Así es "Diario Ártico", la obra extrema de Nico Sorin
El documental registra su viaje al Polo Norte para componer en aislamiento, en un entorno donde el tiempo, el clima y el silencio dejan de ser contexto y pasan a formar parte activa del proceso creativo.
Luego de sus experiencias en la Antártida —donde compuso su Sinfonía Antártica—, Nico Sorin viaja al
Ártico durante un mes con un objetivo preciso y a la vez incierto: escribir una nueva obra en
condiciones de aislamiento, enfrentado a un paisaje que no ofrece referencias ni concesiones. Lo que
comienza como un archivo personal deriva en una película que documenta el vínculo entre creación,
cuerpo y entorno en estado puro.
En "Diario Ártico", la música no aparece como resultado sino como proceso. La cámara acompaña ese
tránsito: la soledad, el clima, el silencio, la percepción alterada del tiempo. En ese contexto, componer
implica exponerse. La obra se construye entre la fragilidad y la persistencia, entre la contemplación y
el desgaste, en una geografía donde cada decisión tiene peso físico.

La presentación en Artlab expande esa experiencia más allá del formato cinematográfico. La jornada
comienza con el solo set Ártico, una serie de improvisaciones registradas durante la expedición, donde
el material sonoro emerge directamente del entorno y del momento. Luego se proyecta el documental
y se abre una conversación con el artista, que permite acceder a las capas menos visibles del proceso.
El cierre propone un desplazamiento adicional con Concierto Bipolar, una obra que pone en diálogo
la Sinfonía Ártica y la Sinfonía Antártica. Dos composiciones nacidas en polos opuestos del planeta
que, reunidas, configuran una misma pregunta: qué ocurre cuando la creación se enfrenta a la escala
de la naturaleza.

Entradas disponibles aquí
Sobre el artista
Formado en Berklee College of Music y con una trayectoria que abarca la música sinfónica, el cine, el
rock y la electrónica, Sorin ha construido un recorrido singular dentro de la escena argentina. En este
proyecto, ese recorrido se condensa en una experiencia donde la música ya no es solo lenguaje, sino
también territorio.

