Cuando una canción une generaciones
Por Malena Garré
“¿Qué es una canción?”, pregunta un psicoanalista.
“Un lugar donde alguien descubre algo de sí mismo sin darse cuenta”, responde el Indio Solari.
Y entonces me pregunto: ¿qué pasa cuando las canciones que nos descubrieron a los veinte vuelven a visitarnos a los sesenta, a los setenta o a los ochenta?
Quizás la vejez también sea eso.
Un lugar donde volvemos a escuchar las mismas canciones y descubrimos que ya no hablan de quienes fuimos, sino de quienes somos.

Durante mucho tiempo imaginamos la vejez como una etapa de pérdidas. Menos trabajo, menos velocidad, menos fuerza, menos futuro. Como si la vida fuera una línea recta que inevitablemente descendiera después de cierta edad. Pero la experiencia suele ser bastante más compleja. Hay personas que llegan a la vejez y descubren aspectos de sí mismas que nunca habían tenido tiempo de escuchar.
Como en una canción.
Porque una canción no siempre revela algo nuevo. A veces revela algo que estuvo ahí desde el principio.
La socióloga británica Kathleen Woodward sostiene que envejecemos en una cultura obsesionada con la juventud, una cultura que nos enseña a mirar la edad como un defecto que debe ocultarse. Quizás por eso nos sorprende tanto cuando una persona mayor decide reinventarse, enamorarse, mudarse a otro país, estudiar una carrera o empezar un proyecto. Como si el autodescubrimiento tuviera fecha de vencimiento.
Pero no la tiene.
De hecho, algunos estudios muestran que muchas personas experimentan un aumento en los niveles de bienestar subjetivo después de los cincuenta años. La llamada “curva en U de la felicidad” sugiere que, tras las presiones de la adultez media, numerosas personas encuentran una mayor sensación de sentido y satisfacción en etapas posteriores de la vida. No porque desaparezcan los problemas, sino porque cambia la manera de habitarlos.

Como cambia una canción.
Hay letras que a los veinte parecen hablar de amores. A los cuarenta, de pérdidas. A los sesenta, de tiempo. Y a los ochenta, de memoria.
La canción es la misma.
El que cambió es quien escucha.
Quizás por eso Luis Alberto Spinetta escribía que “mañana es mejor”. No como una promesa ingenua de felicidad permanente, sino como una forma de resistencia frente a la idea de que todo lo valioso quedó atrás. Hay una sabiduría profundamente antiviejista en esa frase. La posibilidad de que todavía haya algo por descubrir.
Algo de nosotros mismos.
Porque el viejismo —esa forma de discriminación basada en la edad— no solo limita oportunidades. También limita imaginarios. Nos convence de que cierta edad es demasiado tarde para empezar algo, para cambiar de opinión, para enamorarse o para soñar.

Sin embargo, la realidad insiste en desmentirlo.
Las personas mayores escriben libros, fundan organizaciones, inician vínculos, aprenden idiomas, cuidan nietos, militan causas y reinventan proyectos de vida. No porque ignoren el paso del tiempo. Precisamente porque lo conocen.
En una época obsesionada con la novedad, hay fenómenos que desafían las reglas del tiempo. El Indio Solari es uno de ellos.
En sus recitales convivían adolescentes que acababan de descubrir una canción con personas que la cantaban desde hacía treinta años. Padres e hijos compartían un mismo repertorio, una misma emoción y, muchas veces, una misma historia. Pocas experiencias culturales lograron construir un puente intergeneracional tan potente.
En términos académicos, la solidaridad intergeneracional puede definirse como un principio estructural que exige la construcción de vínculos de corresponsabilidad entre generaciones, favoreciendo la transmisión de saberes, el apoyo mutuo y la distribución equitativa de recursos y cuidados, con el fin de asegurar una convivencia basada en la dignidad humana, la igualdad y la inclusión a lo largo del curso de vida.
Desde la gerontología, el derecho y las ciencias sociales, la solidaridad intergeneracional implica que las generaciones no se conciben como grupos aislados o en competencia, sino como integrantes de una comunidad que comparte recursos, cuidados, conocimientos, responsabilidades y oportunidades.

Incluso la Organización de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud han vinculado este concepto con el envejecimiento saludable, la cohesión social y la lucha contra el edadismo, destacando que las sociedades sostenibles requieren fortalecer los lazos entre personas jóvenes, adultas y mayores.
En definitiva, la solidaridad intergeneracional supone comprender que ninguna generación se basta a sí misma: todas heredan, transforman y transmiten recursos materiales, culturales y afectivos, en una trama de reciprocidades que sostiene la vida en común.
Quizás allí haya una enseñanza para pensar las nuevas longevidades. Durante demasiado tiempo imaginamos a las generaciones como compartimentos estancos: los jóvenes por un lado, las personas mayores por otro. Sin embargo, el futuro parece exigir exactamente lo contrario. Sociedades más longevas necesitarán más diálogo entre edades, más intercambio de experiencias y menos fronteras generacionales.
El Indio, sin proponérselo, mostró algo que la gerontología viene señalando desde hace años: las edades pueden diferenciar, pero no necesariamente separan. La cultura, la música y los afectos tienen la capacidad de reunir en un mismo espacio vital a personas que nacieron en décadas distintas.
Tal vez el verdadero desafío de una sociedad que envejece no sea aprender a convivir con más personas mayores. Tal vez sea aprender a construir experiencias comunes entre generaciones.

Como en esas canciones que, contra toda lógica, siguen siendo nuevas para alguien y memoria para otro.
Y tal vez allí radique el secreto.
La juventud suele creer que la identidad es una construcción.
La vejez sabe que también es una revelación.
Una canción que escuchamos durante décadas hasta entender finalmente de qué hablaba.
O peor.
Hasta descubrir que siempre estuvo hablando de nosotros.
Porque quizás el Indio tenía razón.
Y una canción sea, efectivamente, ese lugar donde alguien descubre algo de sí mismo sin darse cuenta.
Solo que algunas canciones tardan toda una vida en terminar de sonar.

