Rābiʿa al-ʿAdawiyya y Simone Weil: la tradición luminosa
En el corazón del siglo XXI, donde incluso el alma se ha vuelto mercancía, LUX de Rosalía irrumpe como paradoja: invoca la luz pero respira sombra. Es una liturgia electrónica donde la espiritualidad se mezcla con el artificio, donde el deseo de trascendencia se convierte en espectáculo. Bajo la figura de Rosalía —a quien nadie niega talento ni osadía— se proyectan sombras de dos mujeres que nada tienen que ver con ella. Allí se abre el abismo: Rābiʿa nos introduce en la mística del Islam, mientras que Simone Weil nos conduce hacia el renunciamiento dentro del judaísmo. Ellas buscaron a Dios en el hambre, el silencio y la renuncia; LUX lo busca entre luces y devoción mediática. Si bien el arte puede elevar al creador en su momento de creación, la vida mística es otra cosa. La contradicción se vuelve evidente: intentar nombrar lo sagrado con el lenguaje del capitalismo tardío. Weil ayunaba para tocar lo absoluto; durante la última huelga de hambre en la fábrica donde trabajaba, murió finalmente debido a un deterioro de salud irreversible. Rābiʿa renunció a lo material para entregarse a la voz poética; LUX, en cambio, utiliza la fe mientras se sobreexpone al brillo. Su mística es vacía, pero no falsa: expresa la nostalgia de lo divino en una época que ya no cree. Pero lo mejor es que Rosalía nos acerca a dos mujeres extraordinarias. ¿Quiénes fueron estas dos mujeres a las que una artista contemporánea se inspira?

Rābiʿa al-ʿAdawiyya, poeta, santa y mística del Islam
Existen vidas cuya resonancia supera su época y geografía, no por convertirse en íconos, sino por instaurar una forma de sentir y pensar que no se agota en el tiempo. Entre ellas se encuentra Rābiʿa al-ʿAdawiyya, poeta y mística sufí nacida en Basora hacia el año 717. Su nombre aparece como una grieta luminosa en la espiritualidad islámica. Su voz no se preserva bajo doctrina ni institución, sino como testimonio de un amor que renuncia a la posesión, al cálculo y al intercambio. Rābiʿa vivió en un momento en que el Islam, en plena expansión, comenzaba a consolidarse como estructura política y administrativa. Con ello llegaron jerarquías, codificaciones y centros de poder. Frente a eso, un grupo de hombres y mujeres buscadores del Absoluto interior rechazó la rigidez que cristaliza las formas religiosas, retornando a la vida espiritual. Estos fueron los sufíes. Rābiʿa no fue discípula ni maestra institucional; su enseñanza circuló como modo de vida, como forma de estar en el mundo.

Su pobreza era radical, no como mortificación sino como liberación del yo. Su oración más conocida quita al amor su objeto y su finalidad: amar sin pedir nada a cambio. Muchas de sus anécdotas fueron recogidas por biógrafos y hagiógrafos como Aflākī o Badawī. La textura legendaria de su vida hace difícil separar la historia de la transmisión amorosa, pero lo importante no es la exactitud documental, sino el efecto espiritual de su existencia. Entre los fragmentos atribuidos a ella se encuentra uno de los antecedentes del poema castellano «No me mueve, mi Dios, para quererte»:
“Oh mi Señor, si te adoro por miedo al infierno, quémame.
Si te adoro por la esperanza del Paraíso, inclúyeme de él.
Pero si te adoro únicamente por el amor de Ti solo,
no me apartes de Tu eterna Belleza.”
Aquí el amor deja de ser contrato. No se ama para obtener, para sacar rédito, para salvarse o evitar el castigo. El amor es fin en sí mismo.
Simone Weil: pensamiento, acción y compromiso político
Simone Weil es una figura fascinante, poliédrica y profundamente controvertida. Nacida en una familia judía acomodada y no practicante, desde muy joven se sintió llamada por la suerte de los más desfavorecidos. Dotada de una inteligencia excepcional —y marcada por la sombra del talento de su hermano, André Weil— encontró en la filosofía un campo donde pensar la justicia social, la desigualdad y la condición humana. Estudió en la Sorbona, donde coincidió con Simone de Beauvoir: allí destacó no solo por su brillantez intelectual, sino por la exigencia ética que acompañaba cada una de sus ideas. Pero Weil no se conformaba con el análisis abstracto. Comprendió, desde sus años universitarios, que la clase media ilustrada a la que pertenecía no liberaba a los jóvenes: los disciplinaba para reproducir el orden existente. Por eso, su compromiso con el proletariado no se limitó a la solidaridad o el discurso.
Decidió experimentar en su propio cuerpo las condiciones de vida de quienes trabajaban en la industria. Ingresó a fábricas, soportó jornadas extenuantes, enseñó en institutos populares y organizó espacios de formación para obreros y obreras. No buscaba observar: buscaba sentir la realidad. Esta vivencia, según sus propias palabras, transformó no solo su pensamiento, sino “el sentimiento mismo de la vida”. Viajó a Alemania para observar el ascenso del nazismo y participó —aunque sin empuñar armas— en la Guerra Civil española, convencida de que la verdad ética solo puede decirla quien se arriesga en el mundo y se compromete a causas que superan los privilegios personales. Su biografía es la de una intelectual incapaz de separarse de la historia. Pensar era, para ella, una forma de ascetismo y un modo de amor: estar expuesta, sin resguardo, ante el sufrimiento del otro.

Este despojamiento tiene resonancias en la tradición mística y reaparece en cierta literatura contemporánea. Pascal Quignard, por ejemplo, entiende que lo real no coincide con lo que llamamos “realidad” —ni externa ni interna— sino con aquello que irrumpe cuando todo soporte simbólico se derrumba. Dice Quignard:
“Lo que nos desposee, lo que rompe la individuación, lo que disloca la sintaxis, lo que pone en peligro las significaciones, se sumerge en el vacío: hace caer en pedazos la ficción de la realidad. Lo real no es ni interior ni exterior. Es ‘esto’ cuando se quiebra el hielo simbólico, cuando los edificios imaginarios y los signos caen como un decorado. Es la intemperie del mundo: el rostro, la gota de sangre sobre la nieve, el espino blanco, el vuelo de las ocas salvajes.”
Así, tanto en Weil como en Quignard, encontramos un mismo movimiento: despojarse de todo lo que protege —ideología, lenguaje, identidad— para rozar aquello que permanece cuando cesa la decoración. Un gesto de exposición radical frente al mundo.
El fuego del despojo – Almas que sienten
Ambas nacen en contextos donde la identidad —religiosa, cultural, social— podría haber funcionado como refugio o garantía, pero en las dos se produce un gesto de ruptura: renunciar a lo dado para alcanzar una relación desnuda con lo real. Rābiʿa no concibe a Dios como un poder que exige obediencia, sino como un amor que consume todo lo que no es Él. El célebre pasaje en que declara que quiere quemar el Paraíso y extinguir el Infierno para que Dios sea amado sin recompensa ni miedo condensa su experiencia: el amor como fuego que no busca objeto, ni salvación, ni sentido. Weil, desde otro horizonte histórico y filosófico, llega a un núcleo similar: “La atención es la forma más pura de la oración”. Su vivencia mística no es ascenso ni unión extática, sino descenso y vaciamiento. Recibir el mundo sin imponer forma, sin proyectar el yo.

Para Weil, Dios no se encuentra en la trascendencia inalcanzable, sino en lo que se sufre sin respuesta: en el dolor injustificado, en la opresión, en la devoción y en la fragilidad compartida. No se ama para salvarse, se ama para dejar de ser centro. Lo que se rompe no es la voluntad, sino la ficción del yo como medida del mundo. Allí aparece el punto de contacto más profundo entre Weil y Rābiʿa: una ética que no busca transformar el mundo desde el poder, sino desde el desapego a lo material y fortalecer el mundo espiritual sin alejarse de la gente ni encerrarse en templos. Ese despojo es, como dice Quignard, el momento en que “se cae la decoración”. Cuando cesan los soportes del sentido. Cuando ya no hay garantía, doctrina, identidad, nombre. Lo real como la intemperie. Se las acusa de ascéticas, de extrañas, de excesivas. Pero ese exceso no es negación de la vida: es su forma más ardua de fidelidad.

