Jerónimo Bosia: "Es fundamental que vean que tenés madera aunque no tengas tanta chapa"

Luego de interpretar a Ringo Bonavena en la biopic sobre el mítico boxeador, se subió al avión de La sociedad de la nieve para representar a España en los premios Oscar. A sus 27 años, dice que el taekwondo le dio la disciplina necesaria para actuar y agradece las oportunidades que llegaron cuando todavía no era una cara conocida.

Una presencia carismática, una sonrisa pícara y espontánea y un magnetismo cautivador resultaron motivos suficientes para que Juan Antonio Bayona, responsable de El orfanato y Lo imposible, le pidiera a Jerónimo Bosia subirse al avión de La sociedad de la nieve.

Adrián Suar, un hombre con el instinto afilado a la hora de detectar talentos jóvenes, tomó nota y le solicitó que sea uno de sus Buenos chicos, ficción en la que da rienda suelta a sus recursos humorísticos y muestra momentos de profunda sensibilidad.

Su imponente presencia física, que no llega a ser intimidante ni avasalladora, fue también la que le permitió encarnar a Oscar Bonavena en Ringo. Gloria y muerte y lograr una de las mejores composiciones actorales en medio de la avalancha de biopics.

En un confortable hotel palermitano, Bosia se concede una pausa para dialogar con El Planeta Urbano y repasar una trayectoria con la que viene dando pelea desde hace tiempo. Desde el medio del ring, preparado para lo que se venga. Siempre de pie, hasta el último round.

–Te llamás Jerónimo Giocondo, una combinación de nombres poco común. ¿Hay alguna explicación oculta?

–Para Giocondo sí. Del lado de mi viejo había muchos Carlos de segundo nombre; mi papá no quiso repetir eso, así que fue más allá en la familia y encontró a un bisabuelo de origen irlandés que, curiosamente, tenía de apellido Giocondo. Le habrá parecido fashion, supongo, y me lo puso (se ríe). De chico no lo entendía, prefería algo más normal, pero después le fui encontrando el gustito y usándolo bastante como nombre artístico.

–Hace poco terminaste de grabar "Buenos chicos", tu primera ficción diaria. ¿Qué te llevaste de esa experiencia?

–Mucho oficio, es una escuelita de actuación. Fueron siete meses con muchas escenas por día en las que pasás por todos los estados de ánimo y tenés que enfrentarlas aunque estés cansado, feliz o de mal humor. Siempre hay que buscar la forma de resolverlas, pase lo que pase.

Se trabaja de 8 de la mañana a 6 de la tarde y a veces en un mismo día te toca pelearte, separarte y casarte, todo en ese orden. También, sobre todo al principio, tuvimos muchas jornadas nocturnas para rodar los atracos. Si te toca grabar de noche y a la mañana siguiente, vivís con el horario desfasado. Son escenas con poco planteo, hechas para ir al hueso y muy rápidas, así que necesitás buscar los recursos dentro de vos para darles cuerpo.

–Con tantos meses compartiendo todos los días, ¿hiciste algunos amigos?

–Sí, es una de las cosas más importantes. Con los chicos nos llevamos muy bien, con Santi Achaga, con Toto Kirzner, con Lauti Rodríguez, y también con las chicas. Quedó un grupito de WhatsApp, “Buenos Bebotes” le pusimos de nombre (se ríe). Eso es lo que tiene la actuación, todo es muy intenso, trabajás con las emociones y en poco tiempo te vas conociendo con tus compañeros, se genera mucho vínculo y siempre queda algo.

–Cuando ibas al colegio era difícil ser compañero del hijo del director. ¿Qué pasa con Toto Kirzner? ¿Es uno más?

–Si, totalmente. Además, Adrián Suar vino bastante los primeros meses a las grabaciones para que todo fuera bien, y nos entendimos perfecto. Con Toto en ningún momento nos sentimos vigilados, ni ahí. Eso es genial, es un tipazo, lo amé, es un amigo que quedó.

Se repite constantemente que tu generación no ve televisión, ¿vos seguís apostando a ese formato?

–Sí, porque la televisión no se parece a nada. Hay cosas que tenés que resolver en el momento. Por ejemplo, a mí me tocó ser el grandote en Buenos chicos, tuve que jugar todos los días y ver como salía. Porque después está Twitter y toda la bola, pero siento que a mí me ayudó exponerme a la crítica. Leo los comentarios y te dicen de todo, desde “sos un desastre” hasta “qué bien, cómo me hiciste reír”. Ningún otro lado que no sea la tele genera un intercambio constante tan inmediato con el público.

Mi personaje es muy divertido pero también es sensible, y a veces algunos me escriben “¡Pero qué actor de mierda!”. A mí me gusta ese ejercicio de poder irme al carajo interpretativamente en una novela, me manejo con mucha soltura. Alguna vez me han retado un poco, porque cuando entro en confianza suelo ir sin aprenderme la letra, la adrenalina me ayuda y me incentiva a probar (se ríe). Me parece fundamental el juego porque puede salir algo copado, aunque algún “¡Dale, Jero!” me comí. Pero con amor.

Este año te vimos en un protagónico absoluto en "Ringo. Gloria y muerte". Si bien habías hecho taekwondo y kickboxing, ¿tuviste que aprender a boxear y sobre todo a pelear como Bonavena?

–Total, así fue. Hice taekwondo desde los 7 hasta los 22 años, había competido y tenía la técnica de pelea, me era familiar. Es como un pianista profesional que aprende a tocar la guitarra: no arranca de cero. Pero me puse a entrenar con Fernando Muñoz, un gran boxeador, durante cinco meses, y cuando empezaba con mis vicios él me marcaba que así no boxeaba Bonavena. Ringo tenía un estilo muy personal y rústico, era muy guapo en el ring. Había que meterse en el personaje.

–¿Y tu interés por la actuación siempre convivió con el deporte?

–Odio decirlo así, pero de chico yo ya tenía alma de actor (se ríe). Mi mamá me incentivaba. Me encantaba imitar a la gente, sobre todo a las amigas de mi vieja que, según ella, me salían parecidas. Siempre me decía “vos sos un personaje, sos un payaso”. Ella es artista plástica pero había estudiado teatro y ahí arranqué. Lo artístico está muy presente en mi familia: mi abuelo, Alfredo Julio Grassi, fue escritor, fundador de la Enerc y presidente del Incaa. Del arte no zafaba. Aunque te digo que el taekwondo tiene cosas en común con la actuación, ahí aprendí una disciplina que para mí fue fundamental.

En el colegio no la pasaba bien, básicamente no quería estudiar los contenidos que me daban, me cambiaron varias veces de escuela y las artes marciales me dieron esa disciplina que necesitaba, porque la actuación te lo pide. La carrera es muy abstracta, no sabés cuándo vas a tener el próximo trabajo y necesitás armar un esquema en tu cabeza.

–Leí que viviste en Lima, en el barrio de Miraflores. ¿Te quedó algo de la cultura gastronómica peruana?

Uy, sí, ¡aprendí a hacer ceviche! Soy fanático. En Perú inicié mi trabajo, me llamaron para participar de una novela muy popular, 32 puntos de rating metía. Yo hacía del novio de la protagonista en la segunda temporada, y experimenté una microfama muy fuerte. Estabas ahí y te hacías conocido al toque. Después volví a la Argentina y no era así; pero aprendí a vivir solo, aunque todavía llevo la ropa a lavar a lo de mis viejos (se ríe).

–Ahora estás en "La sociedad de la nieve", la película que representa a España en los premios Oscar. Contame sobre esa experiencia.

–¡Fue tremenda! De hecho, pensé que no iba a poder participar de la película porque estaba empezando a grabar Ringo y había que ir a Uruguay para que te viera el director, evaluara si podías bajar de peso… Hice cinco castings por Zoom. Se presentaron dos mil actores, fue una movida gigante. Al final me dijeron: “Tenemos este papel para vos, no sobrevive pero es muy lindo porque la película es muy buena”. Hago de Pancho Abal, el mejor amigo de Nando Parrado, uno de los que cruzó los Andes.

–¿Que rol juega el físico en una película a la que hay que ponerle tanto el cuerpo?

–Yo tengo un físico con el que podría dar rugbier, y Bayona me dijo: “Tú tienes un perfil que al principio pareciera que serás el protagonista, pero lo que va a sucederle a tu personaje es que ni siendo grandote y fuerte podrá ganarle a la montaña. En esa situación puede vivir y morir cualquiera”.

Fueron tres meses muy arduos de rodaje en Granada, en un avión ubicado en un centro de esquí, con mucho frío y más de dos horas de maquillaje a las 6 de la mañana. La cara demacrada, imaginate, pero fue inolvidable. Lo importante siempre es que alguien tenga fe en que podés actuar, porque uno necesita eso. Es fundamental que vean que tenés madera aunque no tengas tanta chapa.

Fotos: Abril Bozzo

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