Abril Sosa: "Se escribe mejor desde la herida"
Entre Buenos Aires y Madrid, el cantante regresa con Un hombre sentado en un cuadro de Chagall, su nuevo álbum solista. Aquí, aborda su salida de Catupecu Machu, evoca la memoria de Gabriel Ruiz Díaz y reflexiona sobre el arte que nace del dolor.
Crear desde la herida es seguir el gesto órfico: ese impulso de transformar el dolor en melodía y de darle sentido al vacío. Después de un tiempo de silencio y de exilio emocional en Europa, Abril Sosa volvió a Buenos Aires para darle forma a su tercer disco solista, un trabajo que emerge de una doble pérdida: la ruptura con Catupecu Machu y el fin de un vínculo amoroso, dos despedidas que lo enfrentaron a una soledad creadora.
Encarnado en la figura del artista que invoca el poder de la música para sobrevivir, recreó el mito de Orfeo y descendió al Hades para convertir su desdicha en canto. En ese descenso reafirma lo que Nietzsche escribió en "El nacimiento de la tragedia": allí donde conviven el impulso dionisíaco y la forma apolínea que lo contiene y le da sentido, se consolida una de las premisas más antiguas de la historia: que del dolor surge el arte, y del caos, la belleza.

–El título "Un hombre sentado en un cuadro de Chagall" remite al artista bielorruso y a ese universo entre lo real y lo onírico, donde el encanto convive con el desarraigo. ¿Hay en esa elección una analogía con tu propio tránsito?
–El destierro de Chagall fue durísimo, no puedo compararlo con el de un porteño yéndose a Madrid con todas las comodidades (se ríe). No sé si el disco tiene una relación directa con su obra, pero sí indirecta: Chagall es uno de mis pintores favoritos. Esa cosa de sus cuadros, que no sabés si son sueños, recuerdos o realidades, también es muy borgiana. Y Borges significa mucho para mí.
–¿Cómo describirías la búsqueda sonora de este nuevo álbum?
–Partió de unos demos que vengo trabajando desde hace casi dos años. Cuando llegaron a manos de Felipe González, mi productor, dieron una vuelta interesante y se volvió un disco bastante electrónico. Electrónico en el sentido de Björk, Radiohead o Massive Attack: mucha programación, capas, texturas. Pero quisimos sumarle energía humana, más allá del audio o del instrumento. Si bien es superpopero, hay algo de mi bagaje del rock. Es una fusión entre lo programado y lo orgánico.
–¿Desde qué lugar emocional o filosófico nace este nuevo trabajo?
–El mensaje central es el de siempre: el amor, la muerte, la felicidad, la tristeza, la existencia. Me cuesta escribir sobre temas sociales; me encantaría, pero siempre parto de la introspección. Muchas canciones están trazadas por el final con Catupecu, porque –no sé si sabés– me terminaron echando de la banda. Eso inspiró sentimientos tristes, adversos, incluso esquivos. Hay un tema que se llama “Roto”, que se lo escribí a Fernando: es una canción de una amistad en desamor, pero con amor de trasfondo. También atravesé una separación, y de ahí salieron muchas letras.

–¿Se escribe mejor desde la herida?
–Totalmente. No soy un gran fanático de Calamaro, pero me resulta interesante algo que dijo: que para hacer canciones uno necesita estar un poco enojado con alguien, necesita tener enemigos. Y es verdad: si estás muy bien, no te pinta la creatividad. Desde el punto de vista budista, el sufrimiento puede ser un gran maestro. Cuando me expulsan de Catupecu y, en la misma semana, me separo de mi novia, estaba en Berlín produciendo un disco. Fue un momento muy triste; no vamos a ahondar en detalles personales, pero las dos separaciones fueron abruptas, violentas y poco amorosas. Muchas cosas del disco nacieron ahí, de lo que iba escribiendo. En el departamento donde me alojaba había una postal de una obra de Chagall que me gusta mucho: un campesino sentado en una silla. De ahí nace el disco y su nombre, de esos días de dolor. Y sí, me robé la postal, la tengo todavía (se ríe).
–Contaste que tu relación con Fernando Ruiz Díaz siempre fue difícil, y que Gabriel funcionaba como un puente. ¿Por qué armar una banda con esa dinámica?
–Con Fernando siempre tuvimos una relación difícil, pero no le echo la culpa a él. El tango se baila de a dos. Éramos obstinados, y Gaby, de algún modo, actuaba como juez. A los 20 yo sentía que estaba dentro de una dictadura, no en una banda libre. Yo quería libertad, y el arte para mí es eso. Cuando se hizo el homenaje a Gaby en el Quilmes Rock vine desde Madrid para tocar. Me encontré con un Fernando más humano, más tranquilo. Me reencontré con el de los 12 años. Cuando me propuso volver con Catupecu, dije: “Obvio”. Lo hicimos movidos por la idea de regresar a la raíz, de reencontrarnos con Gabriel. Su muerte fue muy dura, sobre todo para ese núcleo más íntimo. Quisimos revivirlo, pero Gabriel no revivió. Seguimos siendo las mismas personas mañosas. Yo crecí, sané muchas cosas, y la verdad, esperaba que me llamara y me dijera: “Che, boludo, no podemos seguir así. Cuando vengas a la Argentina, toquemos, nos cagamos de risa, nos tomamos un vino”. Así debía terminar entre personas sanas. Pero no: me rajaron. Y eso me dolió mucho.
–¿Esa tensión que siempre existió entre ustedes funcionaba como un motor creativo o un obstáculo?
–Era un motor. Esa dinámica nos potenciaba. En vez de competir, sacábamos lo mejor del otro. Nunca hubo quilombos de guita, ni de mujeres, ni de egos. Catupecu respetaba mucho el espacio de cada uno: cuando tocábamos, los tres estábamos adelante, como diciendo “todos somos protagonistas”.

–¿Cómo se resignifica la muerte de Gabriel con el tiempo?
–Aprendí que la tristeza hay que sentirla y no superarla. Superar algo así es una forma de matarlo. Acepté que la muerte de un amigo tan cercano mató una parte de mí. Ese amigo que yo era en relación a Gabriel no existe más. La tristeza es doble: no está el otro y tampoco está uno. No soy más el amigo de Gabriel. Lo acepté, aunque me siga doliendo.
–¿Qué diferencia hay con Cuentos Borgeanos de lo que fue Catupecu?
–Justamente eso que hablábamos antes, la libertad. Con Cuentos somos muy amigos. Este año nos juntamos, tocamos, y el año que viene vamos a volver a hacerlo. No hay egos ni recelos. Es un grupo donde nos respetamos mucho. Es más una banda de amigos, como lo era Catupecu al principio.
–En otras entrevistas dijiste que el miedo a la fama te hacía huir. ¿De qué te escapabas?
–No me gusta nada que se parezca a la fama. Me encantaría ser escritor, crear en el anonimato total. La música te expone, y eso no me gusta. Cuando tuve momentos de mucha visibilidad con Catupecu o con Cuentos, cuando firmamos con Universal, entendí que lo que me incomodaba no era el éxito, sino la exposición. Hoy lo acepto un poco más: no soy famoso, soy alguien conocido dentro del círculo musical. Pero no podría vivir bajo esa lupa constante.

–En Madrid armaste tu estudio. ¿Cómo influye ese entorno en tu mirada como artista?
–Me siento una persona bastante desarraigada. Siempre digo que soy un argentino no geográfico. Lo que valoro no es la tierra, sino la esencia humana. Eso es lo que me conmueve. Madrid no es una ciudad muy inspiradora, pero estás cerca de Europa, pasan muchas cosas. La nostalgia, creo, es más humana que geográfica.
–También escribís poesía. ¿Cómo dialoga con la música y la pintura?
–En mi caso, se unen. Esa es mi vida. Estoy en relación directa con la literatura, la pintura, la poesía, pero no desde el esnobismo sino desde lo vivencial. Pinto desde muy chico, escribo poesía, leo muchísimo, escucho música todo el día. Soy hipermelómano, vivo con los auriculares puestos. Uno traduce en la obra lo que es. Y yo soy eso.

