Mariano Torre: "Los actores tenemos la suerte de poder sublimar lo peor de nosotros sobre un escenario"

Actor, músico y buscador, elige proyectos al filo del riesgo, cuestiona lo que se da por hecho y se anima a mostrar su lado más oscuro. “Soy una cabeza caminando”, asegura un artista que cree en el amor como una vibración alta, desconfía del conformismo y habla sin rodeos sobre la paternidad, el miedo y la muerte.

“Trabajar como se vive, vivir como se trabaja.” Esta sentencia, que a primera vista parece un mero juego de palabras, encierra la filosofía vital que articula el universo de Mariano Torre. Actor y músico de profunda sensibilidad, ha construido una carrera sólida y comprometida como arquitecto de su propia vida. Para él, no existe frontera entre la vida profesional y la personal. Sus decisiones se basan más en una postura ética que en la búsqueda del éxito. En este contexto, no sorprende encontrarlo inmerso en proyectos aparentemente contrastantes como Esperando la carroza o Gatillero. Su participación en la nueva puesta de la obra que dio origen a la emblemática película de Alejandro Doria lo situó en un espacio donde el humor ácido y corrosivo desnuda, a través de una risa amarga, las dinámicas familiares disfuncionales y los egoísmos que, sotto voce, corroen las relaciones humanas.

Por otro lado, su incursión en Gatillero, la audaz propuesta cinematográfica de Cristian Tapia Marchiori, presentada en la última edición del Bafici y estrenada comercialmente el mes pasado, lo llevó a un terreno mucho más oscuro y visceral. El filme se adentra sin concesiones en los márgenes de la sociedad, exponiendo una realidad sórdida y a menudo silenciada. La elección de Torre de participar en un proyecto de estas características revela sus convicciones artísticas, que lo impulsan a confrontar temas marginales pero no por ello menos reales.

Junto con Elena Roger construyó una familia sostenida por el amor; una “vibración electromagnética”, según sus propias palabras, que le da sentido a su mundo.

–¿Por qué aceptaste la propuesta de participar en "Gatillero"?

–Por razones que superan lo artístico. A Cristian lo conocí durante una entrega de premios.

–¿Fue un encuentro casual?

–No exactamente. Él se destacó por su actitud. Mientras que la mayoría de los presentes estaba vestida de gala posando, él se mantuvo fiel a su estilo informal. Ver eso me conmovió, porque vi a una persona auténtica.

–¿Valorás a quién va contra la corriente?

–Sí, aunque esa actitud también podría haber sido una pose.

–¿Cómo comprobaste que no lo era?

–La charla que tuvimos me dejó pensando. Él se estaba preparando para filmar la película en una época preelectoral. Para todos los productores que estaban ahí esa noche, era una completa locura. Y él los miraba con una sonrisa mientras me decía que iba a filmar entre las PASO y las elecciones generales. En el peor momento. ¿Cómo no iba a querer trabajar con él? Cuando me hizo la propuesta, la acepté sin ni siquiera haber leído el guion.

–¿Que la película tratara realidades marginales fue un estímulo extra?

–Fue una bendición del cielo que podía llegar a ser un fracaso. Me divierte caminar por la cornisa sabiendo que no hay red de protección. Son esos proyectos que nunca llegan. Lo digo sin desmerecer los demás trabajos que hice.

–¿Preferís salir de la zona de comodidad?

Saber que un proyecto interesante puede desplomarse en dos minutos me genera mucha emoción.

–¿Filmar Isla Maciel es un riesgo en sí mismo?

–Es un miedo que maravillosamente colabora con lo que tenés que contar en la película. Es curioso: vivo enfrente de la isla, pero no la conocía. Estoy del otro lado del Riachuelo, casi que puedo verla desde mi casa. No sabía qué era. Conocí un barrio que es hermoso, pero picante. Igual, la gente del lugar nos cuidó.

–¿Viviste una experiencia que supera el marco profesional?

–Suelo ver todo como un aprendizaje. Creo que cada experiencia puede enseñar algo o reafirmar algo que ya sabés. Para hacer el papel que me tocó, no recurrí a una composición abstracta: busqué el demonio que tengo adentro. Mi parte más chota está puesta en ese personaje. De esas circunstancias siempre se aprende, porque en esta sociedad no tenemos la posibilidad de que nos aplaudan por sacar a relucir nuestra propia mierda.

–Ni en el psicoanálisis.

–Ni siquiera. Los actores tenemos la suerte de poder sublimar lo peor de nosotros sobre un escenario o frente a una cámara.

–En tu cuenta de Instagram te presentás como “aterrizador de nuevos paradigmas”. ¿Qué querés decir?

–Es mi manera de explicar cómo me relaciono con este mundo ficticio que creemos que es real. Permanentemente pongo a prueba mis propias creencias sobre el amor, la pareja, las relaciones en general y sobre las cosas que hacemos por repetición pero ya no nos representan.

–¿El conformismo gana la batalla?

–Hay mucho miedo a los cambios. La oscuridad asusta. A mí me divierte intentar iluminar las circunstancias que se me presentan para poder pensar si son fruto de mi elección o de un patrón heredado.

–¿Cómo evitás condicionar a tus hijos?

–Es imposible no hacerlo. Ser papá es decirles lo que tienen que hacer. No es necesario dar órdenes; les cuento el mundo como yo lo veo. También los acompaño, pero no les miento. Si me preguntan sobre la muerte, respondo lo que pienso.

–¿De lo contrario sentís que les mentirías?

–Según de qué estemos hablando. Por ejemplo, Papá Noel nunca existió para ellos. Desde siempre saben que es producto de una coctelera que mezcló una imagen de Coca-Cola, un árbol noruego y una tradición pagana. ¿Son mejores personas por haber crecido con esa idea? No lo sé. A mí me criaron con esa fantasía; quizás no hubiera estado mal que yo también se las habilitara. En fin… les toqué yo como papá.

–¿Aceptás las opiniones de los otros?

–Groucho Marx decía –más en chiste que en serio– que era un hombre de principios, pero que si al otro no le gustaban, los podía cambiar. Yo tengo mis ideas, pero siempre estoy abierto a discutirlas e incluso a modificarlas. Nunca me aferro a mis convicciones y puedo adherirme al pensamiento de otro si veo que es inteligente.

–Quizás por esa razón seas actor.

–Sí. Elegí esta profesión porque no me conforma vivir una sola vida; me aburre ser un solo Mariano. Como actor puedo ser quien se me cante el culo, opinar, contradecirme y enmendar los errores. Siento que vine a este mundo a comunicar; a veces con la música, otras con el teatro y el cine.

–¿Tu casa también te representa en ese sentido?

–Totalmente. La hice con mis manos, como si fuese una obra de arte para mí. En mi casa todo es redondo; no existen ángulos rectos. Es el espacio que me representa, la piel física total que me recubre.

–¿El actor solo encarna la voz de su personaje?

–Sobre todo en este momento, los actores tenemos que expresar nuevas maneras de pensar, nuevos paradigmas, nuevas realidades. Nuestro trabajo es crear realidades que no existen para que el público las crea. Es juego, pero en algún lugar está generando una verdad.

–¿Sos una persona optimista? ¿Mañana va a ser mejor que hoy?

–No, hoy es perfecto.

–Suena a pensamiento budista.

–No tengo idea de religión. Estoy en el momento exacto, en el lugar indicado. A la realidad la creamos nosotros mismos. Si no te gusta, movete para cambiarla.

–¿Crear o creer?

–Creer para crear.

–¿Pensás en el futuro?

–Trato de no hacerlo. Prefiero concentrarme en lo que necesito, en qué pasos dar para cambiar lo que ya no quiero en mi vida y poner la energía para llegar adonde quiero ir. Siempre con acciones concretas, servicio y amor.

–¿Qué es el amor?

–Es una vibración electromagnética de las más altas; es una de las que mejor nos hace sentir. El miedo es la más baja.

–¿La adrenalina?

–Un motor que me gusta mucho.

–¿El aplauso te moviliza?

–Sí. Sería hipócrita si lo negara. Pero me refiero al aplauso final, sobre el escenario. No necesito que nadie me aplauda afuera del teatro.

–¿Qué te pasa si una noche no recibís esa muestra de aprobación?

–Me pregunto por qué. Y empiezo de nuevo. ¿Qué hice? ¿Por qué? Soy una cabeza caminando.

Fotos: Carlos Furman

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