Emanero: el rapero original

Rapea desde mucho antes de que los ritmos urbanos se convirtieran en el soundtrack actual. Hoy, a sus 34 años, acaba de lanzar Chernobyl, un álbum en el que deja en claro su condición de productor total.

Federico Giannoni, más conocido como Emanero, es un caso de estudio en el mapa de la música urbana nacional. Es uno de los pocos sobrevivientes de la segunda ola argentina de hip hop que surgió a mediados de los 2000.

Mientras muchos de sus colegas fueron abandonando sus carreras, él siguió perfeccionando su música, dando shows a sala llena y grabando discos. “Éramos tres o cuatro los que rapeábamos en todo el barrio, con la remera grande y los jeans anchos. Yo empecé en 2004, por aquellos años no había nada y un aplauso era la gloria. No sabíamos que en realidad estábamos haciendo historia”, canta en “Porque puedo”, uno de los temas centrales de Chernobyl, su quinto álbum, que presentará el 18 de diciembre en el teatro Vorterix.

Ahora, con la explosión del trap, se está abriendo paso entre las nuevas generaciones con estatus de pionero.

“Soy el primer artista urbano que escucharon muchos de los que hoy están liderando la música a nivel mundial.”

–Sos un productor experimentado, pero Chernobyl es el primer álbum que está hecho por vos en su totalidad. ¿Cómo fue ese proceso?

–Producir desde cero hasta el final tiene que ver con el encierro y la pandemia. Pasé más tiempo solo en mi estudio, por lo que, a diferencia de mis discos anteriores, donde había coproducción o alguien que se encargara de la mezcla y la masterización, esta vez decidí resolver todo por mi cuenta. Me sentí con confianza y es una parte de la grabación que disfruto, así que lo hice con mucho romanticismo y tranquilidad.

–Este nuevo trabajo incorpora más beats electrónicos que los anteriores, donde hay una mayor instrumentación analógica. ¿Hubo un intento de aggiornarse a la música urbana actual?

–Eso responde a inquietudes mías y cosas con las que tenía ganas de experimentar. Soy bastante caótico a la hora de componer canciones, y muchas veces arranco con un esqueleto, voy haciendo pruebas y viendo en qué canción encaja mejor lo que quiero hacer. Yo sostengo hace mucho tiempo que el hip hop, que ahora se lo llama música urbana, no tiene un sonido determinado, sino que va variando mucho año tras año y etapa tras etapa.

Siempre supe que lo que hago no es definitivo, por lo que cada vez que trabajo en un disco sé que dentro de cuatro años va a quedar antiguo. Es por la naturaleza misma del género, que no tiene limitaciones, y eso le da mucha cintura.

Por eso los raperos pueden colaborar tanto con una banda de jazz como con un artista de música electrónica. De hecho, yo mismo me subí al escenario a rapear con bandas de rock nacional, como Los Tipitos, pero también con el DJ Javier Zuker. En ese sentido, Chernobyl claramente juega con un montón de cosas nuevas y se aggiorna, pero no como un intento sino como algo totalmente natural.

–Da la impresión de que las letras de este nuevo álbum son menos contestatarias que las de tus trabajos anteriores. Esta vez la artillería pesada está en “Manicomio”, que critica a los medios y a los opinadores.

–A nivel sonoro, este disco es más cercano al que grabé en 2018, Tres mil millones de años luz. Siento que ahí hay un montón de cosas de las que ya hablé y que no se me ocurrirían formas nuevas de decirlas.

Por eso “Manicomio” deja un poco de lado lo local y es más universal y describe lo que pasa en el mundo. No me gusta redundar; incluso me pasa con las canciones de amor. Creo que para el próximo disco o single voy a tener el mismo problema, porque entre “Chernobyl” y “Sola” de este álbum y “Veneno” y “Secreto paraíso” del anterior, me parece que cubrí un montón de noviazgos, ex relaciones y vivencias.

–“Chernobyl” habla de una relación tóxica de tu adolescencia. ¿Cómo fue revivir esa situación ahora, con 34 años?

–¿Viste cuando tenés una discusión amorosa o intelectual y pasa una semana y decís “le tendría que haber respondido tal cosa, ¿cómo no se me ocurrió en ese momento”?

“Chernobyl” tiene que ver con lo que le diría a ese Federico de 17 años, que no permita ciertas cosas que generan una relación abusiva y tóxica, donde el otro consigue lo que quiere a través de amenazas y de una manera que no está bien. “Chernobyl” responde a lo que me hubiera gustado decir en ese momento.

–¿Cómo vivís la consagración de la música urbana nacional siendo uno de los pocos que vienen luchando por esto durante tantos años?

Lo que viví entre 2012 y 2015 fue enorme. Los lugares donde toqué, los discos que grabé y las colaboraciones que tuve, para lo que era la movida en el país en ese momento, fueron como una especie de explosión. Me siento feliz de poder ser contemporáneo a esto que está pasando, de no haber bajado los brazos, de no haberme dedicado a otra cosa por no ver una masividad y de saber que para muchos artistas que hoy están liderando la música, no sólo a nivel nacional, sino mundial, soy el primer artista urbano que escucharon.

Eso me pone en un lugar privilegiado porque me da gusto haber podido estar ahí y al mismo tiempo estar hoy, desde mi lugar, viviendo junto con los nuevos artistas la consagración del género. Hoy son ellos los que me están dando clase a mí.

–¿Cómo ves el desarrollo musical del género urbano argentino?

–Siempre vi la música urbana como algo sin terminar, que no tiene paredes a los costados ni adelante y atrás. Es mucho más libre que otros géneros. La Argentina, claramente, entendió eso y empezó a haber espacio y oídos para un montón de subestilos dentro de lo que es el sonido principal.

En realidad, ya casi es momento de que se deje de usar la expresión “género urbano”, que lo limita un poco, y se empiece hablar de la música argentina de hoy, con sus diferentes facetas más pop, rockeras, electrónicas o fiesteras.

Además, todos los grandes artistas urbanos del país tienen tremendas bandas armadas con direcciones musicales muy interesantes, pero hay un prejuicio respecto de cómo suenan en vivo, típico de alguien que siente que su género musical está perdiendo poder.

Me parece que al trap también le va a pasar y que dentro de quince años vamos a escuchar traperos bardeando al próximo género musical, así como muchos rockeros ahora eligen la descalificación. Otros, en cambio, optaron por la colaboración y el aprendizaje, pero va a pasar siempre. Es una historia cíclica que se va repitiendo.

–¿Te gustaría colaborar con las máximas figuras del trap nacional?

–Yo siempre manejé las colaboraciones con una filosofía relacionada con la vibra. Que no sea sólo hacer una canción, sino también conocerse con el otro y hacer algo en común. Son artistas que recién están empezando a generar lazos más sólidos entre ellos.

Ya pasaron tres o cuatro años de la gran explosión, por lo que ellos mismos recién ahora están dándose cuenta de quiénes son sus amigos de verdad dentro del ambiente como para que venga alguien que está hace muchos años y les diga: “Hola, permiso, ¿quién quiere hacer un tema conmigo?”.

Pero sí, me encantaría colaborar con todos ellos porque admiro a los artistas jóvenes. Obviamente que quizás tengo algunas preferencias, pero es meramente una cuestión de gustos musicales.

“Sin buscarlo, el freestyle evita que los chicos terminen explotando y cagándose a trompadas en la vida real.”

–En 2013 compusiste “Si no hacés nada sos parte”, una canción que busca hacer tomar conciencia sobre el bullying. ¿Cómo puede ayudar la música urbana a resolver este problema que sufre la juventud?

–El tema fue hecho a pedido del Consejo Publicitario Argentino para una campaña. En vez de bajar línea, preferí escribir una letra más oscura en primera persona, con un mensaje que dice “la estoy pasando mal, me gustaría que me escuchen”.

Fue una canción muy importante para mi carrera y para mí como persona por todo lo que generó, por la cantidad de gente que se me acercó, chicos y profesores que la siguen descubriendo ahora y colegios que la usan para prevenir y trabajar el bullying.

Creo que las batallas de freestyle, de alguna manera, ayudaron mucho a reducir los niveles sin saberlo, porque enseñaron a ubicar el insulto, la bardeada y la descalificación en un lugar de juego y que cuando se termina, los contrincantes se pueden dar la mano y saber que todo aquello que se dijeron no fue cierto.

Tiene algo de boxeo y está bueno porque hace que muchos pibes puedan sacar afuera un montón de mierda de manera controlada y profesional. Sin buscarlo, el freestyle evita que los chicos terminen explotando y cagándose a trompadas en la vida real.

Fotos: Warner Music

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