Lena Becerra: desafiando el límite entre lo visceral y lo artificial
La artista radicada en Berlín redefine los límites entre ciencia y naturaleza con una obra que ya conquista las principales capitales culturales del mundo. Sus ecosistemas vivos cuestionan la idea misma de lo humano, consagrando a esta creadora mendocina como una de las voces más fascinantes de la escena actual.
La instalación respira, bombea y late. Un líquido oscuro atraviesa tubos, máquinas y finalmente se deposita en un recipiente rectangular. Un sonido repetitivo y constante imita el de un corazón que nunca se detiene. Se trata de un ecosistema creado por Lena Becerra, donde las estructuras dialogan y desafían el límite entre lo visceral y lo artificial. La artista transdisciplinar, que estuvo en Buenos Aires para la inauguración de la muestra Coagvla, piensa estos sistemas como entidades que existen “entre estados”: entre lo vivo y lo inerte, entre el exterior y el interior, entre lo humano y lo no-humano. En ese sentido, sus esculturas no buscan representar un organismo existente sino uno que se está formando, mutando o incluso descomponiendo.
En diálogo con El Planeta Urbano, Becerra recorre el universo creativo que hay detrás de sus obras expuestas en la galería Acéfala, de Central Affair, y cuenta cómo es el proceso que busca poner en tensión las etiquetas que definen a los organismos y a las máquinas.
–En tu obra aparecen organismos híbridos que desdibujan los límites entre lo humano, lo tecnológico y lo natural. ¿Cómo nace esa necesidad de trabajar en esa zona intermedia?
–El deseo de tensar los límites entre máquina, naturaleza, lo humano y lo más-que-humano nace de la necesidad de pensar el mundo desde una lógica más interconectada. Me interesa entender que todas las criaturas que habitamos este planeta estamos compuestas por sustancias cada vez más similares y que dependemos unas de otras para coexistir. En ese sentido, no busco solamente desarmar estas categorías, sino también ensayar nuevas morfologías que emergen de esa hibridación. Es una forma de imaginar, y de gestar, otros mundos posibles dentro del que ya habitamos.

–La pieza central de la exposición cuenta con un dispositivo que posee su propio ecosistema. ¿Cuál es su historia?
–La describiría como un dispositivo vivo, un ecosistema autónomo en constante estado de transformación. Los elementos que la componen, como las membranas, las fibras, las estructuras metálicas y los sistemas de circulación, funcionan en conjunto como un cuerpo expandido, donde no hay una jerarquía clara entre lo orgánico y lo tecnológico. Es una especie de anatomía especulativa que respira, filtra y conecta distintas partes a través de relaciones de dependencia.
También hay una carga emocional en la pieza: una cierta fragilidad que insiste por mantenerse activa. Es un sistema que depende de sus propias conexiones para seguir funcionando y que, como cualquier ecosistema, podría colapsar o transformarse en cualquier momento.
–Tus piezas parecen oscilar entre lo siniestro y lo sublime. ¿Buscás generar incomodidad en el espectador o una instancia más contemplativa?
–Entiendo la belleza como algo que emerge en esa liminalidad entre lo conocido y lo extraño, entre lo siniestro y lo sublime. Más que buscar una contemplación distante, me interesa activar una experiencia sensorial más amplia: que el cuerpo del espectador se involucre, que aparezca el deseo de acercarse, de tocar, de percibir ritmos, temperaturas o vibraciones. Es en esa proximidad donde la obra realmente se activa.

–Trabajás con materiales como vidrio soplado, acero inoxidable y silicona, que implican procesos muy distintos. ¿Hay una tensión material ahí?
–La tensión material no es solo formal, sino también conceptual. Me interesa cómo lo rígido y lo flexible, lo industrial y lo orgánico, pueden coexistir y generar relaciones de dependencia. Es en ese encuentro –a veces conflictivo, a veces íntimo– donde aparecen las posibilidades de construir estos cuerpos híbridos que están en constante negociación entre la estabilidad y la transformación.
Este proyecto también marca el inicio de un vínculo muy significativo con Acéfala. Me da mucha alegría poder presentar esta obra en ese contexto y abrir una relación que siento que va a seguir creciendo y desarrollándose en el tiempo.
–Hay algo muy corporal en tus obras, casi orgánico, pero al mismo tiempo artificial. ¿Cómo pensás esa relación entre cuerpo y prótesis?
–Pienso la prótesis no como una falta a compensar, sino como una posibilidad. Me interesa como extensión del cuerpo, como un modo de expandirlo y transformarlo. En ese sentido, el cuerpo deja de ser algo cerrado para volverse un sistema abierto, en constante intercambio con su entorno. Mis obras proponen cuerpos hibridizados, donde lo orgánico y lo artificial no están en oposición, sino que coexisten y se afectan mutuamente.

–También aparece la idea de generar diálogo con lo no-humano. ¿Qué lugar ocupa esa otredad en tu imaginario?
–Lo no-humano ocupa un lugar central en mi obra. Me interesa pensar formas de existencia que no se organizan desde lo humano como medida, sino desde relaciones de interdependencia. En mis trabajos, lo no-humano aparece como agente activo: materiales, líquidos, sistemas que tienen su propia lógica y temporalidad. Más que representar esa otredad, intento generar condiciones para entrar en relación con ella.
–Viviste y trabajaste en distintos contextos como Argentina, Australia y ahora Berlín. ¿Cómo impactan estos desplazamientos en tu forma de producir?
–Hay un impacto tanto en lo conceptual como en lo material. Mi obra tiene algo de fragmentado, casi plegable, en su forma de construirse y reconstruirse en cada contexto. Cada lugar en el que viví modificó mi imaginario y también las técnicas que utilizo. A la vez, sigo en diálogo con comunidades en distintos países, lo cual es fundamental para mi práctica. Actualmente en Berlín formo parte de una comunidad de sopladores de vidrio, una técnica profundamente colaborativa que requiere al menos dos personas.

–Tus piezas parecen estar en un estado de mutación constante, como si nunca terminaran de fijarse. ¿Cómo se cierra o culmina una obra?
–La obra nunca está completamente cerrada. Especialmente las instalaciones, que suelen mutar según el contexto en el que se presentan. Me interesa esa condición abierta, donde cada montaje es también una reconfiguración. El “cierre” es más bien un estado temporal, una pausa dentro de un proceso que continúa. Son parte de un universo en expansión.
Cada pieza puede funcionar de manera autónoma, pero al mismo tiempo forma parte de una investigación más amplia donde ciertas lógicas, materiales y formas reaparecen y se transforman. Me interesa construir sistemas que se desarrollen en el tiempo, más que obras completamente aisladas.

–En un presente atravesado por debates sobre tecnología, género y ecología, ¿qué preguntas te interesa generar con tu obra?
–Me interesa abrir preguntas en torno a cómo nos relacionamos con lo no-humano y con las tecnologías que nos atraviesan. Cómo pensar el cuerpo más allá de sus límites tradicionales y qué otras formas de coexistencia son posibles. También me interesa cuestionar ideas de control, eficiencia y progreso: proponer tecnologías blandas y sistemas más vulnerables, interdependientes y sensibles.
Fotos: Tadeo Bourbon

