Mariano Breccia y Mechi Martínez se conocieron en 2004 trabajando para una firma de denim, cuando el amor por el vintage los unió para darle lugar a su propio emprendimiento. Dieciséis años después, esta dupla creativa se consolida y hace del activismo textil un estilo de vida.


Mechi Martínez y Mariano Breccia comenzaron reformulando sacos usados que estampaban rudimentariamente en su showroom-hogar de Armenia y Honduras, en Palermo, y vendían como pan caliente en distintos puntos de la ciudad. Habían logrado armar su equipo de trabajo junto a Hilda –la mujer que les enseñó a cortar piezas con la rapidez de un rayo– y hacerse de un público capaz de apreciar la singularidad de una prenda creada a partir de otras preexistentes. Algo inusual en aquel momento. Todo funcionaba muy bien cuando, en 2005 y a raíz de una propuesta laboral para Mariano, decidieron radicarse en Chile –el mayor importador de second hand en Latinoamérica–, primero en Santiago y luego en Valparaíso. A partir de ahí, todo fue para mejor. Lo que había comenzado como un proyecto pionero de suprarreciclaje se transformó, paulatinamente, en una plataforma transmedia con una potencia creativa arrolladora que impulsa el activismo textil desde distintas áreas: diseño, reciclaje, arte, educación y video.

Con la consigna de fomentar el consumo consciente, estimular la diversidad de expresión y amplificar la lógica de comunidad, los 12na diseñaron o “doceñaron” (como apodaron a su labor) multiplicidad de experiencias cargadas de sentido. Desde workshops para el festival Lollapalooza y vestuario para los Illya Kuryaki, hasta una ballena de tela gigante a pedido de Greenpeace, residencias de upcycling para adultos y talleres en los que a través de la confección de máscaras, los niños exploran cómo superar los miedos personales.

Su mirada de 360 grados absorbe del entorno los recursos para generar nuevas aventuras, tal como sucedió en su última cápsula, Chirak, que hace eco en la revolución chilena iniciada en octubre de 2019, plasmada en un video de realidad virtual creado en sintonía con un grupo de artistas.

Para ellos, la única limitación es la propia imaginación, y esta parece infinita. El año pasado crearon el primer Foro Latinoamericano de Supra Recicladores y el primer Festival de Economía Circular chileno, además de Supra, la red digital latinoamericana de suprarrecicladores. Sí, 12na escapa a cualquier etiqueta posible porque su capacidad de inventiva trasciende lo conocido.

«Necesitás flexibilidad para trabajar en equipo y también para transformarte; hacer de la falta de recursos una oportunidad. Porque el suprarreciclaje es ver la abundancia en la escasez, transformar la manera de ver.»

–El eje de 12na es el suprarreciclaje. ¿Qué valores dirían que lo define?

–Flexibilidad (y enfocan la cámara de la computadora hacia un cartel que asoma en cursiva esa palabra). Finalmente es eso, necesitás flexibilidad para trabajar en equipo y también para transformarte; hacer de la falta de recursos una oportunidad. Porque el suprarreciclaje es ver la abundancia en la escasez, transformar la manera de ver. Eso es lo que nos divierte mucho hacer. Y también me voy del suprarreciclaje, pero tiene que ver todo con lo mismo: cuando empezamos a vender en Tokio, pensamos: “Estos locos están tirando la ropa desde allá arriba y se la estamos devolviendo al cuádruple de precio”. Pero, claro, es puro valor agregado, lo que hacemos es magia. Otra palabra para definirlo es esa: magia.

–El enfoque de diseño que proponen está ligado a una misión social: mejorar la calidad de vida de las personas. ¿Cómo el proyecto transformó la de ustedes?

–Nos transformó infinitamente, porque el ejercicio de transformar algo te transforma. Si trabajás con la máscara e invitás a otras personas a que a través de esta cuenten quiénes son realmente, si hablás del monstruo, de compartir el ego y tu parte oscura, si lo estás haciendo, te lo estás preguntando. Entonces, creemos que desde ahí es “doceñar”, este vincular el reciclaje material con el espiritual desde el enfoque de un humano 360. Nosotros tenemos la suerte de poder expresar continuamente lo que nos va inquietando y lo que vamos transitando en nuestro trabajo. Es un proceso en el que hacemos y nos cuestionamos permanentemente, eso nos va cambiando el foco. Y compartir tanto también. Trabajamos desde hace 16 años juntos, imaginate que hemos tenido que reciclarnos mil veces y aprender a compartir cada vez más.

–Crearon el concepto “deconstrucjoy”, fusión de las palabras “deconstruir” y “jugar”, en inglés. ¿Qué lugar ocupa el juego en sus vidas?

–El juego es todo, jugamos todo el tiempo, lo que hacemos es siempre jugando. Toda esta metodología deconstructiva empezó jugando con un espejo, poniendo música hasta cualquier hora. Al principio era una pasión encontrarle la vuelta a cada pieza y a cada prenda. Era un juego ver cómo romper la prenda de acá y de allá para que siga generando siluetas nuevas, eso nos parece increíble. Y cuando hicimos los primeros videos del proceso, en lugar de ponerle “deconstrucción” le pusimos “deconstrucjoy”, porque independientemente de a dónde llegues, es decir, de si llegás a una prenda que vas a usar o no, en sí mismo es un juego descubrir formas. Jugar a partir de la ropa es más divertido porque llegás más rápido a lugares nuevos y eso también tiene que ver con el porqué suprarreciclamos: porque nos encanta poder llegar con la mínima acción a algo impactante.

–Abordan diversos formatos y soportes: telas, paredes, escenarios físicos y virtuales, workshops, residencias, etcétera. ¿Hay alguno que les entusiasme más que otro?

12NA: –Hay un programa en Chile llamado Residencia de Arte Colaborativo, y participamos dos años. En lo personal, me encanta la experiencia de ir a un lugar donde no te conoce nadie y te integrás en un grupo en tres meses y generás algo. Poder viajar y hacer eso es lo que más me encanta. Trabajamos también como parte de Taller Humano, una experiencia que hicimos en Tecnópolis con la Fundación León Ferrari. Había diferentes colectivos que colaboramos desde la creatividad vinculando el reciclaje, la tierra, la música, el arte, algo muy abierto. Y nosotros, particularmente, con la deconstrucción y el reciclaje textil íbamos creando con lo que iba surgiendo y compartiendo con la gente. Es lo que más he disfrutado hacer yo.

–12na ofrece un workshop llamado Producto de Código Abierto. ¿De qué se trata?

–El concepto de “código abierto” se usa mucho en software; son programas que están online y los usuarios pueden seguir dándoles upgrades. Entonces, nuestra idea fue tomar esas palabras y pensar en un diseño para mostrar cómo se puede hacer. Además, este impulso surge de poder compartir una fuente de trabajo, que quien lo haga pueda darle su sello y venderlo. Así, partimos con la prenda que más vendemos: el poncho, una forma de construcción muy simple. La idea surgió cuando nos invitaron a Washington a hacer una exposición para el Banco Interamericano de Desarrollo. No teníamos nada muy armado y dijimos: “Llevemos ponchos y hagamos un fanzine donde compartamos el diseño”. Y desde ahí empezamos con los workshops. El primero fue en Taller Humano y luego en las residencias de nuestro taller-laboratorio en Chile. Por ejemplo, lo compartimos con Valeria Wilde, que vino de Bolivia y luego empezó a hacerlos allá. También con Hernán Cibils, un argentino que estuvo tres meses acá y con los años sacó una marca de ponchos llamada Flan Mixto, que hace con una comunidad de tejedoras en Santiago del Estero. Siempre fueron muy buscadas las prácticas en 12na porque estamos todo el tiempo creando y vamos compartiendo nuestra metodología de trabajo con la de otros.

–¿Cuál es su visión del momento actual que vive la industria de la moda?

–Hace muchos años que el sistema global viene acusando que el ser humano está agotando los recursos sin preocuparse por el mañana. Pero de golpe, con la pandemia, es como si se hubiera desmoronado por diferentes lados. Algunos bloques que van quedando del sistema piensan que todo sigue igual cuando, en realidad, muchos se quebraron. Y ahora que hay un despertar de muchísima gente, no sabemos si estos grandes sistemas se preguntan muy en serio las consecuencias de su hacer, pero se dan cuenta de que la gente sí y entonces tienen que cambiar el marketing. Ese es el activismo que hacemos, preguntarnos: esta energía que pongo acá, ¿para qué la pongo acá?, ¿me gusta la consecuencia que voy a generar?, ¿cuáles son las consecuencias de nuestra forma de producir, de consumir, de vivir para nosotros y para todos los demás?

–¿Creen que hay una evolución en la ciudadanía respecto de la toma de conciencia del estado crítico del planeta?

–Hay una evolución gigante, y si se venía dando una curva, esa curva creció por mil en pandemia. De repente, muchísima gente a la que le parecía muy tirado de los pelos lo que hacíamos ahora entiende que es importante. Y cuando lo ven en el mainstream o en una revista, más todavía. Ahora nos estamos cuestionando cada vez más cosas, y esa es la esperanza que tenemos. También, en la medida en que nos vayamos flexibilizando y colaborando para que finalmente esos sistemas cambien. Porque, en definitiva, en esos sistemas hay gente trabajando, por lo tanto, tienen la capacidad de cambiar realmente. Démosles la chance.