Eco al Infinito: la intervención en altura de Constanza Schwartz que invita a frenar y mirar distinto
En el atrio vidriado de Lumina San Isidro, la artista despliega una instalación colgante de 108 metros que transforma el espacio corporativo en una experiencia sensible.
Una inmensa escultura nos obliga a mirar hacia arriba. En tonalidades rojo y naranja, la obra colgante irrumpe el atrio vidriado de Lumina San Isidro, uno de los más grandes de Latinoamérica. Se trata de Eco al Infinito, la obra de Constanza Schwartz que captura todas las miradas y obliga a cambiar la perspectiva.
La intervención consiste en cuatro cuerpos escultóricos suspendidos en el aire y pensados para acompañar el recorrido de quienes transitan el edificio, convirtiéndo en una pieza viva que dinamiza la vida interior del espacio ofreciendo una experiencia cambiante. Pensada exclusivamente para este entorno y con 108 metros de largo, responde a la tendencia de sumar arte site-specific en ambientes corporativos para proponer una pausa sensible y una nueva forma de hablar el ambiente de oficinas.

“Primero me convocaron para hacer una escultura de piso, pero cuando veo el techo y me entero que es el atrio más grande de latinoamérica, inmediatamente empiezo a dibujar y a pensar en esos triángulos que mutan en esos cuerpos y aúnan una temporalidad que crean la figura de aquellos que alguna vez pisaron o dejaron huella en esa tierra ", relata la artista multidisciplinar en exclusiva a El Planeta Urbano.
De edificio a escenario vivo: un recorrido inmersivo
El edificio, creado por Mario Roberto Álvarez, no se queda quieto: rebota la luz, la corta, la multiplica. Los vidrios devuelven sombras que se estiran y se expanden hasta perderse, como si el espacio no tuviera borde. Todo cambia según la hora del día. A medida que uno avanza, los colores suben o bajan de intensidad, las formas parecen desplazarse en el aire y los reflejos arman un juego casi infinito donde las figuras se duplican y se desdibujan. En ese eco que insiste aparece una sensación de continuidad, de tiempo que no se corta.
Ahí es donde la obra de Schwartz deja de ser solo algo para mirar. No hay espectador pasivo posible. El que pasa activa la pieza, la modifica con su recorrido, con su ritmo, con su propia presencia. El cuerpo entra en juego, igual que la luz y el tiempo. Todo eso termina de construir la obra, que se corre de lo puramente visual para volverse experiencia.

La escala impacta, sí, pero no es solo eso. Las formas geométricas, simples en apariencia, funcionan como un lenguaje directo que cualquiera puede leer, aunque debajo haya una estructura conceptual más compleja. No hace falta entenderla del todo: alcanza con transitarla. Porque en ese cruce, en ese diálogo constante entre las piezas y la arquitectura, el límite se vuelve borroso. ¿Dónde termina la obra y dónde empieza el edificio?
Así, en medio de la lógica productiva de una oficina, aparece un corte. Un pequeño desvío. La instalación propone eso: frenar, levantar la vista, dejarse atravesar por algo que no responde a la urgencia. Entre lo funcional y lo sensible, entre lo estructural y lo emocional, Eco al Infinito encuentra su lugar. No como un objeto que decora, sino como algo que interrumpe la forma en que habitamos el espacio.

