Lourdes Sánchez: El poder del deseo

Desde su transgresión adolescente hasta su incansable persistencia por concretar lo que visualiza. La bailarina, conductora, madre de Valentín y pareja del Chato Prada analiza el machismo en los medios y el estigma de ser “mujer de” y revela cómo eclipsa la envidia y los egos en la “hoguera de las vanidades”.

Lo que se puede hablar en el tiempo en el que queda perfecta la tintura de pelo: productividad, ansiedades, temor a que no te necesiten en el trabajo, las crueldades que escuchamos, el estigma de ser “mujer de”, el machismo en los medios y el laberinto de las vanidades que supone el medio artístico en el que se hizo una “verdadera familia”.

Esos son apenas algunos de los tópicos que entran en el momento exacto en el que el papel de aluminio calienta el cabello para abrir la cutícula y ayuda a que el decolorante penetre mejor. También es ese espacio relajado en el que se puede hablar tanto de banalidades como de cosas de diván, como cuando Lourdes Sánchez –que nunca va a terapia– admite sentirse un poco en una sesión y se da cuenta de que le “duran poco las cosas”. “Me hiciste pensar”, dice la conductora de Comer para creer (El Nueve), jurado de Showmatch: La academia (El Trece) y hoy aprendiz de pastelería, quien estudió publicidad “para darles un título” a sus padres.

Al finalizar este diálogo saldrá de la peluquería con el color listo y, por qué no, como dirá más adelante, con algunas ideas más claras al escucharse y descubrir temores, recordar el pasado y “seguir visualizando” lo que desea. 

–Hablemos de lo que hacés cuando perdés tiempo en la peluquería y no lo aprovechás para una nota, como ahora. 

–Me pongo a ver mucho Instagram. Ahora estoy con el tema de la decoración, tengo ganas de cambiar un sector de la casa que lo veo medio apagado. Entonces me pongo a ver, una foto me lleva a otra y termino mirando cualquier cosa. 

–¿Siempre ver fotos, leer no? 

–No, libros no, no es lo mío. 

–¿Cuál es el último que leíste?

–No sé si leí uno (risas). No, mentira. El secreto, hace mil años. La verdad es que sólo leo recetas. 

–¿Aprendiste a “perder el tiempo” o seguís teniendo la guadaña de la productividad encima?

–Ay, sí. Soy productiva y soy de las que se sienten mal y tienen cargo de conciencia si se levantan después de las nueve. Siento que perdí parte del día durmiendo; en ese sentido soy igual que el Chato (N. de la R.: su pareja, productor de Showmatch y padre de su hijo Valentín). En eso complementamos muy bien porque él ya está levantado muy temprano y enseguida estamos recontraactivos. 

–¿Cuál es tu filosofía del tiempo libre? 

–Yo me muero con el tiempo libre. Por ejemplo, nuestras vacaciones son de una semana o diez días como mucho, nunca de quince. Me pasa que trabajar es lo que realmente me hace feliz. A la gente por ahí la hace feliz estar tirada en un sillón o en una reposera, y a mí concretando, creando, haciendo, proyectando. Y no lo hago por obligación, porque tenemos todo, pero me siento más útil. 

–¿Cómo era cuando eras bailarina y trabajabas, antes que nada, por necesidad?

–Y… como bailarina trabajaba mucho en shows a los que no me gustaba ir, o iba de madrugada a una fiesta de quince y después tomaba una combi a otro cumpleaños. Tuve que hacer cosas que no me gustaban por si no me salía un laburo y para pagar el alquiler y el teléfono. Cuando llegué a Buenos Aires desde Corrientes me pasaba todo el tiempo eso de no saber si iba a llegar a fin de mes.

–En función de lo de generarte oportunidades nuevas, también está presente en vos esto de vivir transformando cosas. Me contaste sobre tu inquietud por la decoración y que redecoraste tres veces el cuarto de tu hijo. ¿De dónde surge esa creatividad?

–Siempre fui muy buena con todo lo que tiene que ver con la creatividad. Los actos escolares los hacía yo por completo a los quince años. Soy muy curiosa, y ahora que lo pienso es muy cierto lo que me decís. No sé si busco transformar, pero me aburro fácil y me gusta darles otra vuelta de rosca a los objetos. Me quedé pensando que me duran poco las cosas. Sin ir más lejos, los autos no me duran ni dos años que ya los cambio. Hice muchas modificaciones en la casa en estos tres años.

–¿Nunca fuiste a terapia?

–¿Sabés que no? Nunca. Pienso que no lo necesito y que soy autosuficiente. Y siempre que cargué mucho con angustias, las descargué bailando, que es la mejor terapia. 

–¿Te cuesta confiar a la hora de contar algo muy personal?

–Ya me pasaba de muy chica. Como iba a un colegio de monjas, tenía la obligación de confesarme para poder tomar la hostia. Y yo pensaba: “¿Cómo me voy a confesar con alguien que no conozco?”. Estaba negada con el cura. 

–¿Y le mentías?

–Le mentía, sí. Pero imaginate los “pecados” de mi yo adolescente: no eran más que ratearme o fumar por primera vez. 

–¿Eras terrible de adolescente? Contame más de tu rebeldía. 

–Yo casi era amiga de la directora, tomaba el té con ella, siempre estaba ahí poniéndome amonestaciones. Es que armaba mucho bardo; por ejemplo, ponía un cohete en un tacho de basura o hacía guerra de cartucheras… ¡no podía ser tan pava! O me encontraban durmiendo escondida en la iglesia. 

–¿Afecta el estigma de ser “mujer de” o ya es cuestión superada?

–Antes era algo que me generaba mucha angustia y recontrasufría. Para herirme iban por ese lado, incluso me lo decían las mujeres. Entonces pensaba: “¡¿Cómo es que creen que no soy capaz de hacer mi camino?!”. Al principio me dolía escuchar esas cosas. Por todo el esfuerzo que hice, las horas de clase de baile, eso de no ir a fiestas de quince porque estudiaba o tenía que rendir, que prefería que me compraran unas zapatillas de punta a cualquier otra cosa e incluso dejar a mi familia para venirme acá. 

–Y ahora lograste ser jurado del certamen.

–Era algo que quería muchísimo y siempre me preguntaba por qué no me daban la oportunidad si estaba desde hacía años. Saben que doy todo por el show, que tengo la camiseta recontrapuesta y que estoy capacitada. Tuve que remarla bastante y todo lo que logré es por mí. 

–Hablando de competencia y ego, ¿en ese espacio nuevo que ocupás te hacen sentir mala onda?

–Sí, hay mala onda. Pero por donde pasa le pongo un rayo láser. 

–¿Y cómo desactivás la envidia para que no te afecte?

–Di tanto que sé que las personas que fueron malas conmigo van a tener, no te digo un castigo, pero a la larga, un merecido. Aprendí que uno tiene que ser bueno y obrar por el buen camino porque todo llega. Hay gente que hizo maldades y hoy las miro desde arriba. Yo nunca pisé a al otro ni pedí que le sacaran el laburo a nadie. 

–Hablemos del machismo en la industria. ¿Tuviste que soportar alguna situación de acoso?

–Gracias a Dios, tuve pocas experiencias, te diría que solamente una. Pero no me pasó nada que me haya marcado o que me empuje a decirme “me vuelvo de la jungla de cemento a Corrientes”. Pude poner el freno en el momento justo. Pude decir: “Te estás confundiendo” y lo pude hablar. 

–¿Y maltrato laboral?

–La verdad es que sí. Porque los bailarines siempre estamos un poco sometidos a que el coreógrafo nos maltrate o nos diga las cosas denigrándonos. Yo he visto cómo le decían a una bailarina “callate vos, sos muy gordita”. Creo que con esto de que se puede hablar y de que hay miedo al escrache, todos bajaron un cambio. Pero es muy cruel. 

–¿Qué es lo que más disfrutás de tu nueva etapa en la conducción? 

–Me encanta y es algo que estoy descubriendo. Tuve un programa infantil, más tarde La previa…, con Lizardo Ponce, y después, en la cuarentena, descubrí la cocina y empecé a hacer recetas cada vez más difíciles. Eso me llevó a que se dé lo de Comer para creer, donde hacemos una ruta gastronómica, entrevisto a famosos y hago recetas. Lo disfruto un montón y siento que aprendo en la cancha. 

–Terminemos la charla con un minicuestionario. Algo de lo que te arrepientas.

–De haber bailado a los 20 días de parir. 

–Algo cruel que hayas dicho que sentís que lastimó a otro. 

–Una vez le dije “te odio” al Chato, pero después me arrepentí. 

Algo recurrente por lo que temas. 

–Que le hagan daño a mi hijo. 

Algo con lo que sueñes. 

–Sueño con otro hijo. 

Algo que te desagrada de vos misma. 

–Mi ombligo después de ser mamá, lo odio. 

–Algo que hayan dicho de vos que odiaste. 

–Que todo lo que logré es por el Chato. 

Algo en lo que te considerás la mejor. 

–La mejor en la cama. 

Algo a lo que le darías una nueva oportunidad. 

–Ya que estoy en la peluquería, a hacerme el flequillo. 

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