Lautaro Ferrari: cuando el arte, la espiritualidad y las redes se encuentran

Para Lautaro Ferrari, el arte y la espiritualidad nunca fueron dos universos separados. Mucho antes de convertirse en terapeuta holístico, dar talleres o participar en festivales como Lollapalooza, ya intuía que ambas dimensiones convivían en él. La historia comenzó en Junín, donde creció cerca de la escuela de arte vinculada al legado de Xul Solar, una figura que, según cuenta, parece haberlo acompañado simbólicamente a lo largo de toda su vida. Hoy, instalado en Recoleta, vive a pocas cuadras de la casa-museo del artista.

“Cuando dibujaba sentía que algo en mí se sanaba”, recuerda. Esa experiencia temprana fue el punto de partida de una búsqueda que con los años incorporó nuevas herramientas: yoga, tarot, meditación, limpiezas energéticas y diferentes prácticas vinculadas al bienestar. Sin embargo, Ferrari evita definirse únicamente desde una disciplina. Prefiere pensar su trabajo como una síntesis de experiencias.

Su recorrido incluye formaciones en Argentina, España, Londres y Canadá. Cada viaje, asegura, aportó una perspectiva diferente. Habla de los lugares como si fueran texturas: distintos colores, distintos materiales, distintas energías. De España tomó herramientas relacionadas con el yoga y el ayurveda; de Londres, elementos vinculados a tradiciones celtas; y de Canadá, una formación artística que le permitió profundizar en la observación y el análisis de las obras.

“Trabajar con la espiritualidad es una forma de hacer arte con el alma”, sostiene. Una frase que resume buena parte de su filosofía. Ferrari no se presenta como alguien que sana a otros, sino como alguien que acompaña procesos para que cada persona encuentre sus propias respuestas.

Entre el tarot, el contenido y la ciudad

En marzo participó por quinta vez en Lollapalooza Argentina. Allí combinó dos de los lenguajes que hoy atraviesan su trabajo: el arte y la espiritualidad. Durante el festival realizó lecturas de tarot, coordinó actividades vinculadas a la astrología y las limpiezas energéticas, y abrió conversaciones sobre el impacto de la inteligencia artificial y las redes sociales en la creatividad contemporánea.

Dentro de ese contexto presentó una obra titulada El Carro, una reinterpretación personal de la carta homónima del tarot. Para Ferrari, la imagen funciona como una metáfora de la comunicación. “La comunicación es un vehículo. Nos permite llegar a ciertos lugares o salir de otros”, explica.

La pieza reúne referencias simbólicas que van desde Hermes hasta los cuatro elementos y los puntos cardinales. Pero más allá de sus múltiples lecturas, hay una idea que aparece de manera recurrente en su discurso: la conexión. La noción de que todos formamos parte de una red más amplia donde distintas experiencias pueden convivir y potenciarse.

Esa misma lógica atraviesa su presencia digital. En redes sociales comparte reflexiones, contenidos sobre bienestar y registros de las actividades que desarrolla en distintos espacios. En los últimos años, además, comenzó a colaborar con marcas y proyectos culturales, una faceta que convive con naturalidad con su trabajo terapéutico.

Lejos de ver una contradicción entre espiritualidad y comunicación comercial, Ferrari considera que ambas dimensiones pueden complementarse. “Lo importante es conectar con la esencia de cada proyecto”, señala. Para él, el desafío consiste en mantener coherencia entre los valores personales y aquello que se comunica.

Quizás por eso no se siente del todo cómodo con las etiquetas. Cuando le mencionan la idea de “influencer espiritual”, responde con una reflexión sobre la necesidad contemporánea de clasificarlo todo. “Definir algo también es limitarlo”, dice. Y agrega que la espiritualidad no debería reducirse a una estética o a determinados rituales, sino a una forma de vivir con mayor consciencia y congruencia.

Actualmente desarrolla gran parte de sus actividades en un espacio ubicado en Recoleta. Allí ofrece sesiones de tarot, yoga, meditaciones, limpiezas energéticas y encuentros temáticos que buscan acercar estas prácticas a públicos diversos. La propuesta, explica, no apunta a brindar soluciones mágicas ni respuestas cerradas, sino a generar herramientas que puedan acompañar a las personas en su vida cotidiana.

Hay una idea que atraviesa toda la conversación: la importancia del encuentro humano. En una época dominada por pantallas, algoritmos y respuestas inmediatas, Ferrari reivindica el valor de compartir tiempo con otros. “Hay cosas que no se responden con Google”, afirma. Esa mirada también aparece cuando habla de inteligencia artificial. Lejos de rechazarla, cree que puede convertirse en una herramienta poderosa si se utiliza de manera consciente. Más que una amenaza, la ve como una oportunidad para construir nuevas formas de cooperación.

Entre el arte, la espiritualidad, la creación de contenido y la vida urbana, Lautaro Ferrari parece moverse justamente como el símbolo que eligió para representar su presente: un carro en movimiento. Un vehículo que avanza integrando distintas experiencias, disciplinas y lenguajes, mientras busca abrir espacios de reflexión en una ciudad que nunca deja de transformarse.

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