El otro Vilas: las mil vidas del primer rockstar del deporte argentino
El periodista Pablo Amalfitano se propone narrar aquellas facetas menos conocidas del máximo ídolo del tenis argentino. El libro El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible rescata esa dimensión artística y humana que lo convirtió en un personaje que trascendió los límites del deporte. Poeta, actor, músico, apasionado del rock y amigo entrañable de Luis Alberto Spinetta, con más historias de Hollywood y galas de jet set que Grand Slams: un retrato indispensable para dimensionar el mito hecho campeón.
Hay nombres que quedan impresos en los libros de historia deportiva gracias a la contundencia de sus récords, pero hay otros que van mucho más allá. Explicar a Vilas como un sensacional jugador de tenis solo sirve para mencionar apenas una diminuta faceta de toda su configuración como humano. Esa fue, precisamente, la premisa que impulsó al periodista Pablo Amalfitano a escribir El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible, un trabajo contraintuitivo para estos tiempos de prisa que rescata su bohemia artística a medio siglo de sus grandes hazañas deportivas. Tras la presentación oficial en la emblemática sala Alfonsina Storni del Café Tortoni, el autor comparte los detalles de producción de una obra reveladora.

–¿En qué momento sentiste que Vilas dejó de ser sólo un gigante del deporte para convertirse en un personaje de la cultura pop argentina? ¿Qué rasgo de su personalidad te llamó más la atención a la hora de investigar su vida?
–Por una cuestión generacional no lo vi jugar a Vilas: nací en 1990, un año después de que él jugara su último partido en Roland Garros. La puerta de entrada fue la primera imagen, su identidad visual. De chico siempre me impactó verlo, porque parecía más que un tenista: era como un rockstar, con pelo largo, vincha, ese brazo zurdo gigantesco. Esa identidad visual responde al rasgo que más llamó mi atención: la curiosidad. Es un tipo profundamente curioso y vivió a fondo cada rubro que eligió pisar: el tenis, la música, la poesía, los amores. Hay una huella deportiva de Vilas pero también hay otra cultural.
–¿Cómo dialoga en El otro Vilas el tenista de elite con la bohemia que rompía con los moldes de la época?
–Hay mucho más de la bohemia que del tenis: el Vilas tenista está sobrenarrado, pero hay otro Vilas que camina entre lo oculto y lo olvidado. Rescatar esas múltiples facetas del humano que trasciende al multicampeón me trasladó a una época más soñadora. Vilas fue un romántico en esa era romántica: todo lo que hizo en su vida, incluso el tenis, va de la mano con su pulsión de vida y no por el dinero.
–¿Qué dato o testimonio fue el que más sorprendió a quienes leyeron el libro?
–Hay dos puntos que suelen provocar impacto hasta el momento entre los lectores. En primer lugar, una historia que justifica su génesis como humano súper curioso: a los seis años quiso ver qué se sentía estar muerto. Se metió en un cajón de juguetes, le pidió a su hermana Marcela que se sentara arriba y que no le abriera por más que gritara. Si su madre no hubiera escuchado los ruidos, su paso por este plano habría culminado en su niñez. La otra tiene que ver con su figura estelar, una imagen capaz de codearse con lo más alto del jet set: solía tener relación con el Shah de Persia, un gran admirador suyo que hasta organizó el torneo de Teherán y, después de que lo ganara, le entregó personalmente el trofeo.
–Hubo una amistad entre Spinetta y Vilas. ¿Qué fue lo que los unía y qué creés que buscaba Vilas en el rock?
–Vilas fue tan amigo de Spinetta al mundo de ser el padrino de su hijo Dante. La historia es de época: el bagaje rockero de Vilas lo llevó a admirar a las figuras del género y, a través de Tito Vázquez, entabló una fuerte relación con el Flaco, a quien incluso le hizo grabar su disco en inglés en Nueva York. Con esta reconstrucción pude entender que Vilas en el rock buscaba un espacio más de expresión: es hijo de aquella década del 60 que provocó una profunda revolución cultural y que tuvo también el Mayo Francés. Los jóvenes que crecieron en aquel momento tuvieron esos potentes estímulos de libertad. Vilas utilizó el tenis como vehículo para profundizar en esa búsqueda.
–¿Vilas es un personaje irrepetible? ¿Por qué?
–Vilas es irrepetible, sí. Los años pasan y la trascendencia parece estar cada día más licuada. Uno es uno y su circunstancia: Vilas construyó su leyenda, dejó su huella en el tenis y fuera de él, en una época en la que todavía se alimentaban los mitos. Aunque algún tenista argentino llegue a ganar más que Vilas, cosa que hasta ahora no ocurrió, no va a llevar en sus espaldas el bagaje de aquella revolución cultural y de aquella manera de vivir. Un ejemplo: nadie estará meses en plena búsqueda de imágenes que puedan documentar el romance de un Vilas, que venía del fin del mundo en tiempos de escasa comunicación, nada menos que con una princesa como Carolina de Mónaco. Ni esas fotos serán vendidas tampoco a medios de más de cincuenta países como ocurrió. Es una vida única en un momento único.


