La Noche de las Embajadas: una oportunidad para viajar por el mundo sin salir de Buenos Aires
Más de 20 embajadas y espacios culturales abrieron sus puertas al público durante la Noche de las Embajadas, una oportunidad para conocer culturas lejanas a través de sus protagonistas, tradiciones, objetos y sabores, sin necesidad de tomar un avión. El Planeta Urbano realizó un recorrido por las representaciones de Turquía, la República Democrática del Congo y Malasia, entre edificios históricos, sabores desconocidos y encuentros con sus representantes diplomáticos.
En una sola noche, sin salir de Buenos Aires, se podía escuchar melodías tradicionales de Turquía, descubrir los sabores de la cocina típica de República Democrática del Congo y descubrir cómo se prepara el sirap ros, una bebida dulce a base de rosas, habitual en celebraciones en Malasia. La Noche de las Embajadas ofreció una oportunidad para conocer culturas lejanas.
Después de un sábado de lluvia persistente, el cielo finalmente se despejó y una luna redonda acompañó los recorridos. En las veredas, largas filas de personas esperaban su turno para ingresar a edificios habitualmente cerrados al público. Adentro, los recibían músicas, danzas, vestimentas tradicionales, objetos artesanales y mesas con platos típicos de lugares situados a miles de kilómetros de la Argentina.
El Centro Cultural Yunus Emre, dependiente de la Embajada de Turquía, funciona en una elegante mansión de más de cien años, sobre la calle 3 de Febrero. Allí, entre alfombras, cerámicas y los célebres ojos turcos que se utilizan como amuletos de protección, una bailarina interpretaba el zeybek, una danza tradicional de la región del Egeo, en el oeste de Turquía.

“Es una danza que tradicionalmente bailan más los hombres que las mujeres. Pero acá tenemos un taller de zeybek integrado exclusivamente por mujeres”, explicó el director del centro cultural, Çağlar Erteber, que llegó a Buenos Aires hace apenas cuatro meses. Nacido en Ankara, estudió filología hispánica y realizó un doctorado sobre estudios culturales, con especial atención al cine argentino. Es decir que, mucho antes de instalarse en Buenos Aires, ya conocía una parte de nuestra cultura a través de sus películas.
Además, en uno de los salones de la antigua mansión, un trío de músicos interpretó melodías tradicionales turcas ante un público que seguía la presentación sentado y de pie. Con instrumentos de cuerda y percusión, el conjunto sumó otra expresión de la cultura de Anatolia a una noche que también incluyó, en el jardín de la residencia, degustaciones de té negro, una de las bebidas más populares de Turquía.

El centro ofrece durante el año cursos de idioma y actividades dedicadas a difundir la cultura turca. Erteber reconoce que las populares series televisivas de su país también contribuyeron a despertar el interés del público argentino.
En otra de las salas, una colección de lámparas de vidrio multicolor evocaba inmediatamente las imágenes del Gran Bazar de Estambul. “Esas pequeñas piezas de vidrio de colores son características del mundo bizantino, mientras que el metal que da forma a la estructura alcanzó un refinamiento muy importante en el mundo otomano. En tanto, la geometría ornamental es típica del arte islámico”, explicó Mariano Mannará, encargado de presentar estas piezas al público.

En otra de las salas de la mansión, una colección de lámparas de vidrio multicolor evocaba inmediatamente las imágenes del Gran Bazar de Estambul. Encendidas, proyectaban una luz cálida y dejaban ver pequeños mosaicos, estrellas y figuras geométricas. “Esas pequeñas piezas de vidrio de colores son características del mundo bizantino, mientras que el metal que da forma a la estructura alcanzó un refinamiento muy importante en el mundo otomano. En tanto, la geometría ornamental es típica del arte islámico”, explicó Mariano Mannará, encargado de presentar estas piezas al público.
Además de su valor artesanal, estos objetos tienen un significado vinculado con la hospitalidad. “Si vas a una casa de Turquía y la lámpara está encendida, es símbolo de que sos bienvenido”, contó Mannará.
La hospitalidad también fue protagonista a pocas cuadras de allí, en la Embajada de la República Democrática del Congo, sobre la calle Olleros. Apenas ingresar a la residencia, el propio embajador, Daniel Marius Cibangu Kasonga Mubabinge, estrechaba la mano de cada visitante que llegaba a conocer la sede diplomática.

“Somos un país hospitalario. Cuando ustedes llegan a nuestro país, no necesitamos preocuparnos por saber de dónde vienen ni quiénes son. Los recibimos con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Esa es una particularidad de los congoleños”, explicó a El Planeta Urbano el diplomático, que participaba por primera vez de esta iniciativa desde que asumió sus funciones.
En el interior de la casona, una exposición de vestimentas tradicionales llamaba la atención por sus colores y estampados. Un conjunto amarillo intenso, con una falda de motivos anaranjados y rojos, contrastaba con un vestido largo azul oscuro de diseños geométricos, prendas elegidas para mostrar la riqueza textil del país africano. Philippe Mayele Zengabau, primer consejero de la embajada, explicó que muchas de esas prendas forman parte de la vida cotidiana.

La visita terminaba con una degustación de gastronomía congoleña. Entre los platos se encontraba el poulet à la moambe, una preparación tradicional de pollo cocido en una salsa a base de frutos de palma, que también puede incorporar maní, ají y otros condimentos.
La última parada del recorrido fue la Embajada de Malasia, sobre la calle Villanueva, donde la comida ocupó un lugar central. En una de las salas, un cocinero demostraba a la audiencia cómo preparar el roti canai, un pan plano de influencia india que se sirve acompañado de una salsa de lentejas llamada dal, pero que aqui se sirvió acompañado de dulce de leche. También se ofrecía nasi lemak, uno de los platos nacionales del país, preparado con arroz, salsa sambal, anchoas, maní, pepino y huevo.

“En Malasia lo comemos bastante picante, pero acá lo adaptamos al paladar argentino. ¡Nada de picante!”, contó, entre risas, Jarin Sijaya Abdul Hathi, encargada de Negocios de la embajada, que llegó a Buenos Aires hace apenas dos meses.
Es su primer destino diplomático en América Latina, después de haber trabajado en Moscú y Bangkok. Y una de las cosas que más le sorprendieron desde su llegada fue el desconocimiento que encontró sobre su país. “En Malasia todo el mundo conoce a la Argentina gracias a Messi y Maradona. ¡Somos fanáticos! Pero acá, cuando les digo a las personas que soy de Malasia, muchas veces no saben nada de mi país, no tienen idea”, contó.
Precisamente por eso, decidió aprovechar La Noche de las Embajadas para presentar el país al público argentino. “Queremos que conozcan nuestra gente, nuestra cultura y todo lo que tenemos para ofrecer. Tenemos playas, opciones de ecoturismo, naturaleza, muchas cosas. Aunque estemos lejos, vale la pena el viaje”, aseguró.

Malasia es un país multicultural donde conviven comunidades malayas, chinas e indias, una diversidad que también se expresa en la gastronomía. Durante la jornada, además del roti canai y el nasi lemak, se ofrecieron fideos finos salteados conocidos como bihon, pequeñas empanadas llamadas karipap, postres elaborados con hojas aromáticas de pandan y el popular teh tarik, un té con leche condensada que se vierte repetidamente de un recipiente a otro para mezclarlo y crear espuma. También se podía probar el sirap ros, una bebida dulce a base de jarabe de rosas, habitual en celebraciones y reuniones familiares.
“La gastronomía es una manera de conectar con otra cultura que va más allá del idioma”, explicó la diplomática, mientras señalaba las distintas preparaciones. Toda la comida, además, había sido elaborada por el propio personal de la embajada. “¡Cocinamos todo nosotros mismos, acá!”, destacó.
En otra sala, los visitantes podían conocer juegos tradicionales de niños como el batu seremban (muy similar al tinenti o payana en Argentina), además de instrumentos musicales como gongs y tambores utilizados en celebraciones y ceremonias. También se exhibieron vestimentas tradicionales, como el baju kurung, un tejido artesanal de hilos dorados o plateados. La propia Jarin vestía un traje tradicional de la comunidad malaya.

El entusiasmo del público sorprendió a la encargada de Negocios. “Cuando nos avisaron que las inscripciones estaban completas, no lo podíamos creer. Muchos visitantes nos dijeron que no sabían que Malasia tenía tanto para ofrecer. Ahora ya lo saben y tienen ganas de viajar”, celebró.
Organizada por la Subsecretaría de Relaciones Internacionales del GCBA, la actividad -con entrada gratuita y con cupos limitados en algunas sedes- reunió a más de 20 representaciones diplomáticas y espacios culturales.

