Sereinne, influencer y diseñadora de moda: "Mi zona de confort es el cambio constante"

Reflexiones de una joven voz que, desde una estética rosa y maximalista, propone mirar la moda como un lenguaje cultural que rompe clichés y refleja los cambios de época.

Rocío Vázquez, mejor conocida como Sereinne, habla de moda a través de una narrativa sensible y propia que busca desarmar clichés. Egresada de Diseño de Indumentaria en la UBA y ganadora del reality "Desafío superlike", declara que siempre fue “histriónica y medio personaje”.

Con una identidad visual única marcada por el rosa, el maximalismo y lo kitsch, la influencer recorre diversas temáticas, como estereotipos, consumo responsable y tendencias culturales, con un enfoque fresco, reflexivo y provocador. Para ella, la moda es una herramienta de expresión personal y también de análisis sociológico que permite comprender la época que vivimos.

En esta entrevista con El Planeta Urbano, Sereine reflexiona sobre su rol como comunicadora, los cambios que atraviesa la moda y la importancia de hacer contenido con peso intelectual.

Foto: Agus Ania.

–Sereinne es el nombre con el que te conocen tus 279 mil seguidores, ¿cuál es la historia detrás de ese usuario ?

–Cuando estaba entrando en la Facultad de Diseño, sentía que mi nombre era muy formal y común para un nombre español; y quería usarlo en Instagram, pero como usuario me aburría y no me gustaba cómo quedaba. Si bien amo mi nombre y me parece re canchero, sentía que necesitaba una máscara para el afuera, pero no una máscara que me tapara, sino una que me realzara y que me diferenciara. Decidí poner “sereine”, que significa “sereno” en francés, un sinónimo extranjero que se adaptaba al concepto de “rocío”, el agua que cae.

–Hablás de ponerse una máscara que te destaque. ¿Por qué sentís que eso es necesario?

–Creo que es algo generacional. Yo, como buena niña del 98, me crie a base de "Hannah Montana" (se ríe), y desde muy chica que tengo la fantasía del alter ego. Siempre estuvo vigente en mi cabeza.

Foto: Nina Brasca.

–Sos conocida como la chica rosa que habla de moda. ¿Por qué tomás este color como parte de tu identidad?

–El rosa tiene algo muy personal. Cuando era chica, mi mamá me vestía totalmente de rosa, como un personaje de cómic. En la adolescencia me dejó de gustar y fui contra el mandato de esa época; me hice medio rockera, vistiéndome como Madonna en los 80. Al terminar la secundaria, volví a identificarme con el rosa, reivindicando lo que había consumido en mi infancia, donde el rosa era de niñita y de chica mala, personajes como Sharpay Evans o Regina George.

Ahí empecé a estudiar el color y me lo apropié como factor sorpresa para decir: “Me re gusta el rosa, los brillos, usar falda y tener la voz recontraaguda”. Así, la gente que me conoce quizás piensa que se cruza con algo totalmente diferente a lo que esperaba, porque ningún color te hace merecer más o menos respeto; por eso agarro el rosa como bandera.

–¿Cuál es el fin de tu contenido?

–Por un lado, busco democratizar la moda en un lenguaje semiacadémico y simple, para que una industria tan de nicho y que parece inaccesible llegue a un público mucho más general. Me sigue muchísima gente que no tiene nada que ver con moda, pero que simplemente se interesa en esa información: lo que en algún momento hicieron las revistas, que lo siguen haciendo hasta el día de hoy, pero gratuito, online y para que cualquiera lo pueda ver, con subtítulos y visuales.

Después, mi objetivo principal es sacar el sesgo que hay sobre la moda como algo superficial, efímero o banal. Estamos hablando de este tema en un momento histórico en el cual en la Argentina se cerró el Museo del Traje, donde claramente hay una cuestión misógina de decir: “¡Ay, la moda!”. Sin embargo, hay que entender que la moda es una industria y un sistema supercomplejo que traduce lo que pasa socialmente a nivel global y merece la misma importancia que el arte, la ciencia o cualquier otro campo.

Foto: Agus Ania.

–La moda está vinculada con la innovación y la reinvención. ¿Cómo ves su evolución desde sus inicios hasta la actualidad?

–La moda es hija de la sociedad moderna. Cuando desaparecen las monarquías y empieza a ascender una burguesía por cuestiones comerciales y económicas, la moda se convierte en una de las expresiones de esa democratización y de ese acceso de nuevas personas a lugares de poder mediante símbolos que denotan estatus.

Ahora, en la sociedad posmoderna en la que vivimos, el símbolo de estatus no es el único motor de cambio en la moda. Hay nuevas costumbres y todos formamos parte de ellas; de alguna forma, debemos rendirle cuentas continuamente. Hay gente que siente la obligación de hacerlo, aparentando quiet luxury o dinero, y hay quien le rinde culto a la moda desde un lugar más lúdico, tomándola como un ritual personal. Hoy hay demasiadas opciones: lo bizarro convive con lo ultraserio, y todas las corrientes contrarias empujan, tiran y coexisten.

–También hubo un crecimiento muy importante en la relación entre moda e IA. ¿Qué pensás acerca de eso?

Hay un factor que ni la tecnología ni la inteligencia artificial podrán reemplazar: la labor humana de la confección. Sin embargo, pienso que, por ejemplo, ya estamos luchando con los talles de una forma real, aunque el término “cuerpos reales” suene raro y esté un poco desvalorizado. Es muy difícil encontrar campañas que representen realmente una diversidad de corporalidades. Y ahora, que las modelos ni siquiera son reales, ¿qué tan difícil se hace que la inteligencia artificial entienda un cuerpo tal como es, cómo cae la tela o qué estructura tiene?

Siento que cuando las marcas más grandes, que tienen todos los recursos para hacer algo bien, se enganchan en estas cuestiones básicas, no están creando un universo surrealista con un montón de elementos complejos que requieren posproducción, sino que podrían aprovechar la inteligencia artificial para algo real. No es eso lo que se ve; cuando se hace, me parece hipócrita.

–¿Cómo te proyectás a futuro frente a estos cambios?

Mi zona de confort es el cambio constante. Me aburriría mucho hacer siempre lo mismo, y por eso también soy independiente. Me emociona saber que voy a tener que seguir cambiando para siempre. A veces puede ser cansador, pero siempre es para mejor.

Sin embargo, jamás usaría la inteligencia artificial para guionar. Escribo desde chica, y lo hago en forma de guion para todos mis contenidos, no como diario ni literatura. Es un proceso casi sanador y no podría derivarlo a nadie ni a nada. Tal vez lo usaría solo para algunas informaciones muy específicas. Paralelamente, hay proyectos que tengo en mente hace mucho tiempo y que por ahora no puedo materializar, pero que ya voy a poder. En ellos hay un gran factor analógico y tangible.

Soy muy nostálgica de pasados que no viví; me gusta mucho el pasado de forma poética, sin romantizarlo, porque no creo que siempre haya sido mejor que el presente. Pero me gusta observar cosas de época, el papel, tocar objetos, usar los sentidos para consumir experiencias. Siento que, aunque mi contenido esté muy ligado a lo audiovisual y digital, siempre necesitaré hacer algo físico, aunque sea para amplificarlo después o de la forma que sea.

Foto de portada: Agus Ania

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