Mucho más que eso, el gran artista argentino es una influencia viviente. Desde el diseño de la tapa de Artaud hasta su rol protagónico en la estética de Almodóvar, a la que regresó con los afiches de La voz humana en el reciente y digital Festival de Venecia.


Un vestido colorado, títulos armados con un antiguo Meccano, la sombra de una mujer que acecha como el leñador de Caperucita roja, medidas, geometría, y en el eje de esa máquina infernal, Tilda Swinton con un hacha. El afiche de La voz humana, primer corto de Almodóvar hablado en inglés, estrenado en el reciente y fantasmal Festival de Venecia, se viralizó al instante, y la certeza de que lo había creado Juan Gatti, también.

Porque Gatti es el único que pudo entrar en la cabeza de Almodóvar; es quien conoce los pasadizos a sus estallidos poperos, teléfonos rojos, zapatos con taco de revólver, madres dibujadas, jeringas que son el dolor y la gloria.

Si esta fuera una historia lineal, podríamos decir que Gatti nació hace setenta años y desde que recortaba revistas, mientras su madre diseñaba prendas de alta costura, estuvo obsesionado por las imágenes de esos collages infantiles.

También podemos empezar de atrás para adelante, como quien arrancaba a leer el diario por la contratapa, en aquellos tiempos donde los periódicos se leían en bares y en papel. O preguntarnos por su cuenta de Instagram, @gattimania, una puerta a su universo privado donde chicas Bond en el recuerdo comparten feed con apuntes de obras propias y ajenas, inspiraciones retro, fotos realizadas para muestras fundamentales, como Transhispania, o tapas de revistas que creó para la Vogue italiana de verdad, esa que dirigió Franca Sozzani y para la que pergeñó una inolvidable serie de diez tapas consecutivas con Linda Evangelista. Encontrar algún ejemplar de esa colección para comprarlo es imposible, crean en esta amiga que hizo el intento. Quien tiene esa joya jamás querrá deshacerse de ella.

A Gatti le gusta Instagram porque no hay necesidad de escribir pavadas, como pasa en Facebook. La foto habla, y en su caso, los comentarios también. Si se detienen en cada cuadradito encontrarán la presencia permanente de emblemas como la chica Almodóvar Bibiana Fernández, antes conocida como Bibi Ándersen; la galerista Topacio Fresh, o la inigualable Rossy de Palma. Stalkearla puede ser un placer pop y sensual.

Pero si queremos atrapar la historia desde el medio, leerla salteada como los capítulos de Rayuela, quizás la mejor manera de conocer a Juan Gatti es por su anecdotario. Cuenta la leyenda que ante la oferta de ser director de arte en la versión italiana de Vogue, fue el único en contestarle a la gran Sozzani que debía pensarlo. También es célebre su charla con Anna Wintour en la que puso condiciones para desembarcar en la Vogue estadounidense con días, horarios y la portación de su perro. Wintour respondió que Vogue era una tarea de dedicación 24/7. La sola idea causó un ataque de sopor en Gatti. Y su negativa, una segura rabieta de Anna que amamos imaginar.

Gatti trató con divos, pares, indies, rockstars y hasta con los internos de Devoto. Durante el gobierno de Lanusse pintaba en su balcón vestido con un traje de baño mientras pasaba un desfile militar. Lo acusaron de estar en paños menores y de burlarse de las instituciones. ¿El resultado? Dos meses de cárcel compartiendo estadía con presos comunes. Logró sobrellevar la pena con arte y astucia: dibujaba tarjetas destinadas a las novias y a las madres de los muchachos, pero también ilustraciones porno para que se entretuvieran en la soledad de la celda con una mano amiga.

Fue el pibe más chico del Di Tella y se vestía como un alumno de secundario en épocas de hippismo rabioso. Juan, el chico de blazer azul y zapatos abotinados, creó varias de las tapas más célebres del rock nacional: el retrato setentoso de Charly García y Nito Mestre en Confesiones de invierno y la desatada novela gráfica en Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, de Sui Generis; aquella fantasía gótica de Aquelarre, y quizás el mejor objeto del universo musical contemporáneo, el disco Artaud de Pescado Rabioso, con su concepción amorfa, verde, asimétrica y orgánica. Tan inclasificable como la obra de Spinetta.

Sin embargo, Gatti recuerda que a pesar de ser el elegido por toda la petit intelectualidad de aquellos años, con quien pegó más onda fue con Pappo, quien abrazaba entusiasmado todas sus ideas con más desparpajo y menos pretensiones. Sus tapas para Pappo’s Blues lo confirman.

Dicen que abandonó una Nueva York sepultada por la merca e iba camino a París para trabajar con Kenzo cuando se detuvo en Madrid, tentado por cierto jugoso contrato ofrecido por una discográfica, y no se fue más. Eran años donde la movida madrileña trepaba por los sótanos hasta adueñarse del cine, la música y los cuerpos.

Allí cultivó amistades que permanecen en su agenda hasta hoy, como Alaska, reina ochentosa dueña de la “¿A quién le importa?” original y dominatrix de Fangoria, banda para la cual Gatti dirigió videos de culto; los Mecano, y, por supuesto, toda la tribu almodovariana. Algo de ese estallido cultural le recordaba a Buenos Aires por sus ansias de libertad y la extraña fascinación kitsch que profesamos los porteños. Conocida también fue su pelea con Almodóvar que los mantuvo alejados durante un tiempo hasta que Topacio Fresh, la galerista argentina radicada en España, forzó un encuentro “casual” durante una muestra. Ambos se pusieron a hablar como si nada hubiese sucedido. Pedro sostiene que no recuerda haber estado disgustado jamás. Échale la culpa al gazpacho.

Justamente en La Fresh Gallery, Gatti realizó su fantástica muestra Ciencias naturales, donde la belleza botánica se funde en murales inconfundibles. La idea surgió de sus apuntes durante la filmación de La piel que habito, así que hablemos de habitar: si vas al hotel Faena Saxony de Miami podés encontrarte son sus ocho murales en el lobby. Ya sé que está complicado viajar, no importa, descargate los catálogos de Zara Home que Gatti hizo hace algunos años o imaginate alguna de las invitaciones que diseñó especialmente para el monegasco Baile de la Rosa en honor a Almodóvar y sentite Charlotte Casiraghi por un rato. ¿Preferís comprarte un perfumito de Jesús del Pozo? Todas las variantes de su fragancia Duende tienen frascos diseñados por él.

Pero si querés escucharlo hablar en primera persona y no sólo mediante su obra, siempre estarán declaraciones como esta, que rescata sus recuerdos de la Movida: “En ese momento se conectaban todas las áreas: la música, los pintores, el cine… Al poco tiempo que lo conocí a Almodóvar me pidió hacer los posters que están dentro de la película La ley del deseo. Luego, en el 86, Carlos Berlanga hizo la ilustración para el poster de Matador y yo el diseño. A partir de ahí trabajamos juntos con Pedro”. La química persiste hasta hoy.

Gatti es el único que pudo entrar en la cabeza de Almodóvar; es quien conoce los pasadizos a sus estallidos poperos, teléfonos rojos, zapatos con taco de revólver, madres dibujadas, jeringas que son el dolor y la gloria.

A pesar de haber trabajado para Vogue y Vanity Fair, a Gatti las publicaciones tradicionales de moda le parecen soporíferas y se inclina por los medios indie. Su olfato no falla. “Las revistas comerciales hoy me parecen un aburrimiento, prefiero colaborar en las revistas independientes”, dice, y agrega: “Son varios motivos que originan el declive de las revistas impresas. Por un lado, la velocidad de la información; ahora, por ejemplo, los desfiles los podés ver cuando están sucediendo. Antes tenías que esperar tres meses para ver las tendencias en una revista, y ahora, cuando sale impresa, ya es vieja. Además, esas revistas te hacían soñar con exóticas localizaciones o grandes producciones, ahora entramos en un círculo vicioso en donde las revistas se venden menos, gastan poco y las fotos aburren más. Supongo que las revistas de moda terminarán como empezaron, siendo simples catálogos”.

No parece especialmente desvelado por quedar bien con el imperio editorial. Gatti pertenece a una generación que no teme provocar.

Su exploración adquiere diversas formas, pero la esencia permanece. “Desde la época de Warhol que digo esto: más que lo artístico, me gusta la búsqueda de la belleza. Y a mí en general me gusta todo, de lo mejor y de lo peor siempre saco algo”, dice. Todos los caminos conducen a Gatti. “Siga a ese taxi”, diría Carmen Maura.