De los Gentlemen’s Clubs al círculo propio: la revolución silenciosa de las redes de mujeres profesionales
Natalia González Amato, fundadora de Cada Una, propone una nueva forma de entender el networking femenino: menos intercambio de tarjetas y más vínculos capaces de convertirse en alianzas, negocios y oportunidades.
Durante décadas, los espacios donde se tejían las grandes redes de poder tuvieron nombre propio: los Gentlemen’s Clubs. Exclusivos, masculinos y cerrados, funcionaron como ámbitos informales donde se construían vínculos, negocios y decisiones que después trascendían esas paredes.
Hoy, aquella lógica de pertenencia está mutando. No se trata de replicar esos modelos, sino de resignificar el concepto de comunidad desde otras reglas: colaboración, confianza, acompañamiento y conversaciones que puedan traducirse en oportunidades concretas.
En ese escenario nació Cada Una, una comunidad impulsada por Natalia González Amato, y luego Círculo Cada Una, una propuesta de membresía pensada para mujeres profesionales que buscan algo que el networking tradicional muchas veces no consigue ofrecer: una red de pares que se active cuando realmente hace falta. La iniciativa parte, además, de una constatación incómoda: mientras las mujeres alcanzan altos niveles educativos y representan una mayoría entre profesionales y técnicos, siguen siendo minoría en los espacios de decisión.
El último Global Gender Gap Report del Foro Económico Mundial señala que, al ritmo actual, la paridad global todavía demandaría 120 años. América Latina y el Caribe, aunque continúa lejos de la igualdad plena, es la región que más redujo su brecha desde 2006 y presenta el plazo proyectado más corto: 60 años. Para González Amato, sin embargo, ese número no debe leerse como una condena, sino como una fotografía del ritmo actual. “Ese ‘60’ no es un destino, es la foto de un ritmo. Y el ritmo es exactamente lo que podemos cambiar.”
Sobre estas nuevas formas de construir comunidad, liderazgo y desarrollo profesional, Natalia González Amato reflexiona en esta entrevista sobre los desafíos que atraviesan hoy las mujeres y el rol que pueden jugar las redes entre pares.
¿Por qué creés que en las principales capitales del mundo y en Latam las mujeres profesionales están buscando de manera tan prioritaria pertenecer a “clubes de pares”? ¿Qué le falta al networking tradicional corporativo?
Al networking corporativo tradicional le falta profundidad. Está pensado para intercambiar tarjetas, no para construir confianza. Y hay algo que vale la pena mirar sin culpas: a muchas mujeres nos cuesta más convertir una relación en un negocio, una alianza o una recomendación. No es falta de talento. Durante décadas esas redes se tejieron en espacios donde no estábamos, y a nosotras nos educaron para creer que el trabajo bien hecho habla solo.
El trabajo no habla solo: alguien tiene que nombrarte en la sala donde se decide.
Por eso las mujeres profesionales estamos buscando otra cosa. Queremos pares con quienes hablar de las decisiones reales de carrera: cómo negociar, cómo pedir, cómo armar alianzas, cómo atravesar una transición. Y queremos una red que después se active. Crecer no depende únicamente del talento; depende de las conversaciones que tenemos y, sobre todo, de las que todavía no nos animamos a tener.
Históricamente los Gentlemen’s Clubs fueron la cuna de los negocios y las decisiones de poder a puertas cerradas. ¿Sentís que la aparición de espacios como “Cada Una” y “Círculo Cada Una” es una respuesta directa o una resignificación de esa antigua tradición masculina?
Más que una imitación o una respuesta desde la confrontación, es una redefinición total de lo que significa generar capital social. Los Gentlemen’s Clubs nacieron desde la exclusión y el estatus rígido: eran espacios para concentrar el poder a puertas cerradas. El mundo está lleno de mujeres líderes y poderosas que aún no tienen un lugar protagónico y que tienen que luchar el doble que los hombres para destacar. Cada Una nace precisamente para unir la voz de esas mujeres, dar el ejemplo y promover entornos de conexión real donde las decisiones muevan la aguja de la equidad.
Lo que hacemos en Cada Una y en Círculo Cada Una responde a ese nuevo paradigma: no nos reunimos para cerrar tratos en secreto ni para simular poder, sino para construir desde la colaboración, la conversación honesta y los acuerdos concretos.
Las personas, y las mujeres en particular, somos infinitamente más poderosas en redes sostenidas. No se trata de copiar un club de hombres, sino de inventar una estructura viva donde el desarrollo profesional no exija dejar la humanidad afuera.

Mencionaste alguna vez que veías a “mujeres espectaculares, con un montón de poder, pero con poco reconocimiento”. ¿Cuál fue ese punto de inflexión personal o estadístico que te llevó a decir “hay que crear un lugar propio”?
El punto de inflexión combinó mi propia vivencia corporativa con un dato duro que me impactó profundamente: informes de organismos internacionales que señalaban que faltaban más de 130 años para alcanzar la paridad de género real globalmente (informes de 2021 y 2023). El hito personal decisivo fue el nacimiento de mi hija: en ese instante tomé conciencia plena de que ni mi generación ni las que vienen iban a llegar a ver esa paridad si no acelerábamos los cambios desde hoy.
Me chocó ver la cantidad de mujeres con un potencial impresionante que, al llegar a cierto techo o tras un hito personal, quedaban invisibilizadas o sin espacios de impulso. Me dije: no podemos esperar un siglo y medio sentadas a que las estructuras cambien solas. Había que crear una plataforma propia, sensible y concreta, que conecte, inspire y acelere esas carreras desde el acompañamiento entre pares.
Y ese número cambió. El Foro Económico Mundial acaba de publicar su informe de este año y a nivel global faltan 120 años. Pero el dato que a mí me entusiasma es otro: América Latina y el Caribe es la región que más rápido avanza del mundo. Pero a pesar de eso, el número es tristísimo. Al ritmo actual llegaríamos a la paridad en 60 años, la mitad que el promedio global y una década antes que Europa, si queremos sentirnos un poco mejores.
Somos la región que más terreno ganó en estos veinte años, pero porque veníamos muy mal. De los diez países que más avanzaron en el mundo desde 2006, cinco son latinoamericanos: Ecuador, México, Guatemala, Bolivia y Chile.
Estos informes, si bien son fuertes, son buenísimos para generar conciencia, pero en mi caso no los leo como una sentencia. El propio Foro lo aclara y yo también lo promuevo: las proyecciones no son deterministas, dependen de las políticas y las prácticas que adoptemos. Ese “60” no es un destino, es la foto de un ritmo. Y el ritmo es exactamente lo que podemos cambiar.
Las carreras de las mujeres rara vez son lineales: hay pausas, cambios de rol, maternidad, mudanzas. ¿Cómo hacen estos espacios de membresía y apoyo para que esas transiciones no se conviertan en un freno o en invisibilidad?
Las carreras de las mujeres casi nunca son una línea recta, y el problema no es la curva: es que el mercado todavía la lee como un paso atrás. Una pausa, un cambio de rol, la maternidad, una mudanza, y de repente dejaste de estar en la lista de nombres para el próximo proyecto.
Los números lo muestran con una claridad incómoda. Argentina tiene paridad total en educación: estamos primeras en el mundo en ese indicador. Y entre profesionales y técnicos las mujeres somos mayoría, el 53,7%. Pero cuando mirás los puestos de dirección y gerencia caemos al puesto 84 del ranking mundial: apenas el 31,7% son mujeres. El talento está formado y está trabajando. Lo que se rompe es el tramo del medio hacia arriba.
En Círculo Cada Una lo trabajamos desde dos lugares. Primero, sacándole el peso individual: si le pasa a tantas, no es un problema tuyo, es un patrón, y a los patrones se los entiende y se los rodea. Segundo, poniendo en valor lo que aprendiste en esas transiciones —negociar, gestionar la incertidumbre, reinventarte—, que son exactamente las competencias que hoy se buscan en un liderazgo.
Y ahí la red hace lo suyo: cuando estás en plena transición, tener pares que te pasen un contacto, te recuerden quién sos o te digan “yo pasé por esto” cambia todo. Nadie debería atravesar esos momentos sola ni pedir disculpas por tenerlos.

En un momento donde se habla mucho de liderazgo empático pero las exigencias del mercado siguen siendo rígidas, ¿cómo se lidera sin copiar moldes masculinos de éxito?
Liderar sin copiar moldes requiere desaprender algo que nos vendieron durante años: que para ser firme hay que ser fría. Yo creo en un liderazgo que escucha, que no necesita demostrar autoridad cada cinco minutos y que puede decir “no sé” sin que se caiga el edificio.
Vulnerabilidad no es debilidad. Se lidera desde la claridad, la empatía y la autenticidad. Y con humor, que no figura en ningún manual de liderazgo pero debería.
Pasaste por posiciones ejecutivas de alto nivel y fuiste reconocida como AdAge Leading Women. ¿Qué mitos del éxito femenino tuviste que desaprender al pasar del corporativo a construir una comunidad viva?
Tuve que desaprender la exigencia de la perfección y el mito de que el cargo o el título es lo que te da la voz. La voz te la da el recorrido, la intención y la coherencia.
En el mundo corporativo nos enseñan a tener todo bajo control y a no mostrar grietas. La primera vez que dije “no sé” frente a un cliente interno, esperaba que se cayera todo; pasó exactamente lo contrario, porque a partir de ahí empezamos a resolver el problema real y no el que quedaba mejor en la presentación.
Al construir Cada Una entendí que las comunidades no se nutren del éxito perfecto, sino de la verdad. También desaprendí la falsa idea del “equilibrio perfecto”: la agenda perfecta no existe, pero priorizar bien y pedir ayuda a tiempo salva el día.
Y aprendí que pedir ayuda no te resta autoridad: te suma aliadas.
El tiempo es el bien más escaso de la mujer profesional urbana. ¿Cómo se diseña un “club de mujeres” para que sea un espacio de pausa, reflexión y energía, y no una obligación más en una agenda ya colapsada?
Esa fue la pregunta central al diseñar la membresía de Círculo Cada Una, y la respuesta fue un cambio de mirada. Pensar en tu carrera no es algo que hacés cuando te sobra tiempo: es trabajo, y tiene que estar en la agenda.
Las mujeres profesionales solemos ser impecables gestionando los proyectos de otros —el equipo, la empresa, la familia—. El nuestro queda para “cuando haya un rato”, y ese rato nunca llega. Así, las decisiones importantes de carrera terminan pasando por inercia y no por elección.
Por eso Círculo no es un club de actividades ni de compromisos rígidos. Es un tiempo reservado en el mes para frenar, pensar con pares y salir con más claridad sobre el próximo paso.
Si bloqueás una hora para revisar el presupuesto del trimestre, podés bloquear una para revisar hacia dónde va tu carrera. Y si un espacio de pertenencia te genera estrés, no es una red: es un mandato más.
Si proyectamos a cinco años, ¿qué huella te gustaría que dejen estos nuevos clubes de mujeres en la cultura empresarial y social de la región?
Me gustaría que dejemos asentado que las redes entre mujeres no son un fenómeno pasajero ni un espacio simbólico, sino una infraestructura crítica de desarrollo económico y social en Latinoamérica.
A cinco años sueño con que las organizaciones integren de manera natural esta forma de colaborar y que ninguna mujer sienta que tiene que pedir permiso ni masculinizarse para llegar a puestos de decisión. Que Cada Una siga siendo ese lugar vivo donde lo personal y lo profesional conviven, abriendo caminos y conversaciones que hoy todavía faltan.
Y que dentro de cinco años no hablemos sólo de cuántas mujeres llegaron, sino de cuántos negocios, alianzas y ascensos nacieron de estas redes. Esa es la forma concreta de que esos 60 años sean menos.
Una red para acelerar el ritmo
La idea que atraviesa el proyecto de González Amato es que el cambio no ocurre solamente en las grandes estructuras, sino también en las conversaciones que las personas construyen alrededor de ellas. Frente a carreras cada vez menos lineales y a un mercado que todavía penaliza muchas de esas curvas, la pertenencia puede convertirse en una herramienta profesional concreta.
El dato de los 60 años, en ese sentido, funciona menos como una fecha que como una pregunta: qué decisiones, prácticas y redes pueden hacer que ese plazo sea diferente. Para González Amato, la respuesta empieza por dejar de pensar el desarrollo profesional como algo que sucede cuando sobra tiempo y convertirlo en una prioridad.
“Sesenta años no es un destino, es la foto de un ritmo. Y el ritmo es lo único que realmente podemos cambiar.”

