La Patria Stone: la llegada de Ronnie Wood a la Argentina y la mística de una pasión sin igual

Con fechas en el Movistar Arena y Rosario, el guitarrista stone desembarca en el país para reencontrarse con su público más apasionado. Historia, pertenencia barrial y los códigos inquebrantables de un ritual que trascendió la música para volverse identidad.

Hay una escena que se repite en la Argentina desde hace más de treinta años. Un pibe o una piba con flequillo recto, pañuelo al cuello y zapatillas blancas, con la lengua de los Rolling Stones estampada en la remera, hace la fila para un recital de rock. O también, por qué no, para entrar al boliche más pegado de Puerto Madero. Y no es su outfit de ocasión ni un Get Ready With Me para las redes, realmente se viste así todos los días. Los llaman rolingas, stones a secas, representan una de las subculturas urbanas más longevas, apasionadas e inclasificables de la historia del rock mundial. Un fenómeno que la sociología local intentó conceptualizar, que el cine a veces parodió, pero que en el fondo encierra un código identitario profundo: la transmutación de una banda de blues británico de los 60 en un estilo de vida autóctono, atravesado por la pertenencia barrial, la lealtad y la mística de la calle como solo en Argentina podría ocurrir.  

Para entender cómo una banda inglesa terminó siendo tan nuestra, hay que mirar lejos de los estadios. La semilla se plantó en los 70, entre un público de clase media y media-baja que encontró en el sonido stone algo propio. Creció en los 80 con los Ratones Paranoicos, que le dieron forma de género, y estalló en 1995, cuando los Stones pisaron por primera vez el país y la tribu se hizo visible para todos.

Hoy ese ciclo vuelve a abrirse con un nombre propio. El viernes 6 de noviembre, en el Movistar Arena, y el domingo 8 en el Metropolitano de Rosario, Ronnie Wood, el bohemio que pinta cuadros en los camarines y tira magia con su guitarra acompañando a Keith Richards, presentará Fearless: Anthology 1965-2025 al frente de Ronnie Wood & His Band, con la cantante irlandesa Imelda May como invitada. Será su primer show solista en el país, aunque conoce el terreno: estuvo con los Stones en 1995, 1998, 2006 y 2016 con shows inolvidables y una mística que siguió creciendo con el correr de los años. Una vez más, la pregunta inevitable es la misma: ¿de dónde sale tanta devoción divina por sus satánicas majestades? Para responderla, hay que volver a la calle.

LA MOVIDA EN LOS BARRIOS

A mediados de los 80, la noche del barrio de Flores empezaba a convertirse en uno de los focos de una movida que nucleaba a pibes de los suburbios con sed de rocanrol (ningún Rock & Roll, acá castellanizamos todo). Fabián “Fachi” Crea, bajista histórico de Viejas Locas y protagonista directo de esa gesta, todavía repite de memoria los puntos de encuentro: After Eight, sobre avenida Rivadavia, con su proyector que convertía una pared blanca en pantalla gigante para mirar lo que sonaba y se bailaba del otro lado del globo, Apocalipsis, y El Conventillo, en Varela al 50. Ahí, el ritual de cada fin de semana era ver una misma película: Let's Spend the Night Together, el tour norteamericano de 1981 de los Rolling Stones. “Una y otra vez era ver ese bendito recital y, casi sin darnos cuenta, todos jugábamos a ser unos mini stone”, recuerda. 

El juego se parecía poco a un plan. Juanse, de los Ratones Paranoicos, lo definió en varias oportunidades como un malentendido: la movida nació en barrios porteños como Devoto y Belgrano, se movió por los pubs de la zona y terminó en los márgenes, donde nadie esperaba que así fuera (saber hablar en inglés por supuesto que no era algo habitual, ser músicos mucho menos). Gabriel Grieco, director de la película Argentina Stone, ubica la raíz socioafectiva en la dictadura y en Malvinas, cuando la música en idioma extranjero estaba mal vista. De ahí que la democracia trajera bandas que tradujeron esa herencia al idioma local, con covers en un inglés precario, zapadas con amigos en la esquina y letras que realmente representaran su realidad. Algunos aún hoy lo llaman copia, pero Grieco lo ve al revés: “Todas las bandas hicieron una cosa nacional y con identidad propia”.

SER Y PERTENECER

En ese choque cultural germinó una tribu urbana sin equivalente en el mapa. Más allá del look, se armó un código de conducta fundado en la pertenencia, la lealtad al territorio y una postura inquebrantable ante la vida. Lejos del tono oscuro o hasta naif de otras subculturas de la época que predicaban la paz mundial, el rolinga construyó una rebeldía auténtica, tirando pasos como Jagger y celebrando una alegría colectiva que le peleaba mano a mano a la crisis socioeconómica de los 90. La pobreza, el dolor, la exclusión y los amores truncos pasaron a ser la musa de todas estas letras que luego se encargaron de representar una época. “Muchas veces el cine o la televisión parodiaron al rolinga ridiculizando al personaje, pero cuando profundizás te encontrás con una tribu con códigos de barrio inquebrantables”, señala Grieco, quien está a punto de estrenar su film en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Y agrega: “El rolinga es un tipo con calle, siempre simpático, que la está remando pero tira para adelante. No es una moda o algo del fin de semana, es un estilo de vida, una forma de sentir y de tener esa pasión en la sangre. Algunos quizás cambiaron indumentaria, porque son más grandes, tienen que ir a trabajar a una oficina, tienen hijos… pero en el fondo, la identidad permanece”.

EL MEJOR PÚBLICO DEL MUNDO

Pocos años después, una visita lo cambió todo y confirmó que en el último rincón del mundo pasaba algo distinto. En 1992, Keith Richards fue el primer stone que tocó en estas tierras. Dudando si llenaría el estadio de Vélez donde daría el concierto, pidió sumar a Joe Cocker a la grilla, sin sospechar la locura que se gestaba de este lado del mapa. “Creo que él no se imaginaba la movida rockera que había acá. Con él y los Ratones ya hubiese sido una fiesta completa”, reflexiona Fachi sobre aquella noche bisagra que terminó multiplicando la pasión de multitudes.

Para cuando los Stones pisaron suelo argentino por primera vez, en febrero de 1995, el idilio ya era indomable, con más de 60.000 personas por fecha en River convirtiendo la cancha en un ritual futbolero: trapos colgados de la bandeja y bengalas en medio del campo. En la segunda vuelta, durante el Bridges to Babylon Tour de 1998, lo que se desprendería sería ya otra cosa: la consagración de la trinchera barrial en el escenario más grande del país. Además de los Ratones, Viejas Locas fue la banda elegida para abrir los shows. “Éramos unos pibes adolescentes, recién sacando nuestro segundo disco, Hermanos de sangre”, rememora Fachi. “Quizás por la producción nacional no fuimos tratados con mucho cariño: ¿viste esa de ‘Dale pibe, quedate en el camarín encerrado y subís a tocar cuando te digan y listo’? Pero cuando salimos, la gente explotó. Nos dio una fuerza enorme. En ese momento veníamos de tocar en Cemento para 500 personas y esa noche nos vio una multitud. A partir de ahí empezamos a meter 3.000 personas por show y cerramos el año en Obras para 6.000. Fue un escalón muy importante en nuestra carrera para consolidarnos y jugar en primera”.

La cultura stone argentina ya no era una devoción solo musical ni una respuesta de época, esto iba más allá de lo que ellos mismos podían proponer desde su arte y por eso nunca dejaron de sorprenderse. El reconocimiento de esa chispa única siempre fue recíproco. Bernard Fowler, corista de la banda, declara en Argentina Stone que aún recuerda con asombro las caravanas interminables de pibes escoltando los micros desde el aeropuerto y la multitud bailando día y noche en la puerta del Four Seasons. En el documental Olé Olé Olé!: A Trip Across Latin America, los propios Mick Jagger y Keith Richards se asoman a los balcones riendo tentados al ver a fanáticos imitando sus pasos en la vereda. El espejo se había invertido: eran ellos, las estrellas vivas más importantes de la historia del rock mundial, quienes contemplaban, entre el desconcierto y el cariño que jamás lograron dimensionar, a una tribu popular que se había adueñado del mito inglés para, paradójicamente, volverlo eternamente argentino. Pasá, Ronnie. Sentite otra vez como en tu casa.

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