Lorenzo Ferro: "Dirigir a mi viejo es una carta de agradecimiento a quien me mostró el cine"
Después de consolidar su carrera como actor, da el salto a la dirección con El tren fluvial, largometraje a partir del cual construye un universo que dialoga con el cine de Leonardo Favio y John Cassavetes. Un debut que pone en juego la amistad, la singularidad y una búsqueda estética personal a través de la mirada de un niño.
Si bien ya había incursionado detrás de cámara con algunos cortometrajes, El tren fluvial, codirigida junto a Lucas Vignale, marca el debut como cineasta de Lorenzo “Toto” Ferro, el actor que demostró su nivel interpretativo en El ángel (2018), de Luis Ortega.
La película se centra en el relato de un niño que se abre camino en un mundo de adultos y en una tierra ajena, y recupera para la pantalla grande un estilo cinematográfico que tiene a Leonardo Favio como su máximo referente. En esta charla con EPU, cuenta sobre el detrás de escena, la repentina muerte de Lucas (el guionista y realizador perdió la vida en junio en el mismo accidente que el creador de contenido Gaspi y el músico estadounidense Oliver Tree), la experiencia de pasar de adelante a detrás de cámaras y sus próximos proyectos.
–Ya hicieron la presentación en Berlín y en el BAFICI, pero ahora finalmente va a llegar a las salas. ¿Cómo te sentís?
–La verdad que estoy recontento, es como un oasis poder estrenar una película. Pensé que iba a tardar mucho más en estrenarse y que termine llegando antes te hace vivirlo con más frescura. También es como una forma de colocar un granito de arena en el lugar donde creciste, y eso es lindo. Porque yo crecí yendo al cine, al Showcase Belgrano, al que me llevaban mucho mi papá (el reconocido actor Rafael Ferro) y mi mamá, que se iban turnando en verano por el aire acondicionado… y ahora yo voy todo el tiempo al cine. Entonces meter un granito de arena en el cine puede parecer normal para otros, pero para mí es un delirio. Y es un bello delirio.
–¿Qué te acordás de esa época de ir al cine siendo niño?
–Me acuerdo de ir a ver Batman, de la trilogía de Christopher Nolan, y salir queriendo ser Batman. Después me acuerdo de ir a ver la primera de Matrix, que me voló la cabeza. También de ir a ver con mi abuelo las de G.I. Joe. Una imagen que tengo muy presente es de una vez cuando era bien chiquito, debía tener entre tres y cinco años, y me estaba cuidando mi papá. Pero él quería ir a ver Kill Bill y, como no tenía con quién dejarme, me llevó. En esas escenas muy violentas, donde se arrancan los ojos, mi papá me tapaba los ojos y yo le decía: “Papá, quiero ver, quiero ver”. Un kamikaze total.

–¿Qué te pasó la primera vez que te viste en una pantalla?
–La primera vez que me vi en una pantalla hubo cierto placer, la verdad. Como esa cosa un poco capitalista de “lo logré”. Me acuerdo de ser más chico y decir: “Che, tanto ir al cine y ahora estar vos viéndome en el cine”. Fue lindo, la verdad. La primera vez me pasó eso, pero después ya fue más rechazo.
–El ángel, ¿la volviste a ver?
–No, no la vi. La última vez que la vi fue cuando la estaba presentando en algún festival. Simón de la montaña tampoco la volví a ver. Las vi tres o cuatro veces y ya no las quise ver más. Porque al ver tantas veces una película deja de gustarte. El tren fluvial también ya no la puedo ver más. Por ahí, ahora que la damos en San Sebastián, la vea porque es una sala muy hermosa y va a haber mucha gente, pero en el BAFICI la vi un rato y salí. La empezás a odiar. Decís: “Mirá qué mal hice esto, mirá qué mal hice lo otro”. Uno quiere mejorar ciertas cosas. Por suerte existe el exterior y no depende todo de uno; existen las personas que te dicen: “Ya está, hermano, dejala ahí”.
–¿Y cómo sos con las devoluciones, con las críticas y con los comentarios que te hacen cuando ven una película?
–Con Federico Luis, director de Simón…, tenemos un grupo de amigos y somos todos partícipes del cine del otro. Siempre nos mostramos las películas, nos damos devoluciones, nos matamos con las devoluciones, y eso ayuda a que las películas mejoren mucho. A veces es doloroso porque hay ciertas cosas que a vos te encantan y de repente un amigo viene y te lo destruye, te lo dice así crudamente, por la confianza, y entonces tus buenos amigos terminan haciendo tu cine también.
–Este proyecto nace entre amigos. ¿Cómo fue el origen de El tren fluvial?
–El origen lejano es después de El ángel, queriendo dirigir y habiendo visto Gloria, de John Cassavetes. Salí totalmente impactado de ver al nenito que actúa en esa película. Me puse a escribir un cortometraje que era todo sobre un niño perdido en la ciudad, que no tiene mucho que ver con esto, pero sí su esencia.

En el medio conocí a Lucas (Vignale) y empezamos a trabajar juntos, hicimos cortometrajes, videoclips, hasta que en algún momento dijimos: “Es hora de tirarnos al lance y atravesar esta cortina de humo”. Teníamos a Milo, el protagonista, que ya lo habíamos conocido en un cortometraje, teníamos ese pueblo… Tenemos una cara y un escenario que nos encanta, eso ya es una justificación suficiente para filmar y hacer un experimento.
–¿Y fue más fácil de a dos? ¿Cómo fue el proceso?
–Ya veníamos de una relación de cinco años, ya sabíamos todo el uno del otro, ya estábamos re estudiados. Era una gran dupla, la verdad. Ya sabíamos qué servía, para qué funcionaba uno, para qué funcionaba el otro. Hacer la película fue increíble, fue el last dance. Salimos y tocamos bien la pelota, la pasamos bien. Más ahora, con todo lo que sucedió, es increíble haberla compartido, porque queda como un registro de la amistad, un registro vivo: es esto lo que nos pasó y lo que hicimos, es el legado que queda.
–¿Cómo se construye una voz propia?
–Siempre fuimos dos personas que armamos como una constelación consciente de cosas y universos interesantes y en esa constelación nos ubicamos en el medio y empezamos a inventar un mundo en el que quizás nos gustaría habitar. Es un mundo que se aleja de la época en la que vivimos ahora. Es algo que le pasa a mucha gente de mi edad. Como una nostalgia de lo no vivido, de poder ir a ver a Luca Prodan, de entender esas cosas y mezclarlo con una sensación de cuento.

Las referencias siempre nos sirven como un gran punto de partida y también es innegable que esta película, sin directores como Favio o Cassavetes, no podría existir. Con el tiempo uno aprende a transformar las influencias en algo más, pero por suerte lo de la voz propia aparece como algo innegable, porque uno ya tiene la voz propia. Es la singularidad que tiene cada ser humano y que algunos son más conscientes de ella y otros menos.
–¿Vos sos consciente de que en el universo mediático tenés una voz propia, una impronta propia?
–Sí, es algo que fui aprendiendo y que todavía me queda un montón por aprender. La singularidad es simplemente dejar que hable tu voz, es algo que tenemos todos. Pero hay que confiar en ella. Y saber que te puede llevar también a lugares que no están tan buenos. Pero confiar en ella para darnos valor a nosotros mismos y darle valor al otro, saber que el otro tiene su singularidad y quizás no se parezca en nada a vos. Creo que navegar esas diferencias con el otro te permite hallar un lugar de más libertad. Darle lugar a la singularidad permite buenas cosas en el cine y también en una carrera, en un vínculo con la persona a la que amás, y eso es lo que más nos cuesta.
–¿Estás trabajando en algún otro proyecto?
–Como actor estoy trabajando en algo que no me dejan hablar, y estoy escribiendo una película nueva en la que el protagonista va a ser mi padre. Quiero hacer una película con mi padre. Quiero utilizar la herramienta del cine para tenerlo enfrente desde otro lugar, y porque me parece un gran actor. Como hicimos esta película con Lucas y quedó un registro de nuestra amistad… Yo no sé hasta cuándo voy a vivir yo ni mi padre, entonces quiero dejar un registro de eso también. Dirigir a mi viejo también es una carta de agradecimiento a quien me mostró el cine y me llevó tanto al cine.

