Brenda Gandini: "Antes era más políticamente correcta"

La actriz que lleva más de dos décadas de trayectoria se anima a desplegar sus dotes de comediante en uno de los éxitos de la calle Corrientes. Dueña de uno de los rostros más angelados de la pantalla, confiesa que cuando tuvo hijos pudo terminar de entender a su propia madre y asegura que su ejemplo la ayudó a liberarse de los mandatos del medio.

“Sos la segunda mejor puteadora de la Argentina”, le dice un espectador apenas sale del teatro tras la función de Escape room. Es probable que Brenda Gandini se haya quedado con la duda de quién sería la primera en la escala del señor, pero lo importante es que no ha dicho otra cosa que una gran verdad; pues en la comedia catalana donde dos parejas participan de una versión muy singular de los juegos de escape que proliferan por las principales ciudades del mundo, interpreta un personaje que a ella le da la posibilidad de explotar sobre el escenario y al público de explotar de risa en la platea.

–"Escape room" es una obra que aborda de algún modo el tema de la tolerancia, ¿en qué cosas vos te reconocés intolerante?

–Hay algo que me pasó con la maternidad y es que me volví más tolerante con los míos, aprendí a desarrollar la paciencia muchísimo, te diría que en un 100%, pero me volví más intolerante en el sentido de no bancarme ciertas situaciones, o tener más en claro qué sí y qué no quiero para mi vida. Por ahí antes era más políticamente correcta y he soportado o aceptado cosas que no estaban bien, vinculadas a lo laboral, a los vínculos. En eso me volví más respetuosa de lo que me sucede. Ya no sostengo vínculos que no suman. Cuando sos más chico por ahí sostenés porque todo es mucho más sociable, en cambio cuando empezás a tener menos tiempo elegís pasarla bien con gente con la que uno la pasa bien.

–Y de chica una tiende a buscar más la aceptación del afuera, ¿no?

–Exactamente. Sí, a mí me pasó siempre en mi laburo. Nuestro laburo es la aceptación del otro, lamentablemente. El actor busca que sea reconocido su trabajo.

–¿Pero en qué momento te diste cuenta de que en la balanza ya no te pesaba tanto?

–No sé, hubo ahí un clic que me parece que tuvo que ver con esto, con empezar a reordenar lo importante. Y la verdad es que es un desgaste de energía muy grande tener que gustarles a todos y que todos hablen bien de una. Una a veces se queda con la crítica en vez de los mensajes buenos, o de las devoluciones de amigos sinceros que te quieren y que te van a decir “acá está bien”, “acá está mal”.

Me di cuenta de que mi desgaste de energía era demasiado en comparación con las cosas buenas que me sucedían y que no estaba disfrutando. ¿No te gusto? No te gusto. A mí tampoco me caen bien otras personas.

–Tu personaje tiene un color de comedia que te permite explorar algo que yo no te había visto hacer antes y tiene un momento de liberación, que es muy simbólico, que tiene que ver con deshacerse de algo que estéticamente cambia su fisonomía pero significa más que eso.

–Sí, yo cuando lo leí agradecí que el personaje tuviera esa liberación porque hay gente que hasta en momentos tan límites y tan extremos ni siquiera libera.

–¿En tu vida tuviste algún momento de liberación como ese?

–Sí, sí, con el tema físico me pasó. De hecho, cuando quise ser modelo querían que adelgazara veinte kilos y, por suerte, haber tenido una madre modelo me sirvió a mí para decir: “Yo no sé si me quiero cagar de hambre y desfilar en una pasarela”. Por eso duré tan poco como modelo.

Me han bajado por ser una persona que no entraba en los estereotipos de belleza. He vivido situaciones de ese estilo que me hicieron muy mal, pero agradezco a la Brenda de ese momento que dijo: “Yo no voy a hacer esto”. Por suerte nunca me enganché en ese tema de entrar en los cánones, que es raro que lo diga, porque a veces desde mi lugar puede sonar raro.

–Porque sos hegemónica.

–Claro, pero te juro que disfruto de la vida, de comer, amo comer, por suerte nunca caí en ningún tipo de trastorno alimenticio. Como actriz también me han pedido que adelgazara, pero siempre y cuando el personaje me lo pidiera; si vas a interpretar a una modelo que pesa 40 kilos, listo, te lo acepto. ¿Pero porque tengo que estar flaca? ¿Según quién? No, es algo con lo que nunca trancé.

A nuestros hijos tratamos de enseñarles que de los cuerpos no se opina, pero a veces mi hija me corrige y le tengo que dar la razón; ellos me educan a mí con comentarios que estoy diciendo porque soy una boluda, porque estamos chipeados de una forma que es lamentable. Volviendo al origen de la charla, con eso me liberé, con el cuerpo. Y te estoy hablando de mis 19 años.

–Tu mamá [Daniela Cardone] fue una mina muy libre en un momento en el que estaba mal visto.

–Y, de hecho, yo también en su momento la juzgué.

–¿Cómo viviste esa libertad suya cuando tenías diez, quince años y cómo la ves ahora?

–Hoy la aplaudo, le agradezco la enseñanza. Mi vieja me dice: “Yo me fui a laburar como podría haber sido tu papá”. Nosotros vivíamos en Cipolletti y mi mamá para ser modelo se tenía que ir de ahí. Yo me quedé con mi papá, no es que me quedé sola, pero a mi vieja se la juzgó como una madre abandónica. Yo para nada sentí su ausencia, si me preguntás, obvio que me hubiera gustado vivir con mis viejos, pero yo venía a Buenos Aires una vez por mes. Y en ese momento, a los 14, 15, escuchaba los comentarios tipo “¿pero no te da vergüenza que tu mamá salga en tetas? ¿que sea mediática”? Y creo que todos esos comentarios fueron haciendo que a mí me agarrara una cosa rara, de la que, por suerte, después me pude hacer cargo, que tenía que ver con lo que a mí me pasaba y no llenarme del comentario de lo que les pasaba a los demás.

Yo veía a una mujer plena cumpliendo sus sueños, haciendo lo que muchas no pudieron hacer. Y cuando fui madre terminé de entender todo eso de lo que me pasaba a mí y diciendo: “Qué bueno que lo hizo”. Me lo transmitió a mí y hoy mi maternidad es esto. Mi mamá siempre me decía: “Vos tenés que seguir trabajando y haciendo lo que te gusta y lo que te apasiona y organizarte”. ¡Y es re complicado, eh! Porque yo no dormía e iba a trabajar 12 horas y llegaba y tenía que conectar con mi hijo o llevármelo a grabar; porque a veces no tenés familia que te los cuide y tenés que depender de otra persona. Entonces tampoco es que las madres vamos a trabajar re felices.

–En "Cómo provocar un incendio", la obra que escribió Gonzalo [Heredia, su pareja], se hacía alusión a la diferencia de las crianzas en los 80 y en la actualidad; entre esa mecha más corta que tenían nuestros padres hace 40 años y la delicadeza de ahora de pedirles todo por favor a los hijos, ¿la escena parte de una observación puertas adentro?

–Él dice que no (risas). Es observación de todo, con cada situación escribe. Sí creo que somos una generación que flexibilizó los límites. Por ahí las formas no son el grito sino el diálogo, pero los chicos nos piden límites. Es necesario para ellos. Probás un “mi amor, dale” pero yo al tercero que no dejó algo soy la mamá de los 80: “¡Dejás eso!” (risas).

–Hubo una evolución profesional en él con su vocación como escritor que entiendo habrá modificado la dinámica hogareña del vínculo entre ustedes, ¿cómo fue acompañar esa transición como pareja?

–A mí me genera admiración este Gonzalo. Ser testigo de su despertar a las 6.30 de la mañana, sentarse en su escritorio, leer, ver documentales, escribir. Su perseverancia, ¿no? Que es algo que yo siento que a mí me falta. Él es muy de ir por lo que quiere y es muy hermoso ser testigo de eso, del crecimiento de esa persona. Y también uno va creciendo al lado. Porque si los dos hubiésemos crecido por ramas diferentes por ahí no estaríamos juntos. Creo que ambos fuimos creciendo teniendo en claro para dónde queríamos ir. Y ser testigo de la evolución del otro, tanto del escritor como de la persona, en lo que se fue convirtiendo, es muy hermoso.

Fotos: Paula Kerbs @pk.ph

Make up: Faby Pereyra

Agradecimientos: Room.Efe, Lalapont, Goldbasics, The Ann Wagners

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