Juliana del Aguila Eurnekian: "Los vinos con bajo alcohol no vienen a reemplazar nada, son una alternativa más"
La productora analiza el crecimiento global de la categoría, las diferencias entre los métodos naturales y la desalcoholización, y los cambios en los hábitos de consumo y el rol del origen.
Los vinos de bajo alcohol dejaron de ser una rareza para convertirse en una tendencia que gana espacio en distintas regiones del mundo, impulsada por cambios en los hábitos de consumo, una mayor atención a la salud y la búsqueda de bebidas más livianas y versátiles, sin resignar identidad ni calidad. En ese contexto, desde la Patagonia argentina surge Fin del Mundo Low Alcohol, una línea que aborda el tema desde una lógica productiva más clásica: White Blend, Syrah y Torrontés Dulce Natural elaborados a partir de cosechas tempranas, sin procesos de desalcoholización, con graduaciones que oscilan entre los 6 y los 9 grados.
Sobre esta forma de pensar el vino —más liviana, fresca y ligada al origen— El Planeta Urbano habló con Juliana Del Aguila Eurnekian, presidenta de Bodega Del Fin del Mundo, quien detalla el trabajo detrás de estos vinos, el rol del terroir patagónico y las razones por las que el bajo alcohol empieza a ocupar un lugar propio dentro del consumo contemporáneo.

—Juliana, lo primero que llama la atención es el énfasis que desde la bodega le ponen a la expresión “vinos naturalmente bajos”. ¿Qué significa bajar el alcohol del vino de forma natural?
—Me encanta la pregunta porque ahí hay una diferenciación muy grande. Existen vinos bajos en alcohol porque pasan por un proceso de desalcoholización y vinos naturalmente bajos en alcohol, como estos. En nuestro caso, lo que hicimos fue trabajar con varias cosechas. Una parte de la uva se cosecha antes, con bajo grado de azúcar, lo que dará bajo grado de alcohol. Luego se realiza otra cosecha a término, con un poco más de azúcar y, por lo tanto, un poco más de alcohol. En esa mezcla se equilibra el bajo alcohol con la acidez y el azúcar.
Es, por decirlo de alguna manera, un blend de cosechas. Así se llega naturalmente a un grado alcohólico más bajo y a un vino muy equilibrado, tanto en acidez como en azúcar.
—Entonces no hay ningún proceso artificial. ¿Cómo funciona, en cambio, la desalcoholización?
—Es artificial en el sentido de que necesita una máquina. Lo que se hace es pasar el vino por un equipo que separa el alcohol del resto del vino. No se le agrega nada ni tiene ningún tipo de agregado posterior, pero sí es un proceso químico.
Hoy existen máquinas más sofisticadas que permiten, de alguna manera, desarmar y volver a armar el vino. El problema es que al barrer el alcohol también se lleva gran parte de los aromas y sabores, porque estos están ligados al alcohol: son cadenas de etílicos. Entonces, al quitar el alcohol, se pierde buena parte de lo que hace que el vino sea vino. Por eso, los vinos desalcoholizados suelen resultar raros y no se parecen demasiado a lo que esperamos de un vino.

—Ustedes están desarrollando tres etiquetas que ya están a la venta: un Syrah, un White Blend y un Torrontés dulce natural. ¿Por qué eligieron estas cepas?
—Esto nos llevó muchos años de experimentación. Ahora parece que está de moda y todos salen a hacerlo, pero cualquier vino requiere años de investigación. Este año sentimos que dimos en la tecla y llegamos a vinos que me gustaron mucho y que tuve ganas de dar a conocer. El White Blend es un corte de Sauvignon Blanc, Semillón y Chardonnay. Son uvas muy frescas que en conjunto funcionan muy bien: dan vinos ricos, con una acidez vibrante.
El Torrontés, por otro lado, es una cepa que me encanta y que creo que debería ser más famosa. Es una variedad nacional con un potencial enorme, súper aromática. En este caso es naturalmente dulce y tiene solo seis grados de alcohol, el más bajo de todos. Se le nota el azúcar; en los otros vinos hay apenas un poco de azúcar residual, pero se sienten frescos y secos. Y después está el Syrah, una cepa de la que soy gran fanática, especialmente del Syrah patagónico. No es tan conocida en Argentina, pero tiene un potencial enorme y muchas caras: según cómo se elabore, puede dar vinos muy distintos. En este caso, da un tinto muy fresco y refrescante, con solo nueve grados de alcohol.
—¿Qué diferencia hay entre el Syrah patagónico y el de San Juan o Mendoza?
—La zona patagónica donde estamos nosotros es relativamente cálida, pero con noches muy frescas. Tenemos una de las mayores amplitudes térmicas del país, y eso hace que el Syrah se dé de manera muy equilibrada. Es más fresco, floral, con una fruta muy atractiva. En San Juan o Mendoza, al ser zonas más calientes y con un sol más intenso, el Syrah suele dar vinos más profundos y pesados. El patagónico es más liviano, más fluido. Probamos también con Malbec y Pinot Noir, que son cepas que elaboramos mucho, pero el Syrah fue el que mejor encajó con el perfil que buscábamos: un vino bien fresco, fácil de tomar, al que incluso se le puede poner un hielito en verano o usar para armar tragos.

—Justamente, cuando se habla de vino argentino es difícil no mencionar el Malbec. ¿Es más complejo lograr un Malbec bien hecho y con poco alcohol?
—En la Patagonia el Malbec también es distinto. Me gusta hablar de Malbec patagónico y de Pinot Noir patagónico porque, aunque muchas veces sean los mismos clones que en otras regiones, se adaptan de una manera totalmente diferente. Son vinos más fluidos; en catas a ciegas incluso se los puede confundir con otros estilos, como un Syrah fresco. No tienen la profundidad de algunas zonas del norte argentino o de Mendoza. Son más frescos, en gran parte por la amplitud térmica y el viento. El viento engrosa las pieles de las uvas, lo que genera gran concentración de aromas y sabores, pero sin una fruta quemada por el sol. Eso aporta frescura y vibrancia natural.
—Estos vinos responden a una necesidad del mercado. ¿Quién expresa esa demanda?
—Hay muchas miradas sobre esto. Se dice que la gente joven ya no toma alcohol o vino, pero creo que hay algo más profundo: hoy uno se fija más en qué consume, cuándo y cómo. Se busca sentirse bien y cuidar la salud. Esto se ve mucho en un perfil más joven, más consciente de la alimentación.
No creo que se deje de tomar vino ni que esto venga a reemplazar nada. Es una alternativa más, una forma distinta de disfrutar del vino, que es parte de nuestra cultura. También responde a otros momentos: no siempre uno quiere un vino que implique cierta solemnidad. A veces está bueno un vino fresco, que se pueda poner en una frapera, con un hielito, y tomar como otra bebida.
—¿Este método podría aplicarse a otras cepas?
—Sin dudas. Venimos haciendo pruebas desde hace años. Estas tres opciones nos parecieron las más interesantes para ahora, pero es una elaboración que puede crecer y sumar nuevas etiquetas. Seguimos investigando con mucha curiosidad.

—Esto es una tendencia mundial. ¿Qué viste en otros países?
—Hay mucho auge de productos con menos alcohol o menos azúcar. Depende de la mirada del productor. En mi caso, el foco no está tanto en las calorías, sino en el alcohol: disfrutar sin sentirse pesado ni estar tan pendiente de cuánto se toma.
En el mundo se está poniendo mucho foco en el grado alcohólico. En algunos lugares se lo castiga, en otros no se lo demoniza, pero sí se promueven bebidas con menos alcohol. Y pasa algo interesante: el mercado se está polarizando. Así como aparecen bebidas con menos alcohol, también surgen vinos con alcohol extra.
—Cuando hablamos de extra alcohol, ¿de cuánto estamos hablando?
—En Argentina no se ve, porque la legislación establece que el vino puede tener hasta 15 grados. Pero en Estados Unidos hay vinos de 20 o 22 grados. En realidad, son bebidas a base de vino, vinos saborizados con alcohol agregado.
A mí, como productora, no me resulta interesante. Produzco vinos en la Patagonia y en Armenia, y siempre busco que reflejen el lugar y sean lo más naturales posible, sin agregados ni procesos. Lograr un vino naturalmente bajo en alcohol era algo importante para mí.

—Para cerrar, vayamos a lo técnico. ¿Estos vinos siguen el proceso tradicional?
—Sí, la elaboración es tradicional. Lo único que cambia es el momento de cosecha, que siempre es una decisión clave. En este caso hicimos varias cosechas para lograr el bajo alcohol. Después, la fermentación es tradicional en tanques de acero inoxidable, sin paso por barrica ni contacto con madera. La idea era conservar la fruta y hacer vinos muy frescos, pensados para consumir visible en el año. Son vinos para poner en la heladera, sacarlos y tomarlos bien fríos.

