve que encontrar a alguien que hiciera de hijo de esa pareja. Ahí fue cuando apareció Alex Lutz, un actor y director francés excelente. Lo había visto en Guy, una película en la que encarna a un cantante pop. Es genial y, además, tenía una similitud física con los protagonistas: es una mezcla entre Françoise y Dario.

–Siempre se menciona la forma que tenés de aproximarte a la violencia. ¿La pérdida de la memoria y de los sueños es la última forma de violencia?

–La violencia es el paso del tiempo, el tiempo que no podemos parar. Cuando tenés a un padre o una madre con demencia senil, hay un momento muy perturbador que es cuando no reconocen a sus propios hijos. Se mantiene, quizás, de a retazos, la memoria más antigua, y se pierde todo lo inmediato.

–Hablando de sucesos recientes, volviste hace poco del Festival de Cine de Venecia. ¿Tenés algún proyecto entre manos?

–Por el momento no tengo nada mío para salir en breve, fui a ver cine.

–Fue un gusto hablar con vos, Gaspar, te agradezco.

–Esperá, no nos despidamos todavía. Te recomiendo una película que vi en Venecia: Blonde, sobre la vida de Marilyn Monroe. No es de MUBI, sino de Netflix, pero es buenísima. ¡Esa Ana de Armas…!

Fotos: Gentileza MUBI

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