Casi todo ya ha pasado: la última visita de Joaquín Sabina a la Argentina
En medio de su última gira, “Hola y adiós”, el cantautor español se despide de su Buenos Aires querido con una seguidilla de diez Movistar Arena completamente sold out, demostrando una vez más por qué, en palabras del artista, es una ciudad hecha para él.
Es 1984, Joaquín Sabina camina por la nocturnidad de la calle Corrientes, goza las mieles del (fugaz) anonimato, se mete en bares y librerías, lee, va a cenar y se enamora de una ciudad porteña, siempre idealizada en su mente que lo abraza para no soltarlo más. “Es una playa macedónica tan cierta/ y tan absurda viven Borges, Dios y el rock and roll”, describe en la canción “Buenos Aires”, que está en el disco Enemigos íntimos que compuso junto a Fito Páez.
Cuatro años después de ese paseo, el cantante y poeta español toma otro avión a Buenos Aires, pero esta vez no para deambular por la noche, sino para dar una conferencia de prensa en La Casona del Conde de Palermo y promocionar su primer show en el teatro Opera, en el que presentaría El hombre del traje gris. Fue una apuesta que mantuvo en vilo a todos (músicos y productores), pero sus canciones superaron los kilómetros de distancia y cuando todavía no existían las redes sociales, empezó a construir su popularidad con el público argentino.
SU BUENOS AIRES QUERIDO
“Cuando aterricé en Ezeiza no me conocía nadie. Comencé a caminar por Buenos Aires, por Corrientes, con las librerías abiertas toda la noche y con cafés en cada esquina. Pensé que el territorio de los sueños existía. Esa ciudad estaba hecha para mí. Me identifiqué, me sirvió para hacer canciones, para pasar noches interminables, para conocer a Charly García, a Fito Páez, a la Negra Sosa. Tiene un público que, no lo digo yo, es el público más caliente y apasionado del mundo. No sé cuál es la razón, es así”, dijo en una de sus entrevistas.

Desbloqueada esa barrera, continuó ofreciendo shows en el país y las locaciones fueron cambiando. Primero se cruzó al Gran Rex, siguió por el Luna Park, hasta llegar a ofrecer dos presentaciones en el estadio de Boca, “en mi querida Bombonera”, como definió en su momento, en referencia a su pasión por el Xeneixe. “Le toca a Palermo tocar el balón/ "la doce" se altera/ le toca al gallego/ tocar este son... / para una bostera/ el año en que Boca salió campeón/ en la Bombonera”, canta en la canción “Dieguitos y Mafaldas”, inspirada en una novia argentina.
Amigo de Diego Maradona, Charly García, Andrés Calamaro y Fito Páez –a pesar del cortocircuito que devino por la grabación de Enemigos íntimos en 1998 y una fallida gira – su vínculo con la ciudad fue determinante en su estética artística. “Yo sí tenía mi mitología de Buenos Aires, que venía del tango, de Borges, de Cortázar, de Atahualpa Yupanqui. Esas cosas las leí de joven. Tenía la intuición absurda de que era una ciudad hecha para mí. Me sentí que la ciudad tenía que ver con mis fantasías…”, fue otra de las referencias que compartió para explicar su amor.

EL ÚLTIMO ADIÓS
A sus 76 años, con su voz de haber vivido 19 días y 500 noches –aunque desde hace tiempo retirado de los amaneceres– vuelve a Buenos Aires para brindar su gira despedida “Hola y adiós”, y coronar una relación que empezó a fines de los 80 y se sostuvo a lo largo de los años con la fraternidad de un público siempre atento a sus movimientos. Con el poder de una prosa potente, melodías talladas a favor del relato, Sabina empezó a desandar el hechizo de su encanto con diez shows (agotadísimos) en el Movistar Arena y demostró los motivos por los cuales la plataforma YouTube Music Charts se sorprende con el dato de que ya tuvo 50 millones de reproducciones en el último año en nuestro país, siendo Buenos Aires, Rosario y Córdoba, las ciudades que más la escuchan.

“Estaba en el camerino pensando qué iba a decir en este momento y lo primero que quiero decir es que mi relación con esta ciudad es muy larga, de amor verdadero. Es una segunda casa para mí y muchas veces es la primera. Mis amigos de Madrid saben que siempre digo que, si alguna vez me pierdo, que vengan a buscarme a Buenos Aires”, fue una de las tantas cosas que resaltó el lunes pasado, cuando saltó al escenario para dar el puntapié inicial. “Buenos Aires ha sido siempre un enorme foco cultural: el Martín Fierro, Borges, Cortázar y mi queridísimo Juan Gelman. Y la canción. Gardel, Yupanqui, Discépolo, el Polaco (Goyeneche)... Mercedes Sosa me pidió canciones y se las di”, agregó emocionado.
MAESTRO DE LA CANCIÓN
“Lo conocí a Joaquín a fines de los 80 por un amigo que tocaba sus temas en la guitarra. O sea, lo escuché por primera vez en boca de ese amigo y ahí empecé a buscar sus discos”, dice Iván Noble a El Planeta Urbano, quien tuvo su primer acercamiento al artista español en 1993, cuando invitó a Los Caballeros de la Quema a abrir su show en Ferro. “Fue generosísimo y tuvo un gesto hermoso. Apareció en el camarín y nos dijo que, si nos parecía buena idea, quería salir a presentarnos y explicar quiénes éramos nosotros. Recién teníamos un primer disco, Manos vacías. En el ámbito del rock éramos medianamente conocidos, estábamos en ascenso, pero no habíamos hecho ningún tipo de crossover”, revive el autor de “Avanti Morocha”, ahora a cargo de abrir todos los shows de Sabina en el Movistar Arena.
Y agrega: “Todavía era de día y salió a presentarnos. Cuando terminó el show, vino a felicitarnos y nos regaló unos de esos gabanes que usaba, después nos invitó a comer. A partir de ahí, siempre que vino a Buenos Aires lo vi. No soy su amigo, no tengo ese estatus, pero siempre que vino acá, nos cruzamos”.

Noble tejió un vínculo con el cantautor español que los llevó a componer “Otro jueves cobarde”, canción que ocupa un lugar en el disco Fulanos de nadie de Los Caballeros de la quema, y a transitar algunas anécdotas juntos. Por ejemplo, una mañana de martes temprano, donde se cuenta que nadie durmió, yendo a grabar ese tema, partieron de un hotel de Retiro hacia los estudios Panda, barrio de Floresta, y al pasar por los bosques de Palermo, Sabina con botella de whisky en mano, bajó la ventanilla del auto y le gritó a los que hoy se conocen como “runners”:“Estáis equivocado, esa vida es una porquería”.
“De esa experiencia, mi anécdota preferida es el momento de escribir la canción. Estábamos en la habitación de su hotel, tomando whisky y mientras le estoy mostrando la música con la guitarra, agarró un cuaderno, una birome y me dijo: “Dale, empecemos”, se armó un ida y vuelta, porque quería que arranque él. Estuvimos unos minutos a ver quién empezaba a escribir, hasta que medio fastidiado, me dijo, si no me vas a faltar el respeto, no lo vamos a poder hacer. Eso me pareció generoso y un gesto muy lindo. Es una canción que adoro”, recuerda con una sonrisa.
LA POESÍA ESTÁ EN LAS CALLES
Amo y señor de la canción popular, Sabina tejió con todas sus letras un entramado de alta poesía, literatura y, sobre todo, mucha, demasiada calle.

“De los tipos que están vivos y escriben en castellano, Sabina es el mejor, lejos. Hay una tradición de escritores de canciones en castellano de la cual Argentina es privilegiada, desde la época de los tangueros. Nadie escribió canciones como los tangueros: Homero Manzi, Catulo Castillo, Homero Esposito. Es muy difícil llegar a esas alturas poéticas en el género canción. Después tuvimos a Charly, Moris, Javier Martínez, todos tipos enormes. Pero, insisto, en castellano, hay canciones de Joaquín que no tienen nada que envidiarles a otros tipos que admiro profundamente como Leonard Cohen o Bob Dylan. Es un maestro de la canción”, sintetiza Noble.
Fotos: Guido Adler

