Make up intenso, uñas extralargas, corsé y plataformas. El arte drag tomó el dominio absoluto del nuevo concepto estético que hoy forma parte de una tendencia social mundial.


Y todos me miran, me miran, me miran, porque hago lo que pocos se atreverán. Una vez este himno queer se movió en los márgenes, doblado en sótanos por reinas del lip sync. Antes de que RuPaul dragueara al mundo y viralizara memes, el drag era una subcultura de nicho sólo consumida por insiders. Es verdad que estuvieron los destellos de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto y el juez montado almodovariano en Tacones lejanos. “Se me da muy bien el pelucón y el plataformón”, decía ese personaje interpretado por Miguel Bosé que calentó a toda una generación. Pero para encarnar a aquellas adoradoras de ABBA se eligieron a tres actores heterosexuales, y cuando Bosé hizo de magistrado cultivaba más novias falsas que Ricardo Fort. El universo drag era una rareza, la angora del suéter que enloquecía a Ed Wood, una fantasía que se encendía con la luz apagada.

RuPaul’s Drag Race introdujo esta escena en la cultura pop. La carrera de eses chiques por convertirse en la “supermodel of the world” se adueñó de una nueva estética, impregnó el lenguaje y visibilizó la punta de un cambio social. La diversidad estaba pisando fuerte y les pibes se calzaban los tacos orgulloses porque eran pansexuales, amplios, libres. Decir “shade” se puso de moda y ahí empezó otra cuestión, porque cuando la cultura es absorbida por la moda, se domestica, amansa su poder transformador e, inevitablemente, termina convertida en remera. Pero esa es otra historia que seguramente compraremos en Zara.

En el documental Paris is Burning, la icónica drag queen Dorian Corey explica qué quiere decir “shade” antes de que el término se hiciera mainstream: “Shade es: no te digo que sos fea y no te lo digo porque vos sabés que sos fea”. Un bombardeo a los cánones clásicos de belleza, la armonía no tiene dueño. A veces una palabra genera asociaciones culturales impredecibles. El académico estadounidense Nicholas de Villiers dice que “el dialecto drag tiene un alto valor educacional, abre un debate amplio para discutir género, identidad y sexualidad con la audiencia no LGTBQ+”. De Villiers está en lo cierto. Basta con chequear el mundo del pop para darse cuenta y observar a millones de sub-20 fascinadas por cada tutorial de drag make up subido a YouTube. Si vamos a mirar, que sea con pestañas postizas, mi amor.

Katy Perry fue una de las primeras en adoptar poses y estilos drag, y ese corsé cortador de aliento que sólo pudo superar Kim Kardashian. Las uñas de esta última, sus curvas exageradas hasta el límite del cómic, los mohínes de Iggy Azalea y esos zapatones de Lali Espósito piden pista a Candy Darling. Pero reina madre es Lady Gaga, y lo sabés. No sólo entiende todo, lo adopta como nadie y lo conduce hacia el mainstream sin chocarlo. Como prueba no sólo está su memorable escena en la película Nace una estrella, acompañada por las queens Willam y Shangela. Las cejas dibujadas, los ojos felinos y la boca de diseño irrumpieron en los Oscar, orgullosos y sin chicanas: la vie en rose drag.

Ahora hablemos de cómo el maquillaje traza líneas sociales. El fenómeno de las drag palettes va más allá de una tendencia adoptada por millones. La locura desatada en redes por las paletas creadas por queens como Trixie Mattel (sí, es lo que sospechan: está inspirada en Barbie), Alyssa Edwards o Aquaria hablan de un fenómeno tan extenso como complejo. La pregunta que pocos se atreven a hacer es por qué las mujeres ansiamos maquillarnos como hombres que… se maquillan como mujeres. En EPU somos atrevidos y consultamos a la make up artist Pao Dessaner, quien nos dijo: “Las mujeres tenemos una percepción mucho más fuerte del color, y esas paletas que usan son como espejitos que nos atraen. Las empresas de make up lo saben. Con los celulares, que pasaron a ser básicamente cámaras de fotos, esta movida se viralizó y las marcas tradicionales, como Dior, Givenchy o Chanel, ya no tienen armas para enfrentar la cantidad de paletas que dan vuelta por el mercado”. Pero Pao también nos invita a pensar en otra cuestión: ¿las mujeres nos sometemos al modelo patriarcal endiosando estéticas propuestas por hombres? Dessaner se la juega: “Lo que hizo RuPaul fue una construcción cultural genial; después vino la construcción marketinera y ahora me parece que hay una deconstrucción que tiene más que ver con lo real. El modelo drag en maquillaje no deja de ser, en un punto, una construcción masculina. Me parece que ahora nació una búsqueda de lo genuino. Hubo una explosión con la serie Euphoria, que refleja a chicos dejados de lado en la América profunda: no son neoyorquinos glamorosos de Sex and the City ni burgueses intelectuales como los de Girls, y eso impactó totalmente en el maquillaje. Esa serie redefinió la cultura drag, mostró su lado B. Hay que diferenciar moda de movimiento social”.

Si hablamos de lados B e impacto social, pocos hechos tuvieron más pregnancia cultural que el fenómeno de Petróleo. La obra creada por el grupo Piel de Lava es un suceso teatral. Allí Pilar Gamboa, Valeria Correa, Elisa Carricajo y Laura Paredes interpretan a cuatro trabajadores de una petrolera que se verán seducidos por tapaditos de piel, lentejuelas y stilettos. Mujeres que encarnan a hombres que se draguean. Superame esto. Valeria Correa nos cuenta cómo surgió esta maravilla que rompió todos los estereotipos: “Nosotras arrancamos la idea de Petróleo de una manera muy inocente y lúdica. Dijimos: ‘Hagamos algo que nunca hayamos hecho desde la actuación… hagamos de hombres’, e instantáneamente nos dimos cuenta de que nada tenía de inocente, en el sentido de todo lo que abarca, desde teoría de género, dragueo… Fue un camino muy groso y muy novedoso por todo lo que implicaba. Fue un proceso personal y grupal muy radical. Habitar un hombre es sobre todo deconstruir la mujer que performamos con tanto esfuerzo, sinsentido y sacrificio. Haciendo de hombres nos dimos cuenta de lo difícil que era hacer de mujeres y nos develó algo que uno puede leer en teoría: que el género es una performance, pero ponerle el cuerpo a eso es muy profundo y te mueve las estructuras”.

Si querés encontrar tu drag king, sabé que es un viaje de ida. Valeria te lo garantiza: “Del drag no se vuelve, así que todavía habitamos esos chabones, viendo sus debilidades y también sintiéndolos como víctimas del patriarcado, todas cosas muy reveladoras. Salir de la teoría es fundamental. Nuestro consejo es: ‘Juntate con tus amigas y dragueate’. Es divertidísimo”.

Ya sabés cómo es: y me solté el cabello, me vestí de reina, me puse tacones, me pinté y era bella…