Ricardo Darín: un recorrido por la carrera de una de las figuras más emblemáticas del cine nacional
Luego de protagonizar El Eternauta, la serie de habla no inglesa más vista del mundo, el actor vuelve a ser la cara de una historia que, como tantas otras que interpretó, interpela lo que somos.
Antes de dar los últimos pasos que lo llevarán al nuevo mundo, Juan Salvo se frena y dirige una última mirada hacia sus espaldas. Allí, sus amigos, Alfredo Favalli y Lucas Herbert, lo miran con admiración y aprietan los puños dándole fuerzas. Ahora sí, con un andar firme, una personalidad de líder y sin temor a lo que vendrá, deja sus ojos celestes frente a la realidad, no importa cual fuere.
Y allí va Ricardo Darín, enfrentando una apocalíptica tormenta de nieve tóxica, así como antes afrontó un juicio histórico a los líderes de la dictadura militar argentina o planeó la venganza ante la burocracia inoperante del sistema de infracciones de tránsito. Juan Salvo, Julio César Strassera, Bombita; Darín interpretó a tantos personajes icónicos del cine argentino porque no hay otro actor que represente mejor al argentino que él: poseedor de un magnetismo único, querido pero sin buscar agradar a todos, sutilmente irónico, y ante todo, frontal y sincero. En el país que eligió seguir habitando, aun pudiendo hacer carrera en cualquier otra parte del mundo, no duda en declarar: “Nos merecemos vivir en un país donde las cosas nos hagan sentir orgullosos y felices”.
Sin duda, El Eternauta será otro antes y después en su carrera, de esos papeles que escribirán un nuevo capítulo en su ya extensa y consagrada trayectoria. No solo por el peso simbólico de Juan Salvo, ese hombre que se siente común pero es un verdadero héroe silencioso, sino también por lo que representó adaptar esta obra clave en un contexto tan sensible como el actual: una vez más, Darín pone el cuerpo para recordarnos que nadie se salva solo.

“Esta es una historia que habla de muchas cosas al mismo tiempo, pero creo que fundamentalmente habla no solo de la solidaridad, sino de la falta de solidaridad, de la tolerancia, de la paciencia, del instinto de supervivencia. La historia elige distinguir, creo yo, algo que va un poco a contramano de lo que ocurre lamentable y tristemente en los últimos tiempos, o que a lo mejor es inherente a la especie humana, que es el individualismo. Esta errónea idea de que uno se puede salvar solo olvidando a los demás”, explica.
A lo largo de su carrera, se volvió muchas veces la cara y la voz de un país que duda, que busca, que se enoja, que no se rinde. Una de sus mayores habilidades fue traducir la argentinidad a emociones reconocibles, a frases que duelen y gestos que salvan. “Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: Nunca más”, dijo en la piel del fiscal Julio César Strassera cuando protagonizó Argentina, 1985.
Relatos salvajes, El secreto de sus ojos, Luna de Avellaneda o Nueve reinas tampoco fueron la excepción. Marcos, su personaje en la película dirigida por Fabián Bielinsky en los 2000, era un tipo tan encantador como desconfiado, un estafador de manual que reflejaba (y hasta anticipaba) la crisis económica que atravesaba el país. La escena en la que se encontraba con un grupo de ahorristas enfurecidos golpeando la puerta del banco luego de que la empresa decidiera retirarse sin devolver los depósitos fue apenas un adelanto de lo sucedería unos meses después.

Benjamín Espósito, en El secreto de sus ojos, también fue parte de esa galería de personajes que se parecen demasiado a nosotros. Un hombre que arrastraba silencios, con una melancolía que sobrevolaba el recuerdo de un amor no dicho y un crimen impune. Esta historia, que ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera, caló hondo no solo por su trama, sino también por cómo Darín logró representar esa sensación de espina clavada en el tiempo. Y si de tiempo y nostalgia hablamos, hay que rescatar esa identidad que defendía Román Maldonado junto a sus amigos, para que el club del barrio no se convirtiera en un casino solo porque ya no rendía económicamente.
En Luna de Avellaneda, Darín hablaba de lo que fuimos y de lo que aún queremos ser. En esa pileta vacía, en las paredes descascaradas del club, en las reuniones de socios que buscaban sostener lo que quedaba, encarnó a un hombre común enfrentando el derrumbe de los vínculos, de los ideales, de la comunidad. Pero también, aferrado a la memoria, al esfuerzo compartido, a ese deseo de que lo colectivo no desaparezca del todo. Román no gritaba ni se imponía: resistía. Y en esa resistencia había algo profundamente argentino.
Lo mismo sucedió con Fermín Perlassi en La odisea de los giles, ese ex futbolista retirado que lideraba a un grupo de vecinos estafados durante el corralito. Una vez más, Darín fue la cara de una revancha colectiva que no buscaba venganza sino justicia, una épica del esfuerzo y la solidaridad. Porque su personaje demostraba que, cuando el Estado abandona, el ingenio popular responde. Siempre hay algo colectivo en sus papeles. Y aun sin saber que iba a interpretar a Juan Salvo seis años después, ya confirmaba que los héroes argentinos no llevan capa.

“Eso hace que esta historia esté apoyada básicamente en la construcción de un nuevo ideal que es el héroe colectivo. Ese es el eslogan de nuestra historia, es decir, el héroe grupal, el que es capaz de ponerse por delante de un grupo de personas para que todos puedan superar esta situación anormal”, asegura el actor luego del estreno de la serie que alcanzó el top 1 en trece países (la Argentina, Brasil, Chile, República Checa, El Salvador, Italia, Panamá, Paraguay, Eslovaquia, España, Turquía, Uruguay y Venezuela) y el top 10 en 87 países.
Más allá de toda la idiosincrasia argentina que interpreta con orgullo, Darín nunca se desentiende de la realidad que lo rodea, y eso, probablemente, sea lo que retroalimenta su capacidad para representar cada uno de estos papeles. Lo ha dicho en reiteradas entrevistas y lo demuestra con sus actos: le preocupa la desigualdad, la violencia, la impunidad. No calló a la hora de hablar sobre los recortes en el Incaa. No pretende dar lecciones de moral ni ser el único que alce la voz frente a lo que percibe que sucede. Opina cuando siente que debe hacerlo, y si hay algo que lo deja con la frente en alto es que su compromiso social no es propaganda ni eslogan de ningún partido político.
“¿Cómo ves la Argentina, Ricardito?”, le preguntó Mirtha Legrand hace algunas semanas en su programa, La noche de Mirtha. “Fantástico. Lo veo muy bien. Ahora que están sacando los dólares de los colchones. El tema son los colchones, muchos están un poco apolillados. La verdad es que no entiendo nada. Me llama un poco la atención eso de sacar los dólares del colchón. ¿A quién? ¿De quién están hablando? No sé, una docena de empanadas vale cuarenta y ocho mil pesos. ¡Cuarenta y ocho mil pesos! Hay algo que no me termina de cerrar. Hay mucha gente que la está pasando muy mal.”

Esta declaración, que combinó su típica ironía con una cruda observación de la realidad, lo convirtió en el blanco de críticas y hostigamiento por parte de muchos sectores de la sociedad. Incluso, del presidente Javier Milei, quien lo tildó de “operador berreta” e “ignorante”.
Ante eso, lejos de hacerse el desentendido, salió una vez más a transmitir que el respeto, el derecho a opinar y el compromiso con la realidad del país son esenciales. “No me molesta la crítica, pero no fogoneemos la desunión de los argentinos”, declaró en diálogo con Juan Pablo Varsky. Casualidad o causalidad, El Eternauta no podía llegar en un momento más significativo. Porque si hay algo que representa esta historia, es la necesidad de resistir juntos frente a lo desconocido.
–¿Cómo describirías al Eternauta con una sola palabra?
–Un idealista. Un valiente. Muy valiente. Un ejemplo.
Fotos: Sebastián Arpesella | Netflix

