Almacenes de campo: 4 lugares para vivir una experiencia que incluye turismo rural, productos regionales y cocina casera

Una escapada al pasado y bien cerca. Almacenes con historia y propuestas gastronómicas para disfrutar de un fin de semana diferente.

1 - Almacén San Francisco, el Sanfra

Empanadas, picada y copas listas (foto: gentileza Samantha Krause)

“El almacén es de 1933 y se hizo de forma colectiva, es decir que colaboraron diferentes vecinos y vecinas del paraje y tiene la particularidad de ser totalmente de adobe y con techo de paja”. Samantha Krause le explica a “El Planeta Urbano” las señas de identidad del lugar que desde 2017 regentea junto a su esposo, Martín Parzaniello, en el paraje La Paz Chica, partido de Roque Pérez. “Arrancamos como restaurante, alquilándoselo a la familia Ruzzi, que aún son los propietarios, pero dándole nuestra impronta”, cuenta.

El San Francisco es parte de un entramado de boliches de pueblo que caracteriza la zona, y eslabón indispensable de “La noche de los almacenes”, evento que se realiza todos los eneros y en ediciones pre pandemia llegó a reunir hasta 30 mil personas. Está ubicado en un cruce de caminos rurales, a 7.5 km de la ruta nacional 205, y su construcción data de una época en la que el Paraje era un lugar muy poblado gracias al trabajo agropecuario y a un pionero italiano, Ancona Coltrinari, que arrendaba campos y luego le daba facilidades para su compra a los paisanos que los labraban.

“El almacén siempre tuvo la impronta de quienes lo trabajaban. Tuvo un periodo de desarrollo cultural, donde paraban circos criollos –entre ellos el de los hermanos Podestá- y se hacían bailes. Estuvo abierto hasta el 2003, cuando la familia propietaria lo cerró, y reabrió en 2012”, relata Samantha. “Nosotros lo tomamos hace cinco años y recuperamos la parte más festiva y no tanto de museo”.

Piso de tierra, paredes gastadas, una vieja lámpara a kerosene (foto: gentileza Samantha Krause)

Abierto los sábados y domingos desde la mañana y hasta a la tardecita (de lunes a viernes está cerrado), el almacén y comedor tiene el paso de décadas y décadas marcado en sus paredes y pisos, con el viejo mostrador de madera y las estanterías como testigos de casi 90 años de historia.

En cuanto a lo que se puede consumir allí, antes de relajarse en el patio mirando la nada o disfrutando algunos de los shows en vivo que Samantha y Martín programan, la dueña detalla: “Platos regionales, todo casero y hecho en el día, algo que es nuestro sello, y tratando siempre de tener precios populares. Nos manejamos con estacionalidad porque nuestras materias primas las compramos en el Paraje”, enumera.

Y sigue: “De entrada tenemos diferentes verduras asadas, o buñuelos, empanadas de campo fritas, chacinados y quesos caseros. Los productos distintivos de la zona son el zapallo y el cerdo y suelen estar en nuestros platos. De principal solemos tener pastas, bondiola al plato con papas fritas y ensalada, y de postre, panqueques con dulce de leche o alguna fruta de estación en almíbar”.

“Cada tanto hacemos algunos guisos (el 1 de mayo hubo de cordero patagónico) y los 25 de mayo, locro. Viene muchísima gente a comerlo. El ‘Sanfra’ no es un lugar de paso pero tenemos bastante afluencia de turistas y muchos clientes y amigos y amigas de la casa que vienen cotidianamente”, cierra, orgullosa.  

IG: @almacen_san_francisco_rp

2 - Almacén Adela, un sueño hecho realidad

Adela, pequeño pero acojedor (foto: gentileza Romina Romeo)

Romina Romeo y su marido, Patricio Molina, llevan 11 años al frente de este almacén de ramos generales ubicado en Fulton, un pueblo que está a 23 km. de Tandil. Ella se crió en un paraje distante 11 km de allí. Hija de Susana y Daniel, apicultores, fue al colegio primario en Fulton, pero el secundario debió hacerlo en Tandil. Después de siete años viviendo en esa ciudad, supo que la propietaria del antiguo almacén de campo de ese pueblo que tanto le tiraba quería vender el negocio.

“Me ilusioné cuando me dijeron, me vi atendiendo el almacén”, le cuenta a “El Planeta Urbano” Romina desde ese, su definitivo lugar en el mundo. “Finalmente pudimos comprarlo porque mis papás alquilaron un campo que tenían. Pero el dinero no alcanzaba ni para la mitad del negocio. Le propuse a la dueña pagarle en cuotas mensuales lo que no cubría en efectivo”.

En primera instancia, la intención de Romina y su mamá, que llevaban adelante el almacén, era prestarle servicio a la comunidad de alrededores, pero de a poco fueron logrando afluencia de público a fuerza de preparar platos caseros. Luego, ampliaron el espacio sumando un galpón que se encuentra al lado del local. “Hoy nos visitan de bastantes lugares: Azul, Bahía Blanca, Mar del Plata. Gente que se hace el viaje solo para almorzar acá. Y también turistas que vacacionan en Tandil y se acerca a Fulton a conocer”.

Romina aclara que Adela no es el típico almacén de campo, “ese que estuvo activo durante la ápoca del ferrocarril, de chapa, donde también se hacían los bailes”. Así era el que antes tenía la dueña de la propiedad y estaba ubicado en la calle principal de Fulton, pero este, que hoy enorgullece tanto a Romina, es en realidad una construcción bastante nueva. “Se llama Adela por mi abuela paterna”, cuenta.

La famosa tortilla de papas del Adela, muchos hacen kilómetros para probarla (foto: gentileza Romina Romeo)

El dato recorre kilómetros sólo para comer los platos que preparan, dispara la curiosidad de saber cuáles serán esas especialidades. “La tortilla es una de ellas”, comienza a enumerar Romina, “la hacemos con huevo de campo. Las empanadas y las milanesas también gustan mucho. Todo bien caserito. Eso en cuanto a comidas, pero también les gusta el lugar: acá no hay lujos y podés relajarte como si estuvieras en tu casa. Mientras preparamos la comida te podés servir la bebida de la heladera, que está a mano”.

El almacén está como yendo de Tandil hacia Ayacucho, en el km 135,5 de la ruta 74”, ubica Romina. Perteneciente al Grupo de Turismo Rural Tandil, está provisto para cubrir las necesidades de los pobladores de la zona. Y también lucen en sus estanterías la miel que hacen sus padres, los alfajores Estaful, elaborados por tres vecinas, y las conservas de vegetales y salsas picantes que hace otro vecino.

Fulton es un pueblo pequeño: tres cuadras de largo y cuatro de profundidad, apenas 60 habitantes. La visita ideal, según Romina, es llegar, ir a conocer la fábrica de conservas, luego disfrutar en el almacén algún plato pactado de antemano (trabajan con reservas) y después recorrer la fábrica de alfajores, donde se puede probar el producto, acompañado de un café. Más atractivo no se consigue.

IG:@almacenadela

3 - Almacén 4 esquinas, proveeduría, restaurante y tambo ovino

Las pizarras invitan en el 4 esquinas (foto: http://www.experienciarural.com)

Las dos pizarras que enmarcan la antigua puerta color verde de este almacén inaugurado a mediados de los años 40 son como una invitación irresistible a sumergirse en sus encantos culinarios: “Quesos de elaboración propia, sándwiches, picadas, empanadas, pasteles, dulce de leche, fiambre”, prometen.

Pero eso es apenas una síntesis de lo que ofrece este establecimiento que Jorge Somi compró en 1998 y, tras 16 años de trabajo, dejó en manos de su hija, Romina, quien se hizo cargo junto a su esposo, Fabián Bugna. Ellos le adosaron su actividad como tamberos, y hoy el 4 Esquinas es una mezcla de restaurante y almacén de campo con tambo incluido, cerrando una propuesta turística imperdible.

Ubicado sobre la ruta provincial 74, a 28 km de Tandil y 3 de Azucena, un pueblito con 200 habitantes, es un lugar de paso para viajeros y camioneros pero también un punto fijo para turistas gracias al boca a boca. Los domingos y feriados se convierte en restaurante y ofrece un menú a la carta que, si se consume en el salón, es custodiado por los objetos (herramientas de trabajo, animales embalsamados, recuerdos, fotos de domas) que el papá de Romina, fallecido en 2019, recolectó a lo largo de los años y le dan un toque especial, único.

Quesos ovinos, encanto central del almacén (foto: http://www.experienciarural.com)

Y aunque a veces los almuerzos son acompañados con música en vivo y fiestas folklóricas, el tambo que lleva adelante Fabián, con 100 ovejas frisonas lecheras, que aportan la materia prima, se lleva todas las miradas y los paladares. Es que allí, siguiendo los preceptos de un viejo maestro quesero que le enseñó los secretos de la actividad (y le legó sus recetas), el hombre elabora quesos que dan que hablar.

Los hace tipo pecorino, feta, manchego, gouda, dos leches (mezcla de ovina y bovina) o halloumi, y son ofrecidos a los clientes junto con otros productos, también derivados del producto madre, como dulce de leche y yogur estilo griego. Una lista de delicias que Fabián elabora entre agosto y marzo, periodo de producción de las ovejas. También, para no desaprovechar nada del animal, fabrica jabón de tocador a partir del suero de la leche.

Abierto de martes a viernes de 10 a 15, y sábados y domingos de 10 a 17, el almacén tiene la impronta de los de su clase: dulces regionales, vinos, aperitivos, bebidas, yerba, panes de campo en el viejo mostrador, y un salón que supo ser, durante los años que siguieron a la inauguración, salón de baile y espectáculos pero también proveeduría, correo y hasta farmacia. Además, hay mucho espacio afuera, con mesas que dan la oportunidad de comer mirando pastar a las ovejas y escuchando el silencio.

En el menú hay varias estrellas: tablas de picada (con los quesos de elaboración propia, solos o acompañados de exquisitos fiambres tandilenses), sándwiches (dicen que el de jamón crudo se lleva todos los aplausos), platos calientes (guisos, pastas rellenas), empanadas de carne cortada a cuchillo, y vacío, bondiola y chorizo al horno de barro. ¿Qué más?

IG: @tamboovino4esquinas

5 - Almacén Beladrich, un pedazo de historia

Ladrillos centenarios para un almacén testigo del tiempo (foto: Flickr)

40 kilómetros separan San Pedro y Paraje Beladrich, el solitario punto del mapa al que se llega después de 6 km. de un camino de tierra que inicia cuando la ruta provincial 191 se cruza con el Arroyo Burgos. Allí se levanta, estoico, este almacén y bodegón de campo con 110 años de antigüedad. Una cancha de bochas, un molino, un viejo surtidor de nafta a palanca, el camino polvoriento y una interminable porción de campo son el marco de un sitio con mucha magia y también mucha historia.

Lugar de parada para trabajadores y productores de la zona, que lo visitan principalmente a la hora del aperitivo, el almacén es, como muchos otros de los que se encuentran repartidos en la geografía bonaerense, testigo de aquellos años donde pulperías y boliches de campo eran lugares imprescindibles de entretenimiento, provisión y relacionamiento del gauchaje.

Ubicado muy cerca del puente de hierro sobre el río Arrecifes, en tiempos antiguos creció de la mano de Andrés Beladrich, que lo transformó en almacén de ramos generales y tuvo en su esposa Margarita Krausse, enfermera y apicultora, un gran apoyo moral y espiritual. A pocos metros se encuentra el Club Universal, que fuera salón de baile y de espectáculos musicales y aún hoy muestra su viejo piso de mosaicos.

El mostrador y el pool, dos signos de modernidad, cada uno en su tiempo (foto: http://www.minutoarrecifes.com.ar)

Cuenta la leyenda que por el Beladrich pasaron Florencio Molina Campos -quien tomó el lugar y los parroquianos como modelos para sus inolvidables cuadros y viñetas-, Vito Dumas, el navegante solitario, y Segundo Ramírez, el gaucho que inspiró a Ricardo Guiraldes para su “Don Segundo Sombra”. Y como perla, el tránsito, allá por 1813, del mismísimo Libertador de América, José de San Martín.

Al menos así lo asegura un dibujo con su figura, estampado en una de las paredes del almacén. Un local dominado por un enorme mostrador de madera en forma de L, con una mesa de pool que descansa sobre el piso de ladrillos, al igual que las mesas, donde los habitués despuntan el truco, el vermut y la picada. Las altas estanterías ofrecen productos típicos de almacén: fideos, galletitas, yerba, dulces caseros.

En el exterior, la galería invita a ser parte de esa estampa campera. Allí, frente al despejado horizonte se puede disfrutar de un vino, una tabla de salame y queso o una carne asada (de vaca, de cerdo, de cordero). El anfitrión es Matías Fegan (@matiasfegan), un joven lugareño que frecuentaba el almacén de la mano de su padre cuando era un niño y hoy se siente guardián de la memoria de este lugar centenario que ha vencido al tiempo.

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