Leonora Carrington: memorias de abajo
Leonora Carrington nació en Lancashire en 1917, en el seno de una familia inglesa de clase alta que rechazó desde el inicio sus inclinaciones artísticas solo su madre la apoyó en la decisión. Desde muy joven se enfrentó a un destino que no había elegido. A los veinte años huyó a París junto a Max Ernst, quien le doblaba la edad, gesto que selló su ruptura definitiva con el mandato familiar.
En París se vinculó con figuras centrales del surrealismo como Joan Miró y André Breton. De militancia antifascista, se volcó también de manera rigurosa a la escritura, dimensión fundamental de su obra que, como señaló Carlos Monsiváis, “distingue notablemente su manera de pintar”. Aunque su nombre suele asociarse casi exclusivamente a la pintura surrealista, su potencia como escritora permanece relegada.
Pintura y escritura dialogaron siempre con otra zona menos canonizada de su vida: la cocina, entendida no como espacio doméstico sino como laboratorio alquímico, donde el cuerpo, la materia y el lenguaje se transforman. Allí encontró una vía de fuga frente a una infancia y una juventud marcadas por el desconsuelo.
Santander, 1940: psiquiatría, guerra y franquismo
En 1940, en plena consolidación de la dictadura franquista tras el final de la Guerra Civil Española, Leonora Carrington fue internada en el sanatorio psiquiátrico del doctor Luis Morales, en Santander. España acababa de salir de una guerra devastadora y el régimen de Franco había instaurado un sistema de control total sobre los cuerpos, las ideas y las conductas consideradas desviadas.
El encierro no puede leerse como un episodio clínico aislado. La internación, autorizada por su padre, se ejecutó dentro de un aparato médico alineado con una lógica autoritaria: la psiquiatría como tecnología de disciplinamiento. Carrington fue sometida a cardiazol —droga utilizada para provocar convulsiones—, a contenciones físicas, aislamiento y violencia sexual.

Durante ese período fue tratada como cuerpo peligroso: mujer, extranjera, artista, vinculada al surrealismo y a círculos antifascistas. En un país donde el franquismo había definido la obediencia, la moral católica y la domesticación femenina como norma, su sensibilidad y su pensamiento fueron patologizados.
La experiencia de Santander coincidió con el avance del nazismo en Europa y con la detención de Max Ernst en Francia (1939–1940). Ese doble cerco —el fascismo europeo y el franquismo español— clausuró cualquier posibilidad de permanencia en el continente. Santander no fue un accidente biográfico, sino el punto donde poder político, medicina y violencia patriarcal se articularon para anularla.
Tras meses de encierro, y ante la intención de su familia de trasladarla a un hospital en Sudáfrica, Carrington logró escapar. Su huida a la embajada mexicana en Lisboa y el posterior matrimonio con Renato Leduc marcaron el final de la etapa europea y el inicio del exilio que la llevaría, en 1942, a México.
Memorias de abajo: escritura desde el cuerpo
En Memorias de abajo, Carrington narra con una lucidez implacable sus días y noches en los manicomios: la medicación forzada, la tortura, la violación. Un cuerpo sometido que, sin embargo, se expresa a contramano de su destino. Un cuerpo que escribe y que más tarde encontrará en la pintura su sistema simbólico. La palabra precede a la imagen: el trauma se dice antes de volverse forma.
Desde la infancia, Leonora percibía un mundo inaccesible para los demás. No como fantasía, sino como visión. Esa percepción temprana —insoportable para una familia incapaz de nombrarla— fue el primer gesto de expulsión. De esa niña se esperaba docilidad y obediencia, no una imaginación que desbordara los límites impuestos al cuerpo femenino.

En el libro emergen los días atravesados por drogas como el cardiazol. Aquella sensibilidad fue convertida en castigo. La tortura quedó fijada de manera permanente en su memoria: las enfermeras amarrándola, la asfixia, los fármacos que la hacían perder el control hasta pensarse como un animal. Uno de los fragmentos más reveladores condensa esa experiencia extrema:
“Estuve llorando varias horas en el pueblo; luego volví a mi casa, donde me pasé veinticuatro horas provocándome vómitos con agua de azahar…
Mi estómago era el lugar donde se asentaba la sociedad, pero también el punto por donde me unía con todos los elementos de la tierra…
Durante tres semanas comí muy poco… Tomaba el sol, y tenía una fuerza física como no había experimentado antes ni he experimentado después…
En el mundo exterior estaban ocurriendo diversos acontecimientos: la caída de Bélgica, la entrada de los alemanes en Francia… Sus amenazas me impresionaron muy poco, porque sabía que no estaba destinada a morir.”
Animal, humanidad y resistencia
En sus últimos años de vida, luego de un recorrido que dejó una obra incomparable, Leonora Carrington nunca dejó de pensarse como humana y animal a la vez. “No hago una separación entre humanos y animales. Tenemos un alma humana, pero también un alma animal”, afirmaba. Y advertía: “Se está creando un mundo horrible, lleno de guerras absurdas, odios feroces e injusticias. Todo ello habla de la calidad de los animales humanos”. No es casual que sus pinturas preferidas son las de las cuevas de Altamira.

Quizás allí se resuelva, en parte, el enigma Carrington: una mujer que sobrevivió a un sistema fascista que intentó destruirla y que dejó al mundo una lección radical. En tiempos de guerra, violencia y encierro, el arte no se resigna a desaparecer.

