Mientras dedica su tiempo a la nueva serie de Carlos Tevez, el director ganador del Martín Fierro por Sandro de América repasa sus comienzos en el cine y mira de reojo el presente del entretenimiento. Historias verdaderas de un cuentacuentos sin pose.


En Floresta, a pocas cuadras del estadio de All Boys y bajo la custodia comercial típica de un barrio (mercerías, parrillas, supermercados chinos), en una casa con frente a la calle, vive Israel Adrián Caetano. El cineasta, de saludo austero, invita a pasar. “No te ofrezco mates porque estoy mal del estómago. Ayer salí a comer y me parece que tomé de más”, aclara con tono parsimonioso, mientras ofrece otras alternativas que van de café a té.

La guarida del director de Pizza, birra, faso todavía no deja asomar el sol otoñal de la mañana. Unos papeles desordenados le hacen compañía a una notebook que parece reposar de un día de trabajo. Cuando Caetano enciende la luz se ven con claridad los afiches de películas que decoran las paredes y un cuadro bastante grande que revela su fanatismo por Independiente. Aunque, aclara, para no traicionar sus raíces uruguayas, que se siente más hincha de Peñarol.

Este hombre, que ya está por pisar los cincuenta, es responsable de varias películas (Bolivia, Un oso rojo y Crónica de una fuga,entre otras) que cambiaron la forma de contar el cine argentino. Pero lo cierto es que su nombre terminó de consagrarse por sus trabajos para la televisión. Estuvo al mando de varios proyectos que resonaron y resuenan: Tumberos,
El marginal (primeros capítulos) y Sandro de América, trabajo por el cual recibió el Martín Fierro a mejor dirección. Ahora dedica su tiempo a la serie de Carlos Tevez, que tiene fecha de estreno para mediados de agosto, y paralelamente se encuentra trabajando en una producción conjunta con Netflix y Pol-ka. Las buenas historias parecen continuar.

–¿Cómo llegaste al cine?

–Creo que, viéndolo en perspectiva, es porque no había otra cosa. De chico escribía cuentos pero no era muy bueno. Leía cómics e iba mucho al cine. Siempre fui de una imaginación medio rápida, y si no la sacaba afuera, explotaba. Por ejemplo, en el colegio primario, junto a un compañero, para la clase de Biología hacía un cómic que se llamaba Supercoxis. O les contaba cuentos a mis primos. Pero donde más flasheaba era en el cine. Por eso, en cuanto se me dio la oportunidad, agarré viaje.

–¿Cómo te llevás con la palabra “entretenimiento”?

–Más de una vez me puse a escribir una película para llevar gente al cine y nunca pude terminarla. No me funciona. No es mi palo ese. No me nace entretener. Me sale contar historias de lo que he visto, de lo que me cuentan, de lo que escucho, y trato de ser lo más fiel posible a la hora de presentárselas al espectador. Me tienen que conformar a mí. No es una cosa ególatra. Uno para poder vender algo tiene que confiar en lo que vende. Si no, sos un mentiroso. Ya sea trabajando en Garbarino o escribiendo cuentos. Tiene que haber una necesidad de compartirlo con el otro. Y ahí es donde te jugás. Te puede salir bien o mal, pero depende de dónde uno ponga la meta. Si la meta es hacer algo para entretener, te estás manipulando a vos mismo, porque estás haciendo un producto que no se corresponde con lo que pensás.

–Parecería que, de un tiempo a esta parte, se vive la dictadura de la diversión.

–Peor todavía, la dictadura del no pensar. Creo que hay un big bang que parece haber empezado en Palermo Soho. Es una cosa de una cultura absolutamente superficial. Nosotros, filosóficamente, nos criamos con que las cosas debían tener un contenido y que las formas eran lo más importante. Hay una tortura que es la del no pensar. Conozco a gente de mi generación que glorifica eso. Muchos me dicen: yo quiero ir a ver algo para no pensar. ¡Flaco, la cultura lleva laburo! Parecería que los metés en una biblioteca y les agarra escozor. Pero esto no es sólo con lo audiovisual, con la música pasa lo mismo: no hay ninguna banda que se anime a patear el tablero.

¿Dar opiniones de este calibre te deja en la comarca de los gruñones?

–Hay que desacreditar a la autoridad en estos yeites. Si no, le terminás preguntando a tu jefe qué filmar. Hay una cultura de la aceptación de los esquemas; nada tiene que estar fuera de lugar. Está pasando con este gobierno: dijeron “vamos a acomodar todo”, y es un desastre este orden. Si este es el orden, vayamos por el quilombo. Tampoco antes había una cosa antisistema, pero había cierta búsqueda de la equidad que hacía que pudiera haber un debate. Ahora es muy difícil eso. Enseguida te dicen que sos un cabrón o un loco.

En la música, muchos dicen que se toca como se vive. Teniendo en cuenta tu estética a la hora de filmar y el universo que venís representando a lo largo de tu carrera (lo callejero, lo marginal), ¿cómo ves esta máxima?

–Acertada. Tiene que ver con cómo uno vive. Cuando empecé mi carrera en Carlos Paz hice un corto que tenía que ver con la orilla del río. No era precisamente la postal de Carlos Paz, sino que era como la contrapostal. Era de unos pibes que estaban sin laburo, unos marginales de una ciudad turística de Córdoba. Cuando me vine para acá me di cuenta de que no era tan fácil salir a filmar a la calle, salvo en Pizza, birra, faso. La que me marcó mucho estéticamente fue Bolivia, porque me enseñó a filmar una película que fue casi toda dentro de un bar y con un presupuesto de rigor. Eso me ayudó a filmar en espacios pequeños y a sacarle el jugo al bajo presupuesto. Aunque después fui aspirando a cosas más grandes.

–Decís “cosas grandes” y se me viene a la mente la serie de Carlos Tevez.

–Exacto. Ahí me pude tomar muchas libertades que no me venía tomando. Me dijeron que tenía que hacer algo con la vida de Tevez, y para mí no hay nada mejor que una premisa genérica. Justamente, a partir de eso es que opté por elegir cuatro años de su vida, que van de los 12 a los 16, y exploté eso. Pude contar muchísimas cosas más que esos años.

Hay muchas vidas ahí, aparte de la diez xeneize. No caés en la del futbolista que sale de la pobreza jugando al fútbol. ¿Más que la proeza, contás los lados B de esta historia?

–Me tenían un poco harto todas estas series del mundo marginal del conurbano, de la cárcel. Todas cosas poco profundas. Muy superficiales. Después de Tumberos, que tampoco era indagar el mundo marginal sino que fue otro tipo de viaje, me pasó que me quedaron cosas por contar que tienen que ver con los niños en ese mundo. La serie de Tevez tiene que ver con eso. Son pibes de 14, 15 años que se andan cagando a tiros. Tampoco es Ciudad de Dios. Pero ahí hay un mundo muy interesante, que sentía que se venía banalizando con esta cosa del conurbano, de la pobreza, y nadie decía “che, qué mierda que pasen estas cosas”. Era de un morbo o de una cosa turística que terminaba cayendo en una mirada poco comprometida. Me pareció que a través de esta serie iba a poder cerrar un poco esa lógica y contar cómo ese mundo puede ser muy cruel con los niños. Mucha de esa gente que tiene esperanzas de jugar al fútbol y salir de pobre termina a los quince años dada vuelta de paco y asesinada; en el caso de Tevez, sale a la fama. El tema es que acá se cuentan las dos versiones: los que salen y los que no. Hay mucha muerte ahí.

Hablando de este hartazgo con lo marginal, ¿qué te pasó con la serie El marginal?

–Me había gustado la idea pero después no quedé vinculado. Iba a hacer la primera temporada pero tuve un problema familiar grave y tuve que dejarla de lado. Escribí los doce primeros guiones con mi impronta. El marginal tiene una impronta que yo le di en su momento junto con Ortega, hasta que le terminé perdiendo el rastro a la criatura. Después me llamaron para hacer la segunda temporada pero no me querían entregar los guiones. Terminé dirigiendo dos capítulos y me fui. Ahora me habían llamado para la tercera y dije que no. No sé si me gusta mucho en lo que se transformó. Me parece una franquicia. Las decisiones están en manos de la productora.

–¿Qué te hizo determinar que el cine era tu lugar en el mundo?

–Si bien toda mi vida fui obrero metalúrgico y laburé para otras personas, sentía que no estaba para eso. Probé con la música también, pero el cine terminó ganando. Una vez leí una frase de Buñuel que me marcó. Decía algo así como que el cine es el único arte donde lo que necesitás saber es lo que querés. Cómo hacerlo, lo hacen los demás. Esa determinación me ayudó mucho.

“No me nace entretener. Me sale contar historias de lo que he visto, de lo que me cuentan, de lo que escucho, y trato de ser lo más fiel posible a la hora de presentárselas al espectador.”

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