Tragos, platitos y música: la dulce espera
A diferencia de otros restaurantes de la ciudad, aquí aguardar por una mesa es una experiencia en sí misma.
En medio de la jungla tropical encontramos una imponente barra de la que salen cócteles clásicos y de autor para aquellos que aguardan pacientemente a ser llamados. La escenografía botánica se complementa con una cuidadísima curaduría musical, con tardes de vinilos e invitados especiales.
Algunos de los cócteles de la carta:
-Castagnoni: Beefeater, Campari infusionado en castañas de cajú, Carpano Rosso infusionado con hojas de salvia. Una reversión del clásico Negroni.
-Cali: whisky irlandés Jameson, calabaza, piña, lima y polvo de boniato.
-El Valle: Absolut Vodka, uva, lima y almíbar simple. Fresco y frutado.
-Fresquito: Cynar, bitter de menta, lima jengibre y tónica.

También pueden disfrutarse cócteles clásicos, como un martini o bloody mary; ir por un vaso de vermú con soda o una caña. Un par de opciones para picar cierran la propuesta de espera: empanaditas varias y olivas patagónicas marinadas.
Sobre Chuí
Chuí abrió sus puertas en marzo de 2021, en plena pandemia, como una propuesta que venía a patear el tablero. Sus fundadores, Martín Salomone, Nicolás Kasakoff, Hernán Buccino e Ivo Lepes, pensaron en recuperar una zona olvidada de la ciudad, junto a las vías del tren San Martín, creando un oasis urbano: sus jardines florecidos, casi selváticos, permiten sumergirse en un contexto poco citadino, escapar de la ciudad sin salir de ella, resultado del trabajo del arquitecto Guillermo Lerner y el paisajista Ignacio Montes de Oca.
La propuesta de Chuí pone el foco en vegetales, hongos y granos, dejando por fuera la carne. No se trata de una postura ideológica, sino de proponerse un desafío: cambiar con la dinámica clásica de una cocina, expandir los límites de la creatividad y poner foco en el producto.

El equipo trabaja con dos conceptos fundamentales: estacionalidad y temporalidad. Utilizar los productos en su momento de máximo esplendor, resaltando en cada plato sus mejores cualidades. No solo se tienen en cuenta las estaciones, sino los distintos lugares geográficos en los que cada producto es planteado. Leonardo Govetto Sosa, jefe de cocina, pone un ejemplo clarísimo: “las frutillas arrancan en invierno en Tucumán y Entre Ríos, pero terminan en septiembre en Buenos Aires, tiene una temporalidad que no responde a estaciones”.
Se pide a modo banquete, todo al centro de la mesa y se comparte. ¿Qué pedir? La focaccia, el paté de hongos, babaganoush, la palta, el queso llanero, el plato de hongos, las papas Anna y alguna pizza que salga del horno a leña con el ahumado inconfundible. Terminar siempre con nota dulce: postre de chocolate o butterscotch, los best-seller de la casa.
La carta cambia continuamente, con platos que entran y salen de ella; y si bien nunca es exactamente igual, la visión de la cocina se mantiene constante. Los fuegos y el increíble horno de leña cumplen un rol protagonista, con los ya clásicos ahumados que conquistan narices y paladares.

“Es importante que no sientas que te estás comiendo la guarnición de algo, que cada plato sea pensado individualmente.Lo importante es que comas sabroso. Acá no venís a cuidarte, si tengo que aplicar una fritura lo hago. Obviamente no escapamos de lo saludable, pero si queremos aplicar ciertas técnicas lo vamos a hacer” comenta Govetto.

