Cuando el tejido vence al olvido: las mujeres de Mampuján y la memoria bordada de Colombia

En América Latina existen archivos que no se conservan en edificios estatales ni en bibliotecas. Los bordados, los tejidos y las tramas devuelven a la memoria un lugar único e irrepetible, resistiéndose a la industrialización de las prácticas culturales y a la homogeneización que impone la lógica del mercado. Cada puntada, cada hilo y cada composición expresan la identidad de un pueblo, condensando saberes ancestrales, historias compartidas y formas de habitar el mundo que desafían el olvido.

Obra de Museo de Arte y Memoria de Mampuján Foto:  Museo de Arte y Memoria de Mampuján

Estos archivos no están escritos en papel ni organizados en expedientes oficiales. Se encuentran cosidos sobre retazos de tela, bordados con hilos de colores y construidos pacientemente por manos de mujeres que decidieron transformar el dolor en memoria, el duelo en creación y la pérdida en resistencia. Las arpilleras chilenas, los textiles de Ayacucho, en Perú, y los tapices de Mampuján, en Colombia, conforman una genealogía latinoamericana donde el arte deja de ser una práctica meramente estética para convertirse en un acto político, un archivo vivo de la memoria y una forma de reparación colectiva.

Dentro de ese mapa latinoamericano, el proceso desarrollado por Mujeres Tejiendo Sueños y Sabores de Paz, en el corregimiento de Mampuján, departamento de Bolívar, constituye una de las experiencias más significativas de reconstrucción de la memoria colectiva surgidas después del conflicto armado colombiano.

Obra de Museo de Arte y Memoria de Mampuján Foto: Museo de Arte y Memoria de Mampuján

Montes de María

Todo comenzó tras una de las jornadas más violentas que vivieron los Montes de María. La noche del 10 de marzo de 2000, un grupo de aproximadamente sesenta paramilitares pertenecientes al Bloque Héroes de los Montes de María de las Autodefensas Unidas de Colombia, comandados por Rodrigo Mercado Peluffo, alias Cadena, junto a Diego Vecino y Úber Banquez, alias Juancho Dique, ingresó al corregimiento de Mampuján. Bajo amenazas de muerte obligaron a abandonar sus hogares a más de 245 familias. Mujeres, hombres, ancianos y niños emprendieron un éxodo forzado cargando únicamente aquello que podían sostener con sus propias manos.

Al día siguiente, el 11 de marzo, los mismos grupos paramilitares asesinaron a doce campesinos en la vereda Las Brisas, un crimen que profundizó el terror en toda la región y quedó grabado para siempre en la memoria de sus habitantes. Aunque la masacre ocurrió en Las Brisas, para las familias desplazadas ambos acontecimientos forman parte de una misma tragedia: la pérdida del territorio, de la vida comunitaria y de la tranquilidad que durante generaciones había definido su existencia.

Como ocurre en tantos escenarios de guerra, el desplazamiento no terminó cuando abandonaron sus casas. Durante años sobrevivieron hacinados, enfrentando el desarraigo y la estigmatización. Muchas familias fueron señaladas injustamente como colaboradoras de la guerrilla, mientras intentaban reconstruir una vida lejos de la tierra que había sostenido su historia. Fue en medio de ese proceso cuando apareció una herramienta inesperada para enfrentar el trauma: el tejido.

Tejer en memoria

La psicóloga menonita Teresa Geiser comenzó a reunirse con un grupo de mujeres desplazadas para enseñarles la técnica del patchwork, una forma de confección basada en la unión de pequeños fragmentos de tela. Lo que inicialmente parecía una actividad manual terminó convirtiéndose en un proceso colectivo de sanación. Treinta y tres mujeres comenzaron a reunirse alrededor de los telares. Entre agujas, hilos y retazos de tela descubrieron que coser también podía ser una forma de hablar cuando las palabras resultaban insuficientes. Más tarde recordaría ese momento con una frase que resume el sentido profundo del proyecto: "Esta experiencia se convertiría en nuestra salvación".

Cada puntada comenzó a reconstruir aquello que la violencia había intentado destruir. Mientras las manos cosían, aparecían los recuerdos, los nombres, las historias familiares y los paisajes perdidos. El acto de bordar dejó de ser una labor doméstica para convertirse en una terapia colectiva y en un ejercicio de memoria. Las propias mujeres explican que coser les permitió "recordar sin dolor" y construir un espacio donde compartir experiencias que durante años habían permanecido silenciadas. El tejido se transformó así en un lenguaje capaz de expresar aquello que muchas veces resultaba imposible narrar mediante un testimonio convencional. Los grandes tapices producidos por el colectivo funcionan hoy como verdaderos archivos históricos. En ellos aparecen representadas las escenas del desplazamiento, las columnas de familias caminando por los caminos rurales, las casas abandonadas, los cultivos perdidos, las montañas de los Montes de María y los hombres armados que irrumpieron violentamente en sus vidas.

Los textiles no se limitan a representar la guerra

Las mujeres decidieron reconstruir también una memoria mucho más antigua. Sus obras narran la historia afrodescendiente de la comunidad: África como lugar de origen, los barcos esclavistas, las subastas humanas, el cimarronaje y la conquista de la libertad. De esa manera, el conflicto armado aparece inscrito dentro de una historia mucho más extensa de despojos, resistencias y luchas por la dignidad. Los tapices muestran igualmente los procesos de reforma agraria, la transformación del territorio, la erradicación de cultivos ilícitos, la vida campesina y las formas de organización comunitaria que caracterizaron a los Montes de María antes de que la guerra modificara radicalmente el paisaje social.

Retazos testimoniales. Arpilleras de Chile y otras latitudes

Retazos testimoniales. Arpilleras de Chile y otras latitudes

En ese sentido, las telas sustituyen a los documentos escritos. Cada composición funciona como un archivo visual donde la memoria individual se convierte en memoria colectiva. Allí no solo se registran los hechos, sino también las emociones, los afectos y los vínculos comunitarios que difícilmente podrían aparecer en una sentencia judicial o en un informe institucional. El trabajo de Mampuján dialoga con otras experiencias latinoamericanas como las arpilleras surgidas en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet o los textiles realizados por las mujeres de Ayacucho durante el conflicto armado peruano. En todos esos casos, el hilo reemplazó al discurso oficial y permitió construir narrativas desde la perspectiva de quienes habían sido históricamente silenciadas. Lo que comenzó como una práctica doméstica se convirtió en una forma de resistencia política y en un lenguaje capaz de documentar aquello que los Estados muchas veces callaron.

Más allá de su extraordinario valor artístico, los tapices de Mampuján permiten pensar una cuestión central en los estudios contemporáneos sobre la memoria: existen experiencias históricas cuya complejidad no puede ser contenida únicamente por los archivos oficiales. La socióloga argentina Elizabeth Jelin sostiene que la memoria es siempre un territorio de disputa, un espacio donde diferentes actores sociales luchan por definir qué acontecimientos serán recordados, cómo serán narrados y quiénes tendrán legitimidad para contarlos. En ese sentido, los tejidos de Mampuján cuestionan la idea de que la historia solo puede escribirse desde los documentos estatales, los expedientes judiciales o los grandes relatos institucionales. Cada puntada constituye una forma de conocimiento y un archivo construido desde la experiencia de las propias víctimas.

La crítica cultural chilena Nelly Richard, al analizar las prácticas artísticas surgidas durante la dictadura de Pinochet, sostiene que el arte tiene la capacidad de producir fisuras en los discursos oficiales y hacer visibles aquellas memorias relegadas al silencio. Las arpilleras demostraron que un bordado podía convertirse en una denuncia política cuando la censura impedía nombrar la violencia. Los tapices de Mampuján prolongan esa tradición latinoamericana: allí el hilo sustituye a la palabra escrita y el acto de coser se transforma en una forma de resistencia frente al olvido. Las prácticas artísticas nacidas durante las dictaduras latinoamericanas lograron quebrar los discursos oficiales mediante lenguajes aparentemente menores. El bordado, asociado tradicionalmente al ámbito doméstico femenino, adquirió una potencia política inesperada. Los textiles de Mampuján prolongan esa tradición: hacen visible aquello que durante años permaneció oculto bajo las estadísticas del conflicto armado.

El historiador francés Pierre Nora definió los "lugares de memoria" como aquellos espacios donde una sociedad deposita su pasado cuando la memoria viva comienza a desaparecer. Habitualmente pensamos en monumentos, museos o archivos nacionales. Sin embargo, los tapices de Mampuján también son lugares de memoria. No porque estén hechos de piedra, sino porque conservan experiencias que ninguna institución podría transmitir con semejante intensidad.

Esta idea dialoga con la investigadora Diana Taylor, quien distingue entre el archivo y el repertorio. El archivo conserva documentos; el repertorio preserva saberes mediante prácticas vivas: la danza, el cuerpo, la oralidad y también el tejido. Cada vez que las mujeres vuelven a reunirse alrededor de una mesa para coser, no solo producen una obra nueva: reactualizan una memoria colectiva que permanece viva gracias a la repetición de ese gesto.

Por eso los tapices de Mampuján no son únicamente objetos para exhibir en un museo. Son procesos sociales. Cada puntada activa una conversación, una historia familiar, un nombre, una ausencia. El tejido deja de ser representación para convertirse en acción política.

Esta dimensión dialoga también con las reflexiones del historiador alemán Andreas Huyssen, quien advierte que las sociedades contemporáneas viven una verdadera "era de la memoria", donde la necesidad de recordar surge como respuesta frente a los grandes traumas colectivos. Sin embargo, Huyssen señala que la memoria no consiste únicamente en conservar el pasado, sino en preguntarse qué futuro puede construirse a partir de él. En Mampuján esa pregunta adquiere una dimensión profundamente concreta: los tapices no solo representan la guerra, sino también la posibilidad de reconstruir una comunidad.

A estas reflexiones se suma el concepto de posmemoria, desarrollado por Marianne Hirsch, para explicar cómo los traumas colectivos continúan transmitiendo entre generaciones mediante relatos, fotografías, objetos y prácticas culturales. Los tejidos de Mampuján funcionan precisamente como esa transmisión. Son archivos vivos destinados a quienes no vivieron el desplazamiento, pero heredarán la responsabilidad de recordar. Cada tapiz permite que las nuevas generaciones conozcan la historia de su comunidad sin reducirla a cifras o informes oficiales.

En los tejidos, las mujeres de Mampuján  

En Colombia, este proceso adquiere además un significado político particular. Tras la firma del Acuerdo de Paz de 2016 y la creación del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, la memoria dejó de ser únicamente un ejercicio testimonial para convertirse en un componente esencial de la reparación de las víctimas. Los tejidos de Mampuján anticiparon ese camino mucho antes de que existieran políticas públicas de memoria. Mientras el país seguía inmerso en la guerra, estas mujeres ya estaban reconstruyendo el tejido social mediante el arte.

No es casual que en 2015 recibieron el Premio Nacional de Paz. Su trabajo demuestra que la paz no se construye exclusivamente mediante acuerdos políticos o decisiones institucionales. También nace en los espacios cotidianos donde una comunidad logra volver a reunirse, compartir su historia y transformar el dolor en creación colectiva. Quizá allí resida el mayor aporte de las mujeres de Mampuján. Sus obras no buscan únicamente conservar el recuerdo del horror. También disputan el sentido mismo de la historia. Frente a una guerra que pretendió fragmentar el tejido social, ellas respondieron literalmente tejiendo de nuevo. Donde hubo desplazamiento levantaron comunidad; donde hubo silencio construyeron relato; donde la violencia intentó borrar una memoria, ellas la bordaron para siempre sobre la tela. La historia de Mampuján demuestra que la memoria no siempre se escribe. A veces se cose. Y quizá esa sea una de las imágenes más dignas que ha dejado América Latina en las últimas décadas: mientras la guerra desgarraba el territorio, un grupo de mujeres reunidas alrededor de una mesa descubre que una aguja también podía convertirse en una herramienta para hacer justicia, reparar el pasado y construir un futuro.

Artículos Relacionados>

Por El Planeta Urbano

El sábado 24 de octubre, el Parque Estación Central Córdoba de Rosario se convertirá en el punto de encuentro de miles de personas para vivir una experiencia única: más de 30 artistas, cuatro escenarios y una grilla que recorrerá rock, pop, indie, urbano, electrónica y mucho más, todo en un solo día.

Por Tomás Gorrini

El documental narra la triunfal gira de reunión de Liam y Noel Gallagher, uno de los encuentros más esperados de nuestro tiempo. El filme, que se estrenará en septiembre, es un relato inspirador de lo que podría considerarse el mayor evento musical de 2025, que captura la experiencia y las emociones de la banda y sus fans en todo el mundo.

Por El Planeta Urbano
Una serie que vuelve a encontrar su mejor forma, la historia de un hombre que trata de escapar de sus propias heridas y una selección imprescindible con filmes de un maestro del cine contemporáneo.
Por El Planeta Urbano

Cada vez más mujeres deciden preservar su fertilidad para mantener abiertas sus posibilidades reproductivas. Qué implica el proceso, cuáles son sus límites y cómo la tecnología está transformando la medicina reproductiva.