Alejandro Ros • El heredero del rock

Conocido por haber hecho trabajos para músicos como Spinetta, Gustavo Cerati y Fito Páez, es la mente creativa detrás de las tapas más icónicas de la industria. ¿Qué esconde el diseñador gráfico que nunca pasa de moda?


“Como soy un músico frustrado, decidí que esta era mi forma de hacer música”, dice Alejandro Ros del otro lado del teléfono. No miente, lo suyo es el diseño, pero su timbre de voz cuasiartístico le hubiese permitido subirse al escenario. La historia cuenta que cuando compró su primer vinilo, El fantasma del Paraíso, de Paul Williams, supo que el rock lo acompañaría toda la vida. Y así fue. Egresado de la primera camada de estudiantes de Diseño Gráfico de la UBA, supo hacerse un lugar entre los grandes. Spinetta, Gustavo Cerati, Juana Molina, Fito Páez, todos ellos se fijaron en él y en su arte. Hoy, Ros es conocido por haber diseñado los mejores discos del rock argentino, pero en el último tiempo amplió su repertorio casi como una consecuencia natural de la apertura que tuvo la música. Illya Kuryaki, Damas Gratis, Miranda! y Leo García llegaron para romper paradigmas, y ahí también estuvo él. Eso sí, siempre bajo la misma premisa: “Hay artistas que hacen la música como chorizos, y hay otros que hacen arte, que crean formas más personales, no estandarizadas. Esos son los que a mí me interesan. Si vos seguís una fórmula repetida, ni me caliento”.

–Trabajaste con infinidad de artistas. ¿Cómo es el proceso creativo de la tapa de un disco? ¿Tenés en cuenta la personalidad de cada uno?

Si es la primera vez que me llama, sí o sí tengo que encontrarme con él, escuchar su disco. Yo siempre voy al lugar donde trabaja, a donde vive, para ver cómo es su entorno, cómo es su estudio, su casa, lo que lo rodea, y hablo un montón con él. Le pregunto cómo es su familia, cómo son sus amigos, a dónde sale, qué ropa usa, qué pintores le gustan, qué música escucha. Después voy a un recital a ver cómo es el público, cómo reacciona ante la banda, miro cómo toca el artista, me fijo si tiene tapas anteriores. Es un trabajo de psicoanálisis y de investigación el que hago.

–La síntesis es una característica que se repite en tus diseños, trabajás con pocos elementos. ¿Cómo se hace para decir mucho con poco?

Yo trabajo por sustracción, si veo que hay algo en el plano que no está diciendo nada, ¿para qué va a estar ahí? Intento que lo que está en la imagen cuente algo, que ayude a la narración. A mí no me gusta la decoración, veo mucho diseño gráfico decorativo, con lindos colores, lindas formas, pero que no dice nada. El diseño gráfico sin ideas me aburre. Es fácil estudiar, usar una linda tipografía, un lindo color, una linda foto y chau. El desafío es buscar ideas.

En la tapa de A propósito, de Babasónicos, sólo se ven unos labios de color rosa. Contaste que es uno de los trabajos que más te gustan, ¿tiene que ver con esto?

Sí, a mí me gustan las tapas que menos información tienen. Me gusta también la de Amor amarillo, de Cerati: no tiene foto, ni tipografía, es una caja amarilla con un agujero.

–Con Babasónicos trabajaste muchas veces y describís la relación entre ustedes como caprichosa. ¿Por qué?

Porque ellos son caprichosos. Se involucran muchísimo con el trabajo, son geniales. Me gustan esos músicos que se involucran, porque mi trabajo no consiste en hacer lo que yo quiero, ellos me tienen que dar la información. Si te fijás, las tapas de Juana Molina no tienen nada que ver con las de Soda Stereo, las de Miranda! no tienen nada que ver con las de Spinetta. Cada artista tiene su estilo y yo lo tengo que respetar. Si no se involucran, queda todo de mi lado.

Spinetta también se involucraba muchísimo con las tapas de sus discos. ¿Qué tan diferente fue el proceso creativo al lado de él?

Era mágico todo el proceso, porque Spinetta no sólo tenía vuelo creativo, sino que también dibujaba. Dibujaba muy bien y era difícil superar eso. De hecho, el último disco que hice, que fue un disco post mortem (N. de la R.: Ya no mires atrás), lo hice con sus dibujos. Él no los quería usar, le parecía que eso no era un trabajo, lo hacía por hobby. La única vez que me dejó hacer eso fue en Un mañana. ¿Viste que hay un hombrecito subiendo una escalera? Ese hombrecito iba a ser él, hicimos la foto pero no le gustó cómo salió, entonces yo le dije: “Bueno, haceme vos un dibujito”. Ese hombrecito negro que se ve en la tapa del disco lo dibujo él.

–¿Cómo era el diálogo entre ustedes?

Yo le decía A y él decía A, B, Z, 4, 5. Yo abría un camino y él abría diez, no paraba.

Con el boom de la piratería, las discográficas empezaron a invertir en las tapas de los discos. ¿Qué pasó ahora con el avance de Spotify?

Se redujeron mucho las posibilidades. Imaginate que ahora las tapas miden 4x4, y un vinilo medía 31x31. Encima Spotify no te permite ampliar las tapas. Eso me parece una vergüenza, me parece un horror que no se pueda ampliar la tapa, ni animarla, ni que se vean otras fotos, ni que se vea la ficha técnica.

–Además de tu trabajo en la música, hace tiempo venís organizando el Baile de Disfraces. Sé que ahora está suspendido por la pandemia, pero ¿cómo nace esta propuesta?

A fines de los años 90, yo hacía bailes en casas de amigos, a veces en discotecas, hasta que en un momento dije: “Bueno, me gustaría que lo vea más gente”. Lo empecé a hacer en Gascón, después en La Confitería y por último en Sala Siranush. No dejo entrar a la gente si no está disfrazada, entonces se exige un compromiso de parte del que va. Es más que una fiesta, es como una obra de teatro en la que el actor es el espectador. Es como una obra de arte en sí, ¿no?

–¿No entra el que no tiene disfraz?

Cuesta el doble la entrada, entonces todos van disfrazados. Además, es fea la sensación de ir sin disfraz. Te sentís como… extraño.

–¿Y por qué los disfraces?

Porque los disfraces te ponen en un estado alterado; aunque no te drogues, ya sos otro. Sos otra persona, sos Jesús, sos una Virgen, cualquier cosa. Eso rompe el hielo abruptamente, te podés relacionar con los demás sin límites. Viste que en lo social uno tiene una forma definida y más o menos la preserva. Acá sos otro, y eso te libera.

–¿Qué otras cosas te liberaron en la vida?

La ayahuasca. Empecé en el 99 y cada tanto lo vuelvo a hacer, pero la primera vez es la más importante. Ahí es donde se abren los canales. Había cosas mías que no podía curar ni con psicoanálisis ni con nada, y esto me ayudó. Me ayudó a liberar parte de mi mente y a solucionar fantasmas emocionales que tenía. Esto es como una purga, te limpia el sistema.

–Hace tiempo contaste que la mejor decisión de tu vida fue haber tenido un hijo con Marta Dillon y Albertina Carri. ¿Cómo vivís esa copaternidad?

Somos como padres separados pero sin estar peleados. Tenemos re buena onda, no entiendo cómo este sistema de tener hijos con amigos no se hace más popular. Yo, por ejemplo, lo voy a buscar a Furio a la casa de una de las mamis y me quedo a comer, salimos de vacaciones, es mucho más sano. Viste que las ex parejas usan al niño de motín, y es un espanto todo eso, pelean a través del niño. Otra cosa que me pasa es que yo no podría convivir, a mí me gusta vivir solo. Yo estoy de novio con alguien que vive a dos cuadras de mi casa, nos vemos todos los días, pero cada uno tiene su casa. Lo mismo con mi hijo.

–No tendrías un hijo con tu pareja.

No, no me interesa para nada ese formato, me parece un embole, termina por percudir los vínculos. Yo no estoy a favor de la convivencia, ni con mi hijo, ni con una pareja, ni con un amigo, ni con nadie. No podría.

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