Nito Mestre: "No me adjudico haber descubierto a Charly, pero casi"
El cantante y músico atravesó una vida de película. Éxitos, prohibiciones, situaciones límite y reconocimientos forjaron un camino que mira sin nostalgia y con agradecimiento. A las puertas de un recital en el que evocará los grandes temas de Sui Generis junto a las canciones de su etapa solista, reafirma que el escenario es su lugar en el mundo: “Hoy creo que un buen show es aquel del que la gente se va feliz”.
Guiado por la intuición más que por el razonamiento, Nito Mestre ha sabido tomar decisiones que marcaron su destino. En esta conversación íntima con El Planeta Urbano, demuestra cómo esa capacidad le permitió construir una mirada vital que trasciende los límites. Desde temprano supo superar contornos: en su juventud se convirtió en la otra mitad de Sui Generis, y formar parte de un dúo que hizo historia en el rock argentino no es para cualquiera. Música de fondo para cualquier fiesta animada de la primera mitad de los setenta, su unión con Charly García fue la pista de despegue de una carrera solista que, desde esa base sólida, se nutrió tanto de la inspirada obra del dúo como de su propio repertorio, siempre sostenido por su condición de intérprete y esa voz eternamente cercana.
En la entrevista, a semanas del concierto en el que evocará los shows de despedida de Sui Generis –ocurridos hace medio siglo– y repasará sus éxitos en solitario, el músico aborda temas diversos que convergen en un eje común: el encuentro. Desde el descubrimiento de una vocación y el vínculo inolvidable con Paul McCartney hasta las veces en que sintió de cerca la muerte.
–¿Dedicarte a la música fue tu primera opción?
–No, pero nací cantando. De chico armé mi primera banda, aunque recién decidí vivir de la música cuando dejé Medicina.
–¿Cuánto tiempo estudiaste en la universidad?
–Llegué a cuarto año, no fue poco. La medicina me sigue gustando. Mi padre era médico y violinista.
–¿Cómo te decidiste por la música?
–A medida que avanzaba en la carrera, también crecía la musical. Quería ser cirujano, pero era complicado. Pensé en ser cardiólogo, aunque no tengo un gran pulso. Podría haber sido clínico, pero me parecía poco activo. Soy inquieto y me imaginaba viajando.

–¿Entonces dejaste la universidad por temor a la frustración?
–No. La música tomó más fuerza después del primer disco de Sui Generis. Estaba por reinscribirme para evitar el servicio militar y entendí que seguía estudiando más por eso que por vocación.
–¿Eso te convenció?
–Reencontrarme con compañeros y sentir que ya no pertenecía a ese ámbito fue decisivo. Solo se hablaba de medicina, y pensé: “No la veo”.
–¿Fue una decisión impulsiva?
–No. Aunque parezca que actúo por impulso, suelo madurar las decisiones. Necesito evaluar los riesgos.
–¿A qué le temías?
–Tenía 22 años. Con la música me iba bien, pero también en la facultad. Si dejaba, debía empezar de cero.
–¿Te sentiste presionado?
–No. Me guié por la intuición. Dudaba de poder ser un buen médico. Mi padre era “el mago del bisturí”, y esa carga pesaba. Temía empeorar la situación de un paciente. Pero buscaba otro tipo de acción, y además me atraía viajar y conocer gente.

–¿En el escenario también las cosas pueden salir mal?
–Sí, pero si el recital es malo, nadie se muere. Me pasó con Sui Generis: una mala crítica me daba vergüenza. Un amigo me enseñó que eso le puede pasar a cualquiera. Hoy creo que un buen show es aquel del que la gente se va feliz.
–¿Lo concebís como una experiencia que supera lo puramente musical?
–Por supuesto. Aunque la base es ensayar, cantar y tocar bien, lo esencial es que a la gente le pase algo ese día.
–¿Cómo nace la emoción en un show?
–Cuando estamos todos iguales y se genera empatía con el público. Sigo las reglas de Paul McCartney: ensayo y pruebo sonido al menos dos horas antes. Es como calentar el músculo antes del encuentro. Así sé que la voz, las luces y el sonido están bien, y el humor también.
–¿La incertidumbre viene después?
–Sí. Cuando el público entra, intuyo lo que puede pasar. El telón bajo, el murmullo, todo me da señales. El público hace la mitad del show.

–¿Cómo rompés el hielo?
–Con algún comentario o broma sobre el lugar. Quiero que se note que todos estamos ahí para pasarla bien. Cuando cuento cosas personales, la gente se afloja.
–¿Esa relación cambió en 50 años?
–Va mejorando. De joven uno busca el aplauso para alimentar el ego. Ensayás para tocar bien, pero lo importante es el público. Eso es madurez. Sin ellos no estaría cumpliendo cincuenta y pico de años de carrera.
–¿Tu intuición fue clave cuando conociste a Charly García?
–Sí, fue automático. No me adjudico haberlo descubierto, pero casi. Conectamos enseguida, sentimos que nos iba a ir bien. Les decía a todos que vinieran a vernos porque algún día no iban a poder entrar. No había plan B.

–¿Esa convicción te permitió seguir estudiando aun cuando ya eras un músico exitoso?
–Sí. De lunes a jueves estudiaba y el resto de la semana estaba con Sui Generis. Elegía la cátedra de la mañana porque los músicos trabajamos de noche. Aprendo rápido, pero la exigencia era cada vez mayor. Estaba saliendo Confesiones de invierno.
–¿Cómo se metió la dictadura con ustedes?
–Nos prohibieron. Ser joven, tener el pelo largo o pensar distinto era sospechoso.
–¿Recibieron amenazas?
–En 1975, en Uruguay, fuimos presos por cantar “Botas locas”. También nos censuraron Instituciones: tuvimos que cambiar letras y sacar temas. El censor nunca tuvo rostro; el productor te decía que el ambiente estaba pesado y había que adaptarse.

–¿Lo hicieron?
–Sí. La clave era que la gente entendiera lo que queríamos decir. “Estoy en busca de algo naranja y verde” podía sonar a elegir un vestido, pero hablaba de la felicidad absoluta.
–¿Evitaban ser explícitos?
–Tal cual. No me gustaban las canciones de protesta sin base poética; eran como panfletos. La verdadera revolución empieza por dentro. La descubrí cuando dejé de tomar alcohol. Algunas canciones, como “La marcha de la bronca”, son fantásticas. Pero con Instituciones preferimos darles la vuelta; otras, como “Botas locas”, las borraron.
–¿Tu gran revolución fue dejar el alcohol?
–Esa fue una. Otra, no entregarme a los condicionamientos.
–¿Qué te llevó a elegir la salud?
–Estar internado y ver la muerte cerca.
–¿Qué sentiste en ese momento?
–“Ya está, me agarró.” Tomé conciencia después, en terapia intensiva. Pude haberme despertado sin noción de nada, pero entendí que debía cambiar para salvarme.

–¿Lo aceptaste?
–Sí, fue como empezar otra vida. Tenía 44 años, y hay chicos de 25 que se mueren.
–¿En ese momento también te enfocaste?
–Totalmente. La medicina me ayudó mucho: sabía los riesgos. Cuando me internaron había perdido el conocimiento y pesaba poco más de 50 kilos. Imaginaba que el demonio del alcohol me metía en problemas.
–¿Te acordás del momento en que te despertaste?
–Sí. Me despertó Mercedes Sosa con una caricia. Después un compañero me dio un folleto sobre grupos de ayuda, lo leí y supe que estaba en el horno.
–¿Cuándo volviste a cantar?
–Me internaron el 27 de mayo, y en julio ya tocaba. Fue duro, pero quería saber qué me pasaba con la gente.
–¿Te apuraste a volver por necesidad económica?
–No, quería demostrar que podía estar en ese ambiente sin caer. También quería que mi vieja me viera sobrio. Y lo hizo, durante diez años.
–¿Sos una persona agradecida?
–Totalmente. El 6 de diciembre tocaremos en el Auditorio de Belgrano para despedir el año y celebrar la vida. Me hace feliz seguir tocando a los 73 años.
–¿A quién le agradecerías?
–A mis viejos, y a mi maestro Julio Ricardo, el comentarista de fútbol. Fue mi maestro en la escuela y quien me llevó a ver la película de los Beatles. Por él armé mi primera banda. Ver esa película me hizo crecer el flequillo (se ríe). Voy a dejar la carrera cuando se retire Paul McCartney.

–Pudiste conocerlo.
–Sí, en el 93 fui su telonero. Es encantador. No me defraudó.
–¿Pudieron entablar un diálogo?
–Sí, tres momentos. El primero, al terminar mi show, me preguntó cómo me había ido. A los cinco minutos era como hablar con un compañero. El segundo, cuando vio mi show y me levantó los pulgares. El último día me pidió que corrigiera en castellano un texto que quería decir al público.
–¿Ese encuentro cerró un círculo?
–Sí. Cuando murió mi viejo decidí estudiar Medicina. Soñaba con que sus amigos me ayudaran a estudiar en Londres y conocer a los Beatles. Evidentemente, había una conexión.
–¿Qué le falta a tu carrera para ser perfecta?
–Nada. Solo quiero seguir tocando y divertirme.
Fotos: Gabriel Rocca

