Camila Sosa Villada: "El cine es muy misógino, es imposible pelear contra esa industria"
La reconocida escritora presenta La traición de mi lengua y protagoniza Tesis sobre una domesticación, película basada en su propia novela. En diálogo con EPU, reflexiona sobre su experiencia en el set, las tensiones de la industria y afirma: “No hay forma de que vos puedas hacerte valer como actriz en el cine”.
En pocas semanas, Camila Sosa Villada presentará su nuevo libro, La traición de mi lengua, y la película Tesis sobre una domesticación, basada en su novela homónima y dirigida por Javier Van de Couter. En esta entrevista, la autora de éxitos como Las malas y Soy una tonta por quererte, reflexiona sobre su protagónico en la pantalla grande, donde estará acompañada por el actor mexicano Alfonso Herrera, y asegura: “El cine es muy misógino, es imposible pelear contra esa industria”.
–Película, libro, todo junto. ¿Es momento de cosechar ahora?
–Yo no lo veo en términos de cosecha y siembra; las cosas acontecen. Me pasan porque sí, porque me entrego a lo que me propone la vida, qué sé yo.
–Que salgan juntos es una coincidencia.
–Sí, es una coincidencia, nada arbitrario. Te digo que me facilita un montón porque no sé si me bancaría una promoción y otra promoción después. Aunque va a ser así.
–¿Cómo recibiste el feedback de Tesis sobre una domesticación en los lugares donde ya la mostraron?
–Ganó como “Mejor Película” en Chicago. En los otros festivales no le dieron mucha bola, pero es una película controversial.

–Hace mucho que te queríamos ver en el cine otra vez. ¿Por qué tanto tiempo sin actuar en la pantalla grande?
–Porque no me llaman. Y cuando me llaman, me proponen una mierda. Eso es lo que pasa. No hay personajes interesantes. Pero no es un problema solo con las travas, un problema de representación. Es un problema de semántica pura. No sé qué pasa que no hay buenos personajes.
–Y cuando se barajó la oportunidad de que fueras la protagonista, dijiste: sí, vamos.
–No, ¿sabés que no? Me parecía que Mariana Genesio Peña tenía que ser la protagonista. Yo no lo quería hacer para nada, no tenía ganas. El cine es muy misógino, es imposible pelear contra esa industria, no hay forma de que vos puedas hacerte valer como actriz en el cine. Entonces, me parecía que lo tenía que hacer otra persona. Pero cuando me dijeron que Poncho (Alfonso Herrera) iba a ser el actor, dije: “Voy a aprovechar para darme unos besos con el chico”, y la verdad que me salió bien, porque lo que se ve en la pantalla fue así. También fue una apuesta mía. Yo dije: “Tengo que ir y enamorarme de este hombre”. Y no quise ni siquiera conocer a la novia que tenía en ese entonces. Cuando Poncho llegó a Buenos Aires con la novia, nos invitaron a todos a cenar y yo dije: “No, no la voy a ir a conocer porque yo tengo que estar enamorada de él. Tengo que estar perdidamente enamorada de él”.

–Y si la conocías iba a haber un impedimento.
–Bueno, al final del rodaje volvió la novia y yo sentí un poco vergüenza de toquetearlo, de besarlo, de hacer todo lo que tenía que hacer con él. Incluso estaba celosa también. No podía decir la locura que yo tenía en la cabeza en ese momento, pero estuvo bien. Y lo demás fue él; él se entregó, no sé cuántos actores se animan a hacer lo que él hizo. Tener escenas tan jugadas con una trava, eso ya es un montón. Él venía de trabajar con las Wachowski en Sense 8, donde hacía de gay. Pero los dos actores hacían de gays. Acá había una trava en serio. Para mí es uno de los mejores actores que tiene Latinoamérica en este momento. Que se ha criado en un set, su vida entera es eso. Él dice que cuando está fuera del set, se siente perdido. Me parte el corazón.
–¿Y a vos qué te pasa en el set?
–No me quiero meter en un problema. Siendo demasiado honesta, yo tenía mucha rabia. Estaba rabiosa, enojada. Yo veía que no entendían la magnitud de la cabeza de esta mina. Lo que la protagonista hacía. Después, no había nadie en el set que supiera más de esa película que yo. Ni el director, ni el director fotográfico, ni la productora, ni los productores, nadie sabía más que yo. ¿Vos pensás que en algún momento vino el director de fotografía a preguntarme si esa toma era la que tenía que ir para ese momento? ¿O que Javier vino en algún momento a preguntarme: “che, ¿te parece que la cámara esté acá o no?”? Como si yo no supiera de cine, además. Como si solo fuera el instrumento del director.

Yo pensaba todo el tiempo que era una película de la cámara, que era una película donde había ganado el director de fotografía. Y yo no había sabido defender mi libro, ni había sabido defender mi actuación. Eso es lo que yo creía cuando estaba en el set. Yo no hago tele, no hago cine, no hago nada de eso porque es para ir a pelearse, es ir a pasarla mal. Son niños ricos jugando con juguetes caros. Y sí, es así desde los inicios. Y a la trava que escribió la novela, que escribió el guion, que la está protagonizando, que se pone en pija, que tiene que coger con siete personas distintas, nunca le preguntaron: “¿Te parece que te tome desde acá con la cámara?”. Entonces la pasaba mal.
–¿Qué hacías cuando volvías a tu casa después de filmar?
–Lo único que hacía era hacerme una brusqueta con palta, queso, huevo, jamón si tenía, salmón. Me tomaba un café y me iba a dormir. Al otro día me levantaba, me daba un baño y me iba al set. En mi cumpleaños me la pasé encerrada en un ascensor, por ejemplo. Y yo digo: bueno, esto es la abnegación de las actrices; una profesión de mártires, de bancarse que el director de El último tango en París dejara que Marlon Brando violara a Maria Schneider, total estaba todo bien. O que Tarantino la hiciera chocar a Uma Thurman, que casi la pierdan. La actriz tiene un pensamiento, la actriz recuerda, la actriz sonríe, la actriz sangra, la actriz hace esto, la actriz hace lo otro. Eso fue mi cumpleaños. A la noche me desquité y me fui con Lucrecia Martel a hablar mal de toda esta gente, de la gente del cine, de la gente de clase media universitaria.

La estaba pasando realmente muy mal. Pero no era un problema de la gente. No era específicamente Javier o la producción. Era yo que nunca estaba ahí, porque yo no soporto ser abnegada y mártir por otro. Sí por mí, por mis padres, y por algunos amigos. Pero por una película… Nadie se muere por una película que no te pidió nadie, que vos la querés hacer. Eso me pasaba ahí, renegaba de la industria, no de las personas. Ah, pero voy a hacer teatro, voy a hacer algo muy bonito. Es tan distinto el teatro al cine. Por eso admiro a las actrices. Por eso escribí una novela. El teatro te hace estar todo el tiempo con algo en la cabeza, algo interesante para pensar.
–Contabas que sentías que tenías que enamorarte de Alfonso Herrera.
–Cuando filmamos la primera escena de sexo con Poncho, esa mañana me fui a comprar un perfume. Fui a la perfumería y le dije: “Necesito un perfume que huela a matanza, que huela a cadáveres, que haya dejado a un tendal de cadáveres, una asesina”. Y me ofrecieron finalmente uno que se llama “Culpable”. Tocar esa piel tenía que ser un gozo para él y para los otros actores, no podía ir toda áspera.
–Hablás de una técnica para actuar. ¿Hay una para escribir?
–Si hubiera una técnica, la escritura no sería libre. Por supuesto que hay una técnica en los escritores. Yo no; yo escribo cuando tengo ganas. Capaz que mi técnica es esa. Escribo cuando tengo ganas, cuando el tiempo me cura, cuando los editores o las editoriales me apresuran. El no escribir no es una preocupación para mí. Después, sí hay cosas que funcionan en la edición. Por ejemplo, siempre empezar desde el principio, que es como hacer un ensayo general. Y después, no tenerme piedad. No hay que tenerse piedad.

–¿Y la inspiración?
–La inspiración puede venir, como en el caso de Tesis…, imaginando a esa actriz parada frente al mundo sin importarle nada, o a través de recuerdos, algo que viene del pasado. Yo creo que la inspiración es el acto de recordar.
–¿Qué diferencias encontraste en el proceso de escritura de Tesis… y La traición de mi lengua?
–Tesis sobre una domesticación fue de esos libros que te devastan al escribir. Antes había leído a Joan Didion, entonces me preocupaba muchísimo la gramática. Ahora, con La traición de mi lengua, fue puro placer, ¿sabés? Atreverse a pasarla bien. Vino mi editora, estuvimos en mi departamento, la hospedé. Yo no hospedo a nadie, me da fobia, solamente a mi madre. Y bebimos, lo leímos en voz alta, pensamos que había que sacar algunas cosas, que algunos textos debían separarse, otros juntarse. Es un libro muy querido por mí.
Fotos: Seba Freire/ Planeta

