Luis Rubio, sin disfraz: "Siempre quise ser un actor dramático"
Aunque no es su primer papel de éste estilo en el cine, el conmovedor rol que asume en Lo que quisimos ser demuestra que el creador del entrañable Eber Ludueña tiene muchos más recursos que los exhibidos en el humor y la comedia. Con una mirada lúcida sobre el oficio y los alcances de la ficción, comprende la diferencia entre el éxito momentáneo y la notoriedad duradera, y sabe que, aunque los encasillamientos son inevitables, el verdadero poder del actor radica en combatirlos con sus mejores armas.
Quizás haya pocas cosas más conmovedoras en el mundo del espectáculo que ver a un comediante ponerse el traje de actor serio. Tal vez se deba a que no se disfraza de drama, sino que logra “convertirse”, como si el arte dramático ofreciera múltiples personalidades. Luis Rubio encarna a Beto en Lo que quisimos ser, la última película de Alejandro Agresti, que protagoniza junto a Eleonora Wexler, y, aunque para muchos pudiera ser su debut en el drama, lo cierto es que se trata de su primer protagónico, pero no de su primera experiencia.
Incluso, podría decirse más, si se entiende que en el humor siempre hay algo de drama. “Nadie se ríe de la felicidad; lo gracioso se encuentra en los intersticios del dolor”, resume Rubio. Como sea, con treinta años de carrera recorridos, hoy se destaca en la pantalla grande con un rol cargado de ingenuidad y ternura. Una actitud más que respetable para abordar las frustraciones y el tiempo perdido.
—¿Cómo recibiste la propuesta de hacer este papel dramático?
—Me sorprendió porque me llamó Alejandro Agresti en persona. Yo lo conocía solamente como espectador de alguna de sus películas.
—¿Qué te dijo?
—Que me tenía en su cabeza mientras escribía el personaje de Beto porque se trata de un tipo que inventa una historia irreal y tiene que apelar a su imaginación para recrearla. Él tenía en mente mis personajes.

—¿Es un tipo de humor que te caracteriza?
—Sí, pero a priori me sorprendió por el registro actoral que buscaba. Además, se trata de un protagónico, y yo siempre había hecho roles secundarios.
—¿Te entusiasman los desafíos?
—Sí, aunque siempre hay un momento de duda. Primero me amparé en que estaba en una época de mucho trabajo. Pero, cuando cambiaron la fecha de rodaje, me quedé sin argumentos (se ríe).
—¿Tu papel revela una parte de vos desconocida?
—Aunque ya me habían tocado algunas participaciones más dramáticas, quizás para el público sí sea una sorpresa verme en una clave actoral diferente.
—¿Hubo lugar para la improvisación?
—No, todo está guionado. En el cine, generalmente, se improvisa muy poco. A veces, en los ensayos, se podía acomodar alguna cuestión, pero, por lo general, las ideas estaban bien planteadas desde un principio. Así las escribió Alejandro, y así las estudiamos con Eleonora.

—Mucha exigencia teniendo en cuenta que están permanentemente en escena…
—Sí, porque es una película con pocos actores, bastante texto y mucho primer plano.
—¿Encontraste recursos propios para ponerte en la piel de Beto?
—Hubo un mix. La inventiva que tiene el personaje me resulta familiar. Mi papá era muy creativo, y mi mamá, más sensible. Igualmente, la veta emocional no la exploté tanto porque, como decía Roberto Gómez Bolaños, la comedia apunta a la inteligencia, y el drama, al corazón.
—En "Lo que quisimos ser" hay una combinación maestra, ¿coincidís?
—Sí, la trama lo pide. Algo que me encanta de la película es que se habla todo el tiempo de cosas que no están sucediendo. La realidad está puesta en cómo se miran y en lo que no dicen.
—Hay dos tópicos muy argentinos en la trama: la charla de café y el “hablemos sin saber”.
—Sí, hay un conocimiento vulgar que en Beto se justifica porque su interés es seducir a Irene. También se habla de un mundo en retirada: el cine de culto, la discusión después de una película, los bares y la noche. Son todos elementos que forman parte del mundo de Agresti.
—Difícilmente se pueda adaptar la historia al cine de Hollywood.
—Es bastante idiosincrática la “sanata” de mi personaje. Es profunda y bien intencionada, y solo persigue el interés de que la relación con Irene continúe. La realidad no tiene que filtrarse.
—Se genera una relación con toques de ingenuidad entre los protagonistas. ¿El público la acepta?
—El espectador quiere entrar en el juego porque le gusta y porque quiere que esa pareja se consolide.

—¿Es un papel bisagra en tu carrera?
—Quizás genere algún rebote. Pero, sinceramente, es un proyecto que hice con compromiso, de forma relajada y abrazándolo con seriedad. Tuve ganas de aprender al lado de un director experimentado y de una actriz con trayectoria. Tengo muy poco recorrido en la ficción, pero no es que decidí participar para mostrar que podía hacer algo distinto. En todo caso, subí un poquito la vara para alcanzar un nivel que me era desconocido.
—¿Te sentirías representado si fuera tu última película?
—No me molestaría que lo fuera, estaría contento. Me siento muy orgulloso de lo que hice. La terapia y la edad me enseñaron a no caer en la trampa de pensar que hacer algo que funcione anticipará la llegada de nuevas propuestas. Si no, te generás una falta en ese mismo momento y creaste un problema donde no lo hay.
—Si ese fuera el caso, ¿cómo definirías tu carrera?
—Diría que fue sorprendente. Sería un gran cierre, porque resignificaría todo lo que vine haciendo. Cuando empecé a estudiar con Norman Brisky, podía elegir entre un seminario de interpretación y comicidad; siempre elegí el de interpretación, con lo cual podría decirse que siempre quise ser un actor dramático.
—También despejás el prejuicio que hay con los comediantes.
—Genera sorpresa que un actor dramático funcione bien haciendo comedia y viceversa. Por lo general, se cree que es más fácil hacer reír que emocionar. No tienen ni idea; las dos cosas son difíciles. Me gusta un poco demostrar eso: siento que lo hago en favor del gremio de los comediantes.

—¿Necesitaste mantenerte en una zona de comodidad?
—Soy un profesional y sigo la demanda. Cuando estás en los medios y algo se instala, sentís la obligación de no alejarte demasiado. Fueron muchos años de siembra. Mis hijos estudiaron, en parte, a partir de mi desarrollo profesional. Vinimos desde otra ciudad sin nada. Por eso nunca discriminé el humor; estoy muy lejos de eso. Se habla del encasillamiento como algo malo. Yo creo que, simplemente, el cerebro del espectador necesita rotular. A mí me gusta romper con eso; es como la reposera que te queda del verano y no sabés dónde guardarla.
—¿Es una revancha?
—No. Es hacer algo que no se espera, hacerlo bien, sin falsa modestia. A diferencia del actor dramático, el cómico chequea su laburo cada treinta segundos. Si un comediante está haciendo su monólogo y no funciona, la sala se pone tensa. Un tipo que quiere hacer reír y no lo logra es patético. Es un trapecista que está en la cuerda floja.
—El fracaso y el paso del tiempo son una constante en tus composiciones.
—Sí, particularmente el tiempo aparece en todas las cosas que escribo. De hecho, Eber Ludueña vive en otra época y se quedó congelado. Creo que eso lo ayudó a no pasar de moda. Es un personaje que nació en otro momento. Habría envejecido por definición.
—¿Qué es el éxito?
—Es un concepto un tanto relativo. Obviamente, es necesario el apoyo de la gente, pero el primer paso es que a mí me guste lo que hago. Lo otro es secundario. Prefiero hacer algo que me gusta, aunque no tenga una gran repercusión. Lo contrario es un perno porque vas a putear cada día que te pegues el bigote. Veo cosas que hice hace veinte o treinta años, y envejecieron bastante bien. No hice nunca un humor muy sexista ni picaresco: preferí el absurdo, el malentendido, las cosas que fallan. Tampoco tengo nada contra el humor vulgar.
—¿En el humor hay culpa?
—Uno se ríe de algo que asombra, una sorpresa intelectual, diría Alejandro Dolina. Es como una cosquilla en algún lugar del cerebro. Nadie planifica reírse. Por eso, creo que hay que hacerlo sin culpa. A lo sumo, habrá que preguntarse por qué uno se ríe ante ciertas situaciones. Rudy, el dibujante, sostiene que el humor no tiene límites; el humorista, sí.

—Se abre el juego a la reflexión.
—Es que con los chistes se pueden naturalizar ciertas situaciones que muchas veces no están buenas porque el humor siempre es contrario a algo o a alguien. A veces, hay pereza intelectual, y no se piensa en estas cosas. Hay una dimensión ética involucrada. Creo que siempre detrás del humor hay sufrimiento. Chaplin tenía hambre y se comía los cordones de los zapatos pensando que eran tallarines. En la miseria y en la guerra, te reís justamente porque en la felicidad no hay humor. Es paradójico. En la trastienda del humor, hay una dosis de padecimiento, algo que sale mal, un defecto. Es así.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

