Cine y diversidad: 5 películas que marcaron un antes y un después en la historia de la representación LGBTIQ+

Tras la insólita polémica en torno a Lightyear, y luego del Día Internacional del Orgullo, un repaso por las principales películas que instalaron una agenda necesaria y urgente.

En Lightyear, el protagonista tiene una amiga que se llama Alisha, se conocen desde hace años pero la vida pasa de manera distinta para ellos. Mientras el astronauta con destino de muñeco entrañable en Toy Story viaja hacia otras galaxias donde el tiempo queda suspendido. Cada vuelta a la Tierra lo encuentra congelado en sus 30 años, para ella las cosas son distintas. Crece, se enamora, forma una familia, envejece y muere

El equivalente a cinco minutos de Lightyear son 50 años para Alisha. Pero lo que podría haber sido la reflexión más fuerte sobre el sentido de la vida que nos ofreció una película infantil se vio opacado por otra cosa. Un beso entre Alisha y su pareja mujer

Pedido de censura, levantamiento del estreno en catorce países, comentarios de odio y ridículos eufemismos para nombrar algo que es muy simple. Aisha y su pareja no son “compañeras de aventuras” ni “amigas íntimas”, son mujeres lesbianas. Y lo que molesta aún más no es que se besen por una milésima de segundo sino que formen una familia, críen hijos, amen y sean amadas sin sufrir ninguna tragedia punitiva. El auténtico pecado es ser una lesbiana feliz. 

Por lo que puedan ver los niños, no se hagan problema. Ellos están reseteados contra los prejuicios y dentro de un tiempo recordarán esta película como nosotros atesoramos la canción de Buzz y Woody. Sabiendo que –aunque suene a frase en una taza de café– las cosas que importan son siempre las mismas: el amor, hasta el infinito y más allá.

LAS OTRAS

Cuando en 2015 Carol irrumpió en el Festival de Cannes y copó todas las conversaciones, se auguraron cataratas de premios. Una película dirigida por el gran Todd Haynes (con la mirada puesta en un lugar incómodo siempre) y protagonizada por una dupla de estrellas, como Cate Blanchett y Rooney Mara, tenía todas las de ganar. Pero no.

Después de la Palma a la Mejor Actriz de Rooney Mara, el público convirtió a Carol en un film de culto. Pero las instituciones consideraron que el final de la película no era lo suficientemente aleccionador. Estuvo nominada a seis premios Oscar. El resto es historia conocida. Carol se fue con las manos vacías porque no pensaban premiar un relato de amor entre mujeres. Y menos una donde los personajes no fueran marginales, sino gente bien atrapada en un universo doméstico opresor.

Thérese es una chica con aspiraciones artísticas y carita de Audrey Hepburn (interpretada por Mara) que para llegar a fin de mes es empleada en una tienda departamental. Corre la década del 50, tiempo de impolutas señoras modositas, tacos altos y familias ideales con chalé y jardín. Se acerca la Navidad, y con ella, cierta mujer de la petite société envuelta en pieles buscando un regalo para su hija (Blanchett, era ella o ninguna).

Del visón a la visión, Thérese queda deslumbrada por Carol y descubre no solo su propia sexualidad sino la crueldad con la que a veces se paga la verdad. Porque Carol destruye la mentira consensuada en la que ha vivido con un costo letal para la maternidad. La madre deseante siempre tiene un precio alto por abonar.

También lo pagó Patricia Highsmith. La célebre autora de la saga literaria de Tom Ripley, quien en 1951publicó el libro original en el que se basa la película, El precio de la sal, bajo el seudónimo de Claire Morgan. Sus editores le recomendaron preservar su identidad con el fin de evitar “repercusiones indeseadas para su carrera”. Esto, debido a una novela en donde la relación lésbica no termina tan mal como debería de acuerdo con el canon moral de la época. Carol pierde hasta a su hija, pero se ve que les hizo precio.

En 1989 se reeditó rebautizada como Carol. En esa edición, el prólogo de su autora es un relato que merecería su propio libro. Cuenta los motivos que la llevaron a ocultarse y su felicidad porque su obra haya ayudado a otras lesbianas. Patricia, finalmente ella, vendió un millón de ejemplares.

PARTE DE LA REVOLUCIÓN

Como siempre, la ceremonia de los Oscars duró horas y el público que debía trabajar al día siguiente se fue a dormir antes de que ocurriera lo impensado. Esa noche, La La Land, la película sobre un salvador del jazz blanco y con los ojitos tristes de Ryan Gosling, fue anunciada erróneamente por Warren Beatty y Faye Dunaway como ganadora de la categoría Mejor Película.

El error fue corregido y ahí llegó el verdadero baldazo de agua helada. Había ganado Moonlight, el film dirigido por Barry Jenkins en el que un hombre negro, envuelto en una pasado de violencia. Y en un presente como dealer, abraza su deseo gay.

Chiron Black es un narco homosexual y afroamericano en un mundillo repleto de masculinidad tóxica, y su historia estaba escribiendo otra. Por primera vez, una película de temática LGBTIQ+ era coronada como la mejor del año por la Academia.

En los 80 circulaba una frase en las paredes donde se grafiteaban leyendas con la complicidad de la noche. “Hay que ser muy macho para ser puto”. Y para ser gay, marginal, hijo de una adicta al crack y negro, ni les cuento. Lo de Moonlight fue revolucionario. Aunque no lo veamos porque está muy cerca o porque Black y Kevin apenas se toquen después de esa escena inolvidable en una playa de mala muerte, la revolución está en lo que sienten.

MÍA

Una noche de 2011 vi Mía, una película indie argentina por la que el público no daba dos mangos pero yo la esperaba desde que había visto el tráiler centrado en La Aldea Rosa, una comunidad travesti trans que se había gestado en el 95, cuando la Intendencia decidió limpiar los barrios de Núñez y Belgrano de vecinos poco acordes con la aspiracional zona. Así nació esa aldea trans donde sus habitantes se excluían para protegerse. Después llegó el desalojo y una historia tan triste como presente.

En Mía hay una travesti magnética que cartonea por las calles del barrio, se llama Ale “a secas”, como dice ella, y no podía dejar de mirarla porque había algo de verdad que trascendía esos hilos que a veces se les ven a los actores. Ale era interpretada por la actriz y escritora Camila Sosa Villada. Fue mucho antes del fenómeno literario global de Las malas, la novela con la que se convirtió en una autora venerada. Por aquel entonces, Camila era casi un secreto del teatro independiente, estrella under de Carnes tolendas, la obra que vio el director Javier van de Couter y lo llevó a pensar que solo ella podía protagonizar esta película.

Ale se encontraba con una niña y su padre a la deriva (una pequeña Maite Lanata de 9 años y Rodrigo de la Serna), y, de a poco, ese trío impensado iba construyendo algo que se parecía al amor, a la familia, a una vida que se revelaba con toda la potencia de sus contradicciones. 

EN EL NOMBRE DEL PADRE

Elio vive en un pueblito italiano donde los veranos ochenteros son sinónimo de paseos en bici, largos almuerzos, pileta, piano y charlas esnobs entre los amigos académicos de sus padres. Todos los años llega un becario distinto para formarse junto con su papá, un célebre profesor catedrático. 

Ese verano será el turno de Oliver, un yanqui bastante arrogante que calienta a todos y todas porque porta la cara de Armie Hammer. El tipo parece tener una respuesta para todo y es “later”. Pero cuando Elio siente su mano sobre el hombro o lo ve bailando un trasnochado “Love My Way”, de los Psychedelic Furs, sabe que hay un solo “después” posible, el de estar juntos.

Aunque él tenga 17 y Oliver 24. Aunque no sepa si solo le gustan los chicos. Aunque Oliver sea un ganador y diga que tiene novia. Aunque sea el dolor que lo haga llorar sin parar a medida que avancen los créditos finales en una escena que consagró a Timothée Chalamet como la estrella de su generación y a Luca Guadagnino como uno de los pocos directores que saben hablar de ellos sin caer en la autoficción obvia.

Después vinieron el durazno, las corridas por Roma, la pasión y la desolación. Pero Llámame por tu nombre hizo que hasta nuestros padres se identificaran con una historia de amor que transita el género sin miedo, con las palabras precisas.

En el principio estuvo la novela de André Aciman que dio origen al film. Tanto en ella como en la película de Guadagnino hay una charla padre-hijo que se mantiene intacta. Es una de las mejores escenas de la historia del cine gracias a la inconmensurable interpretación de Michael Stuhlbarg. En ella, el Sr. Perlman le dice a Oliver: “La mayoría de los padres esperan que todo pase o rezan para que sus hijos se recuperen pronto. Yo no soy un padre así. Si hay dolor, alimentalo. Si hay una llama, no la apagues, no seas cruel con lo que sentís. Nos despojamos de tanto con tal de curarnos lo más rápido posible que terminamos rompiéndonos a los 30. Nuestros corazones y cuerpos se nos regalan una vez en la vida”.

Padres que están o que no, hijos que aman o extrañan, familias que se construyen a pesar de todo, se caen y vuelven a levantarse. Muchos nombres, todos los nombres. Llamame Oliver y yo te llamo Elio.

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