Romina Richi: "La vida no es una carrera sino un camino de disfrute"

Mano a mano con la actriz y directora que supo explorar todos los caminos del artista, detrás y delante de la cámara.

Romina Richi es una explosión y no sabés para dónde van a salir disparadas las esquirlas. Exploró todos los caminos actorales, desde esa maravilla del off que fue La conducta de los pájaros hasta exitazos televisivos como Resistiré y Vidas robadas. Hoy sorprende como directora con su documental Fantarias, donde se mete en la mente del genial director argentino Alfredo Arias, en una especie de ¿Quieres ser John Malkovich? teatral, mientras monta en París su obra El tigre

Después de haber dirigido varios cortos y otro documental, Las chinas, prepara su primera película de ficción que resignifica el mítico personaje del Pombero. ¿Querés más? También dirige, en la sala Cortázar del Paseo La Plaza, No te vayas con amor o sin él, una comedia donde se desarrolla una extraña dinámica de ama y esclava escrita por su gran maestro, Norman Briski.

Romina Richi no va a parar, ya no tiene dudas. No va a bajar, dejala que suba.

Fantarias es la crónica de una creación que abarca la dirección y el laburo de los actores que interpretan la particular historia que se cuenta en El tigre. ¿Cómo hiciste para meterte en la cabeza de Alfredo Arias?

–En principio, para mí era importante como directora no invadir, no molestar. Ser testigo de cómo se construye ese proceso, porque al ser actriz sé muy bien de qué se trata. Intenté estar espiando todo el tiempo como si fuera una mosca, y si sucedían cuestiones personales, que suelen pasar en estas circunstancias, muchas veces tomé la decisión de apagar la cámara, porque mi objetivo era acompañar el proceso creativo.

–En las películas ya está escrito todo en el guion. El documental, si bien tiene una línea argumental, está más sujeto a la sorpresa de lo que va surgiendo día tras día.

–Es así, no sabés con lo que te vas a encontrar. Si bien Alfredo aceptó que yo estuviera ahí y confió en mí también, hubo momentos en los que me dijo: “No quiero estar en el documental”. En ese sentido, vas acompañando y descubriendo cosas. Intenté ir a lo que él veía de esa obra. Porque no hay nada más aburrido que una obra filmada, ese nunca fue el objetivo. Yo quería meterme en él para acompañar su mirada, y creo que está reflejado eso, de una manera poética y onírica, que pienso es su manera de ver la vida.

–Se nota que filmaste muchísimo, desde las primeras aproximaciones y pruebas de vestuario en Buenos Aires hasta los ensayos y el estreno de El tigre en París. La pregunta del millón es: ¿Cómo fue editar tanto material? Pienso en cómo sufrimos los periodistas cuando hay que cortar una entrevista que nos gusta mucho, me identifica.

–(Risas) Mi guion para editarlo fue la obra, para ir avanzando momento a momento; tengo 180 horas filmadas, ¡imaginate! Es un montón, pero la ventaja que tuve es que yo hice la cámara, entonces sabía cuándo iban a aparecer los planos que me interesaban o recordaba qué había pasado cada día. Yo sabía dónde estaba lo que buscaba, desde los primeros ensayos de Alejandra Radano en Buenos Aires hasta el estreno de la obra en Francia.

–En la película, Arias dice algo muy interesante sobre la crítica y el valor del fracaso. Porque el éxito queda congelado, en cambio, cuando un personaje no funcionó siempre hay un misterio, una factura pendiente. ¿Qué pensás de eso como actriz?

–Él habla de la energía de aquella persona que no llegó, que no triunfó. ¿Qué le pasa a alguien que tiene eso siempre circulando? En cambio, la persona que triunfó tiene otra postura, otra tranquilidad. Yo soy muy inquieta por naturaleza y creo que nunca se llega a ningún lado, no es una carrera sino un camino de disfrute. No tengo esa cosa de “llegar”. ¿A dónde? Voy haciendo las cosas que me interesan, que me gustan y que me apasionan. Siempre pienso que puedo hacer más, seguir aprendiendo, estudiando, no me quedo nunca en ese “ya está”. 

–¿Cuál fue ese momento en el que siendo una actriz reconocida pensaste “quiero dirigir”? Porque también te recibiste de directora de Ópera en el Teatro Colón.

–Sí, incluso dirigí una película, Las chinas, donde trabajan amigas como Dolores Fonzi, Leonora Balcarce, Guillermo Pfening y Julieta Cardinali, sobre una ópera de Gluck, como parte de mi tesis. Mirá, fue un camino que empecé dibujando, pintando, haciendo fotografía, con muestras en la Alianza Francesa. Y después esas fotos, de alguna manera, pedían una historia. Una vez me vi en una situación personal y pensé “esto es algo para filmar”. Así nacieron mis primeros cortos, filmé uno acá, otro en París y otro en Brasil, los tres con la misma temática, se llaman Yolanda

No te vayas con amor o sin él está escrita por Norman Briski. ¿Cómo fue dirigir una obra de tu maestro?

–Es un texto que ya tenía estudiado; aparte tenía al maestro cerca ante cualquier duda, ¿qué mejor que eso, no? Me parece lindo, es como hacerle una muestra de mi admiración y respeto. Es una obra de la que yo participé. La dirección y la actuación no compiten en mí, se acompañan y retroalimentan.

–¿Como espectadora, qué te gusta mirar?

–No veo muchas novedades, me cuesta mirar muchas series, por ejemplo, aunque ahora estoy viendo una que me enganchó, se llama Amor y anarquía. Pero veo muchas películas viejas, me cuesta mirar en color (se ríe). En los clásicos comprobás que ya está casi todo hecho, por eso con algunas cosas nuevas me deprimo. Todos nos basamos en algo, pero vi tanto cine del bueno que me cuesta bastante. Me matan David Lynch, George Cukor, Truffaut, Godard, Agnès Varda… Hitchcock me desespera de lo que me gusta. Y Spielberg… el otro día volví a ver Reto a muerte y es buenísima, increíble. 

–Hablando de hacer algo nuevo sin renegar del pasado, estás trabajando en tu primer largometraje de ficción, que retoma la figura del Pombero, un personaje asociado en la memoria pop a la mítica película Embrujada, con Isabel Sarli. ¿Puede ser que haya algo del cine dentro del cine ahí?

–Sí, hay algo de eso, ciertos elementos de la peli de la Coca Sarli que entran en la historia. No es un relato donde lo sexual esté presente. Si hubiera elegido al Curupí, que, según cuenta la mitología guaraní, tiene un miembro tan largo que se lo enrosca en el cuerpo, sería otra cosa. Pero el Pombero es una criatura de la noche a la que le gusta fumar, beber… aunque hay algo erótico, me interesa explorar el erotismo.

“La dirección y la actuación no compiten en mí, se acompañan y retroalimentan.”

–No olvidemos que oficiás de maestra de ceremonias en Sex. Tanto en la obra de Muscari como en tus personajes dentro del Bailando veo mucho de juego, ¿es así?

–Total, y además con respecto a Sex, por ejemplo, el espectador sabe que va a ver una obra, un juego del que participamos todos. Al principio había una idea medio errónea de Sex, y cuando vienen se dan cuenta de que no hay nada de lo que imaginan.

–Tenés tres hijas, Valentina, Margarita y Bethania. Las dos mayores están interesadas en la actuación. ¿Cómo imaginás su futuro en el oficio?

–Valentina (N. de la R.: hija del director de cine Máximo Gutiérrez) se viene formando desde hace mucho como actriz, y Margarita (N. de la R.: su padre es Fito Páez) también está estudiando, trabajó en una peli conmigo, El padre de mis hijos. Ya irán viendo las dos por dónde encarar. Obviamente, se criaron viendo eso y está bien que lo exploren, pero sobre todo que se formen, porque es un hermoso oficio, pero estudiar es muy importante. Y saber también que es una profesión dura porque podés tener todo el trabajo junto y después no tenerlo; hay que aprender a lidiar con esa inestabilidad. A Betha, la más chica (N. de la R.: fruto de su relación con el productor y DJ Walter Abud) la veo cerca de la música, tiene un oído increíble, pero que una sea médica me encantaría (risas).

Fotos: Sebastián Arpesella

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