Lucas Gutiérrez, la textura del algoritmo: "Siempre se asocia lo tecnológico con algo superficial o sin alma"
El diseñador industrial catamarqueño radicado en Berlín regresó al país para presentar su primera exhibición individual en ArtLab. En diálogo con El Planeta Urbano, reflexiona sobre errores digitales, universos abstractos y los vínculos emocionales que construimos con la tecnología. “Siempre se asocia lo tecnológico con algo superficial o sin alma. Mi ejercicio es intentar darle naturalidad.”
La tecnología no solo evoluciona: también redefine la manera en que nos sentimos. Lo que fue diseñado para cumplir funciones técnicas –compilar datos, transmitir imágenes, optimizar procesos– hoy es el espacio donde trabajamos, nos vinculamos y nos emocionamos. En esa fricción entre lo técnico y lo afectivo se mueve la obra de Lucas Gutiérrez, diseñador industrial y artista digital argentino radicado en Berlín, que regresó al país para presentar en ArtLab Esferas digitales, su primera exhibición individual oficial.
Su práctica explora la materialidad de lo digital a través de universos abstractos donde las superficies parecen convertirse en esculturas. En sus piezas, lo algorítmico adquiere textura, densidad y hasta latido propio. Lo que vemos nos hace dudar de si estamos frente a metal, plástico o pura simulación: la imagen deja de ser plana y empieza a comportarse como materia.
En diálogo con El Planeta Urbano, el artista catamarqueño reflexiona sobre esa búsqueda: cómo llevar al entorno digital sensaciones propias del mundo físico. “Siempre está esta idea de asociar lo tecnológico con algo superficial o sin alma. Mi ejercicio es intentar darle naturalidad, traer a la pantalla una noción de piel, de metal o de brillo”, explica Gutiérrez.

–Esferas digitales es tu primera muestra oficial en la Argentina. ¿Por qué elegiste este momento para presentarla y por qué en ArtLab?
–Hay dos factores principales. Con el equipo de ArtLab nos conocemos desde mis inicios en lo audiovisual. Ellos también crecieron y se transformaron, y coincidió que se cumplían diez años desde que nos habíamos encontrado. En ese tiempo, ambos desarrollamos nuestras carreras por caminos distintos. Yo estoy explorando medios materiales como el textil, el vidrio soplado y el metal, sin dejar el eje principal, que es el video en vivo y lo audiovisual. Me parecía un buen momento para mostrar ese proceso con ellos, en Buenos Aires, una ciudad donde nunca había podido hacer algo así. No fue algo planeado con tanto tiempo: empezamos a hablar el año pasado y todo se dio de manera muy fluida.
–Tu trabajo se mueve entre diseño industrial, arte digital y audiovisual. ¿Cómo se articulan esos mundos en tu proceso creativo?
–El diseño industrial lo tengo desde lo académico; nunca ejercí de manera concreta por cuestiones geográficas y laborales. Antes de terminar la universidad ya trabajaba en diseño gráfico y en un club de Córdoba, así que el entorno audiovisual empezó a tener más peso. Yo creía que podía construir un puente entre esas áreas. Empecé a usar software de ingeniería y CAD para explorar modelos 3D de manera más expresiva, rompiendo sus límites. Eso me llevó a repensar el diseño industrial en un ambiente más imaginario, creando objetos únicos que representan momentos de mi práctica audiovisual o técnicas digitales llevadas a la materia.

–¿De qué manera pensás hoy lo material cuando el soporte es digital o algorítmico?
–Es interesante la pregunta porque no necesariamente empezaba mis proyectos con la idea de crear una sensación o provocar algo visualmente. Entonces mi ejercicio con lo digital y con esa textura –que empezó a aparecer en la mayoría de mis trabajos de diferentes formas y escalas– fue intentar darle un poco más de naturalidad a mi trabajo, o poder humanizar eso que a veces ni siquiera tiene color y es tan abstracto. Esa es la parte que se convierte en un hilo común dentro de mis trabajos: no se sabe bien si es metal, plástico u otra cosa, pero está vinculada a algo muy particular que hago en cada pieza y que siempre agrego al final del proceso.
–Tus obras crean mundos propios. ¿Qué te atrae de esa lógica?
–Inicialmente era algo mucho más técnico: me interesaba forzar la herramienta, romperla, encontrar fallas y glitches. Con el tiempo se volvió una exploración más formal sobre el espacio infinito y los objetos que se mueven algorítmicamente y parecen tener su propia vida. Empecé a entender que hay otra linealidad del tiempo en esas creaciones, que pueden existir y transformarse cada vez que vuelvo a ellas. Hoy me interesa observar qué pasa cuando esos objetos existen por sí solos y también qué sucede al sacarlos del entorno digital y llevarlos a lo material: convertirlos en escultura o textil, ver si siguen siendo 3D, cómo cambia su percepción. Siempre estoy cuestionando esa frontera.

–¿Cómo sumás el sonido a tus piezas?
–Siempre compongo primero la imagen. Creo las composiciones visuales que luego pueden formar parte de un show audiovisual. Cuando siento que están terminadas, hago la música para esa narrativa visual. La mayoría de mis composiciones musicales nacen específicamente para mis visuales. Antes solía sumarme a proyectos donde la música ya estaba hecha; ahora me interesa invertir ese proceso y crear obras donde imagen y sonido sean únicos y estén completamente conectados.
–En tus obras aparece mucho la idea de pantalla como mediadora de la experiencia. ¿Qué lugar ocupa hoy la pantalla en nuestra vida cotidiana y en tu trabajo?
–Me parece que la pantalla es un elemento que está definiendo esta era en la que vivimos. Todo pasa por una pantalla, todo se visualiza a través de ella, y al mismo tiempo le damos un peso enorme como objeto. Forzamos esas plataformas para comunicar, para decir y para sentir. Durante la pandemia, por ejemplo, mucha gente se emocionaba frente a una computadora: el mismo objeto se usaba para trabajar, hablar con la familia o conectar con alguien. Hemos utilizado productos tecnológicos de maneras para las que no fueron creados, y ese uso intensivo va a hacer que en el futuro representen un momento nostálgico de nuestras vidas. Me interesa observar qué tan lejos llevamos esos dispositivos y cómo después los recordamos.

–Trabajás con generadores en tiempo real. ¿Qué lugar ocupan el error y la espontaneidad?
–Conocer bien las herramientas me permite leer dónde pueden aparecer fallas. Esos glitches o limitaciones técnicas pueden volverse material creativo. Me interesó embellecer el error y darle valor estético. El glitch, el datamosh o el VHS definieron estilos y generaciones. Me pregunto cuáles serán los filtros que definan esta época: qué nos hará recordar al 4K, por ejemplo, si la pérdida de información o el píxel tendrán memoria.
–Mencionás la nostalgia digital. ¿Cómo la definís?
–Hoy depositamos muchas emociones en dispositivos tecnológicos que modificaron nuestra forma de comunicarnos y vincularnos. Así como el VHS o la Polaroid remiten al pasado, pienso qué dispositivos actuales nos van a generar nostalgia en el futuro. Estresamos tanto los productos tecnológicos emocionalmente que después se vuelven obsoletos y los recordamos con afecto.
–Vivís entre Berlín y la Argentina. ¿Qué diferencias encontrás entre las escenas artísticas?
–En Berlín hay muchas burbujas artísticas que no siempre se cruzan, aunque el público es diverso. Buenos Aires tiene una intensidad y una energía muy particular: sentís que todo el tiempo se están gestando cosas. Berlín es una meca cultural, pero también puede ser más tímida. Buenos Aires tiene una intensidad fascinante y un ritmo muy fuerte, especialmente para alguien como yo, que vengo del norte de Catamarca.

–¿Qué proyectos vienen después de esta muestra?
–Hace un año que trabajo en una obra comisionada por la Konzerthaus Berlin junto al compositor Kaan Bulak. Soy el encargado de la parte visual y hay una tercera capa con inteligencia artificial: durante un año, una web recopiló emociones de personas sobre la ciudad y esos datos se traducirán en una pieza audiovisual en vivo. Se estrena en marzo. Además, participo en festivales y en un proyecto en Italia sobre tecnología y biodiversidad, donde datos de vegetales se transforman en iluminación, sonido y video.
Fotos: MATEO CIANFONI

