Moda queer: toda prenda es política
Con brillo e historia, esta expresión desafía los límites del género y se consolida como una poderosa herramienta de resistencia, identidad y acción social. En esta nota, un recorrido por su evolución y su presente.
En un mundo donde vestirse es una forma de habitar el cuerpo y el espacio público, la moda queer irrumpió hace varios años como un acto de libertad, disidencia y juego. Así, se convirtió en más que una tendencia: hoy es un lenguaje. No busca agradar ni adaptarse, sino mostrar lo que la norma intenta ocultar. Y si ahora pisa fuerte en pasarelas, redes y alfombras rojas es porque antes hubo cuerpos que la defendieron con plumas, cuero y maquillaje como trincheras propias. Porque las prendas son para los cuerpos, y todos los cuerpos merecen lucirse y ser representados.

CUESTIONARSE TODO
Allá por 1949, la legendaria filósofa francesa, escritora y activista Simone de Beauvoir planteó en su pionero libro "El segundo sexo" que “No se nace mujer, sino que se llega a serlo”, estableciendo que el género no es una esencia, sino un acto que se repite. Desde esa mirada, la ropa no solo cubre el cuerpo: lo construye, lo enuncia y lo interpela. Cada elección estética, desde un traje sastrero, una minifalda con botas militares, un pecho desnudo, puede ser también una forma de decir: “Este soy yo, aunque no quepa en tus estereotipos”.
En la Europa de posguerra, las disidencias sexuales comenzaron a sentirse más libres para formar una subcultura identitaria que, de manera cada vez menos silenciosa, se animara a mostrar distintos códigos de vestimenta para dejar atrás roles de género fuertemente establecidos sobre y debajo de las pasarelas: la ropa masculina debe ser práctica; la femenina, puramente estética.

Entre los 50 y 60 surgió otro concepto que también revolucionó la industria: la androginia, que consiste en la combinación entre características masculinas y femeninas. Acompañando esta identidad sexual se genera lo que hoy conocemos como ser y vestir queer.
En el universo queer, la moda dejó de ser solo una prenda y así se convirtió en lenguaje. Con el correr de los años, las combinaciones de corpiños exuberantes con pantalones sastreros o varones maquillados y con la manicura impecable se plantaron frente a los paparazzi para marcar un antes y un después.

OPORTUNIDAD DE SER
Mucho antes de que existieran términos como genderless o no binarie, la disidencia ya se vestía a su manera. En los años 30, la estrella Marlene Dietrich encendía escándalos con esmoquin y sombrero masculino, adelantándose décadas a los debates de hoy. En los 70, David Bowie revolucionó la música y borró las fronteras entre lo masculino y lo femenino desde el glam rock de su alter ego Ziggy Stardust hasta llegar al sofisticado Duque Blanco. La reinvención de su imagen constante fue una de las mayores influencias de la moda y el arte contemporáneo.
Otro de los músicos que inspiró a la tendencia queer fue Elton John, animándose a una amplia gama de estilos, desde los looks sobrios y bohemios de sus raíces más bien hippies hasta diseños mucho más atrevidos y extravagantes. Estos íconos marcaron historia y abrieron caminos para que generaciones futuras se vistieran sin escuchar el qué dirán, haciendo de los espectáculos una verdadera performance a su gusto.

LOS PIONEROS
Desde las pasarelas, muchos diseñadores decidieron mostrar toda esa efervescencia cultural que sucedía en la juventud y se animaron a desafiar las reglas. Jean-Paul Gaultier, con sus corsés para hombres y sus modelos no convencionales, abrió grietas en la alta costura. Los 90 y la gira mundial Blond Ambition de la reina del pop, Madonna, marcaron uno de sus momentos más desobedientes con la industria. El recordado corsé cónico y los trajes sastreros que fascinaron a la cantante fueron portadas de los medios más importantes, provocando reacciones de todo tipo.
Otros destacados diseñadores fueron Christian Dior y Pierre Balmain, quienes pusieron su propia identidad sexual como inspiración en sus prendas y generaron piezas consideradas transgresoras o incluso escandalosas al ser lucidas por el género opuesto.

Entrado el siglo XXI, marcas tradicionales como Gucci o Balenciaga adoptaron parte de estos códigos. Pero entonces apareció el debate: ¿representación y compromiso real o estrategia de mercado?
Sin embargo, existen otras firmas jóvenes que sí responden a las demandas de aquellos cuerpos que no encuentran ofertas en las vidrieras reconocidas. Este es el caso de Lancaster Studio, que hace apenas un año comenzó a cobrar forma como respuesta a una demanda que no encontraba oferta: la sastrería queer. En diálogo con Vogue España, su sastre Ari Rovira aseguró que la verdadera necesidad actual es hacer algo político y tomar una actitud activista si se quiere lograr un cambio en la industria de la moda.

El sistema de talles (y en consecuencia, la ley que obliga a hacerlo cumplir) es una deuda pendiente en la Argentina pero también en el mundo entero. Por eso, la idea de la moda queer es ofrecer medidas más allá de los géneros, ya que la posición de dos cuerpos puede variar y afectar la comodidad en el uso de la prenda. Los diseñadores lo saben: no hay ropa de hombre o de mujer, hay cuerpos y formas que merecen lucir bellos sin exclusividad.
PONER EN ESCENA
Hoy en día, muchos artistas desafían los límites del vestuario desde la visibilidad masiva. La siempre disruptiva Lady Gaga es una de ellas, quien desde sus primeros años de fama hizo de la extravagancia una bandera y de la androginia un tema de conversación: trajes combinados con tocados y maquillaje teatral exuberante se encargaron de borrar cualquier trazo imaginario en cuestiones de género. Por su parte, Bad Bunny irrumpió en la escena urbana también a su manera: uñas pintadas, faldas plisadas, vestidos y una actitud que desafía los mandatos de masculinidad hegemónica en un género históricamente machista.

¿TENDENCIA O APROPIACIÓN?
La moda queer entró al mainstream. Pero, ¿a qué costo? Muchas marcas se suben al arcoíris y la diversidad durante junio, sin cambiar sus estructuras ni apoyar a las comunidades LGBTIQ+ el resto del año. Ese fenómeno, conocido como pinkwashing, convierte una estética política en un producto de temporada.
El riesgo es claro: que la rebeldía se vuelva tendencia, y lo disidente se neutralice en un perchero. Lo que nació como provocación puede diluirse en marketing. Sin embargo, la expansión de estos lenguajes también es conquista, y en épocas de resistencia cada espacio debe ocuparse.

