Antonela Rocuzzo: el arte de parecerse a nosotros

Sin decir palabra consiguió una popularidad y un nombre propios siendo ni más ni menos que la compañera de vida del mejor jugador del mundo. Aquí, algunas claves para entender el secreto encanto de la mujer que lidera a la familia Messi.

Este no es un perfil con textuales porque ella no da entrevistas. Le sacaron tres declaraciones en su vida y todas fueron frases breves, como los epígrafes de sus posteos. Antonela tiene una sola ele en el nombre, una pareja que se llama Lionel Messi, tres hijos, una vida nómade con altura. Rosalía cantaría: “Dicen una estrella, una figura, de Leo aprendí la sabrosura, nunca viste una joya tan pura”. Me la imagino tarareando este hit reversionado mientras toman unos mates y escuchan la radio o reciben las medialunas que alguna vez les mandó Barassi.

Antonela está siempre pero habla poco, como aquellas lejanas estrellas del Hollywood que ya murió o Sandro tras los muros de su mansión de Banfield, saliendo una vez al año a saludar a sus nenas. Ella es un enigma particular porque a pesar de fascinarnos con su misterio, la sentimos cerca. ¿Es posible identificarse con alguien a quien apenas le conocemos la voz gracias a sus stories? Un recorrido por su cuenta de Instagram nos da la respuesta: en cualquier publicación random encontrás likes de actrices, músicos, agencias de prensa, cantantes, escritoras... sí, los intelectuales se ven más conmovidos por Anto que por las muerte de Martin Amis y Cormac McCarthy.

¿Por qué condensa el amor de una sociedad que vive enfrentada, tuiteando barbaridades de trinchera a trinchera? Quizás porque no se asemeja a ninguna otra pareja de un ídolo popular. Lejos de la facturación vengativa de Shakira, el eterno aguante de Claudia Villafañe, la provocación de Mariana Nannis y el pomposo reality de Georgina Rodríguez, compañera de Cristiano Ronaldo, Antonela maneja el raro arte de parecerse a nosotros.

El lujo silencioso no son los trajes de Succession sino su presencia muda y sonriente en la platea, rodeada de parientes y nenes que corren, festejan los goles del padre y se empujan con sus primos. Antonela es la piba linda del barrio que todos queríamos invitar a nuestro cumpleaños, y eso no es poca cosa.

CUESTIÓN DE TIEMPO

La estrategia se repite pero siempre es imparable. Messi arranca por la derecha, esquiva a uno, dos, tres, cuatro, cinco rivales, remata de zurda, gol. Con Antonela pasa lo mismo, aparentemente su vida transcurre en un loop de clubes, ciudades, colegios, eventos benéficos, primeras filas, asados en Rosario y agradecimientos a Louis Vuitton o Dolce & Gabbana. No parece muy diferente a otras celebridades, pero cada movimiento suyo es un gol de media cancha.

Incluso los que no entienden por qué es un fenómeno se obsesionan por encontrar las claves del deslumbramiento viral que provoca su figura, y mientras piensan ya les metió el penal definitivo, ese que la consagra como una mujer con apellido propio, porque Anto no es Messi, es Roccuzzo desde que ayudaba junto a sus hermanas Paula y Carla en Único, el emprendimiento familiar que se convirtió en una cadena santafesina de supermercados.

Quiso ser médica, estudió Comunicación, pasó una infancia de clase media sin apuros económicos. Colegio privado prestigioso y bilingüe, el Centro Educativo Latinoamericano de Rosario, tardes dedicadas a la competición en gimnasia deportiva y algunos viajes familiares cuando festejar un cumpleaños en Disney era una rareza. Su hermana mayor pidió eso para los quince; cuando fue el turno de Antonela, quiso un asado con amigos en la quinta de los Roccuzzo, terminaron la noche en el boliche adonde iban los sábados. A Anto nunca le gustó gritar para hacerse notar.

Cuenta la leyenda que conoció a Leo por medio de su primo Lucas Scaglia, con quien la Pulga compartía las inferiores de Newell’s. Dicen que ese pibe de 9 años ya soñaba con rozarle la mano mientras tomaban una gaseosa en el club. Fueron amigos y ya sabemos qué pasó, el problema de crecimiento, la partida hacia Barcelona y una relación que, sin haber comenzado, jamás se rompió.

Cada vez que Leo volvía a Rosario preguntaba por ella y ese año las noticias no fueron buenas. Había muerto la mejor amiga de Anto, Leo la bancó en ese extraño momento donde alguien muy joven descubre que no solo pueden morir los abuelos sino también los pares. De esa revelación surgió un amor que cambiaría sus vidas. El resto, noviazgo, viajes, hijos, boda, Barça, Paris, je t’aime y hasta el Maiameee de Ricardo Fort y Beckham. Historia pasada, presente y futura.

Pero nos encanta seguir contándola, porque desde "El amor en los tiempos del cólera" elegimos creer que es posible enamorarnos para toda la vida. Incluso si nos volvemos más cínicos, menos inocentes, con otros sueños y realidades. Al final de la película siempre esperamos el beso, la casa, los pibes y el perro. Llorar de alegría si terminaron juntos aún si cuestionamos al amor hegemónico, a la sociedad patriarcal y a las princesas de Disney. En voz baja o a los gritos, con culpa o sin ella, aunque leamos a Virginie Despentes y a Judith Butler, queremos que se besen y aparezcan los títulos.

UNA DISTINTA

Quedate con quien te mire como Lionel a Anto. Si algo confirmamos durante el Mundial es esto, cada vez que hace un gol su mirada va hacia donde está ella. Anto es la caña que atrapa al pez dorado y lo devuelve al río, la dueña de un hilo invisible que ata los botines de Leo a su butaca.

A diferencia de Claudia, que se bancó todas (rabietas, infidelidades públicas, hijos con otras mujeres, adicciones), o de Nannis, que quemaba las tarjetas del Pájaro Caniggia haciendo revenge shopping, comprando Versace y caviar-never mortadela, Anto es la dueña.

Callada jefa de una asociación que lleva toda una vida, el mango de la sartén lo tiene ella, es la gerenta de Essen y sabe cómo hacer para no salpicarse, quemarse ni pegarse al fondo. Sorteó con una elegancia digna de Coco Chanel escándalos impositivos, problemas legales de allegados y afines, aprietes futbolísticos, cuentos chimenteros y la tentación de caer en la banquina de los canjes.

Su feed no es una tanda publicitaria constante aunque sea protagonista del front row, se haya convertido en la nueva imagen de Guerlain y luzca diseños exclusivos como el que D&G le confeccionó para los premios The Best. Lo acompañó con una cartera en forma de rosa hecha con resina que se viralizó y fue motivo de ilusión... hasta que los mortales nos enteramos de que costaba casi 7.000 euros; ella la llevaba con una naturalidad encomiable.

Anto no necesita monogramear ni pasarse la vida frente a un aro led contando chivos, ni quiere hacerlo. Prefirió montar Enfans, la marca de ropa para bebés y niños hecha en la Argentina que tiene junto a sus primos Andrea, Silvina y Luis. No le fue bien con una franquicia de zapatos que intentó capitanear junto a la pareja del futbolista uruguayo Luis Suárez, pero la peleó.

No se casó en un palacete de la campiña francesa sino en un hotel en Rosario, después de cambiar a una reconocida wedding planner porque consideró que se le había ido la mano con un presupuesto que crecía sin parar. Eligió un vestido de Rosa Clará, la célebre etiqueta española dedicada a novias, no con una inaccesible pieza haute couture. Algunos dirán que entre esa Antonela y la de hoy hay un mundo, y es cierto, pero ella se encarga de que no se note. Sonríe, sube a upa a Ciro, le ceba un mate a Leo, busca colegio en Miami y también sale a comer a Don Julio aunque los esperen cien mil hinchas a la salida.

En el fondo todos sabemos que está muy lejos de la madre que se toma dos colectivos para llevar a sus hijos a la escuela, pero no nos importa. Y si por un hechizo del tiempo pudiésemos volver al pasado para festejar nuestro cumpleaños, volveríamos a invitar a Anto, la más linda de la cuadra. La del súper, la del cole, la del Barcelona, la de Champs-Élysées, la de Qatar, la del asado a orillas del río con mosquitos, espirales Fuji y un pibito que la rompe toda jugando a la pelota. Te está mirando, hoy te dedica un golazo. Anto, ahí va el capitán Leo por el espacio, con su nave de fibra hecha por vos.

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