Leandro Paredes: el pibe de San Justo que sueña con conquistar Qatar

Entre trajes italianos, perfumes parisinos y vivezas criollas, este 5 elegante se convirtió en pieza fundamental de la Selección argentina y sueña, como Messi, como la Scaloneta y como todo el país, con levantar la copa en el Mundial de Fútbol de Qatar 2022.

Ahora, en el rato en que nosotros estemos en este texto, Leandro Paredes va a estar en kinesiología. Podemos verlo: acostado en la camilla, mirando el masajeador ultrasonido que se desliza sobre el gel frío que cubre su piel, o sintiendo en el músculo la vibración de los electrodos, o peor, alternando la fe y la desconfianza en el aro de magneto, con lo difícil que es creer que ese aparato realmente está actuando. En definitiva, haciendo lo único que se puede hacer en kinesiología, que al fin y al cabo es lo mismo que estamos haciendo nosotros en este texto: viendo cómo pasan las horas. Esperando que empiece el Mundial

Claro que su espera tiene otra tensión que la nuestra, porque lo que él espera es que lo que empiece, cuando empiece, sea con él adentro, y para eso necesita renovar la fe en el aro de magneto y que la rotura del aductor y la inserción del abdominal, derivada de una pubalgia que arrastraba hace tiempo y que se operó el 7 de abril, le dejen de molestar.

En condiciones normales, Leandro Paredes cumpliría 28 años durante el Mundial, el 29 de junio, si el Mundial fuera, como todos los mundiales, durante ese mes, pero se sabe que el verano de Qatar puede voltear un pájaro en el aire y que por eso se corrió a noviembre, quizás un guiño del destino para su recuperación. 

Será el primero de los veintidós mundiales que los argentinos miremos en ojotas, ya no tan panchos en la fantasía de que haya once tipos en otro rincón del mundo chivando por nosotros sino, con más honradez, chivando a la par de ellos, inhalando y exhalando los primeros calores furiosos de diciembre, sumándole a esa época del año, al susto y a la angustia que provoca ver las primeras vidrieras con arbolitos y papanoeles, esta vez, el estado de suspensión eufórica que nos provoca un Mundial de fútbol como ninguna otra cosa y que dejará tiempo, ya más adelante, para la sidra y los saqueos y la hiperinflación, lo que sea que tenga que venir cuando termine todo. 

Claudio Borghi lo subió al plantel mayor de Boca con la condición de que siguiera estudiando, porque el fútbol, lo miró a los ojos y le dijo, es para los inteligentes.

Bien argentino

Leandro Paredes viene de estas tierras. Es difícil ajustar esa mira a esta altura, si uno se pliega a sus cuatro millones de seguidores en Instagram y lo ve en familia con la torre Eiffel de fondo o en backstages de producciones para la revista Vogue, ejerciendo de embajador de Nike y de Dior y de Hugo Boss o comprando NFT con criptomonedas en sociedad con Neymar y Marco Verratti, pero Leandro Paredes es de acá y de bien adentro.

Nació en San Justo, la localidad cabecera del distrito más poblado de la república, lo que es decir que viene del foco más denso de la argentinidad y su desorden. Nació, para mezclar todo, dos días después de que a Diego le confirmaran el doping en Boston y se sentara frente a las cámaras a jurar que no, a decir que le cortaron las piernas. 

De Leandro, volvamos, se sabe que nació hijo de Víctor, argentino, que había dejado sus sueños de futbolista temprano, y de Miriam, paraguaya. Se sabe que lo llevaron a jugar al baby en el club La Justina cuando tenía tres años y que pasó a Brisas del Sur cuando la familia se mudó a Mataderos. Se dice, no se sabe, que su mamá se colgaba del alambrado cuando a su hijo le pegaban por habilidoso y que puteaba porque no lo cuidaban.

Lo que armó Scaloni, eso que el ingenio popular dio en llamar Scaloneta, no es un engranaje implacable sino un viaje de egresados, tal como lo definió el propio Paredes cuando el equipo volvió de ganar la Copa América.

Se sabe, o se hizo leyenda, que en la final de Brisas contra el famoso Club Parque, por donde pasaron Fernando Redondo, Juampi Sorín, Juan Román Riquelme, Leandro la rompió y que en los escalones del rival estaba, cuándo no, Ramón Maddoni, el mismo que vio primero a Esteban Cambiasso, a Fernando Gago, a Carlitos Tevez. Que Maddoni lo llevó a Boca a los ocho años y que Leandro se pasaba las tardes después de entrenarse en lo de un compañero de camada, no tanto para seguir pateando sino por la hermana, dos años más grande que ellos. 

Se sabe por boca de él, que le contó a la revista ¡Hola! antes de contarle, supongamos, a Olé o a TyC Sports, que se tatuó el nombre de Camila mucho antes de ponerse de novio porque él ya sabía, o acaso porque ya le había mentido hasta a su mamá con que el título ya estaba, y qué importancia tiene el orden de los factores en la tinta sobre la piel.

Leandro y Camila ya tienen dos hijos, Victoria y Giovanni, y se sabe, porque a veces se saca la remera en cámara, que aquel tatuaje quedó agrupado entre varios otros: Cristo en el antebrazo, la Virgen en el bíceps, una geisha en el tríceps, pájaros y flores de relleno y un zoológico en la espalda: el elefante, el águila, el león, el chimpancé y el tigre.

Sus inicios profesionales

Cuando tenía quince años preguntó por él Claudio Borghi, que recién era DT de Boca, y la psicóloga de las inferiores le contó que Leandro tenía muchos problemas en el colegio porque se enojaba, que quería dejar las clases. Borghi lo subió al plantel mayor con la condición de que siguiera estudiando, porque el fútbol, lo miró a los ojos y le dijo, es para los inteligentes.

Debutó a los 16 y se fogueó en 31 partidos durante tres temporadas, pero su escena climática en Boca es la de su salida, de la tarde invernal de entrenamiento en Casa Amarilla, de jogging y gorro de lana, en que se la pisó a Agustín Orión y no vio venir la réplica del arquero, que le tiró una patada y le rompió los ligamentos del tobillo derecho. Iba a decir años más tarde, Leandro, que en Boca no lo cuidaron, como citando a su propia madre en el alambrado. No iba a decir, no hacía falta, que el que dirigía ese entrenamiento, ya pasado de vueltas, era Carlos Bianchi.

El salto en Europa

Su primera gran recuperación y su carrera siguieron en Roma, y el tour por Europa ya lo hizo pasar por Chievo Verona y Empoli en Italia, por el Zenit de Rusia y, desde 2019, por el experimento que convierte el petróleo qatarí en el plantel de dibujos animados que es el PSG francés, a donde aterrizó por 40 millones de euros y a donde a veces juega y a veces no.

Le sirve, messirve, nossirve, haber mutado de enganche a volante central, el trip de involución creativa que hizo que un día fuera mirado por Matías Manna, un videoanalista de AFA que le marcó a Sampaoli que este chico, mirá, le puede servir a Messi. Lo que vio Manna es una nimiedad que no se encuentra en otros jugadores: que Paredes recibe y levanta la cabeza. Que mira el universo. Hasta ahora, el argentino que mejor entendió cómo jugar con Messi, según el propio Leo, fue Fernando Gago, que siempre supo que la primera opción de pase, en un equipo en el que está Messi, es Messi. 

Paredes todavía ajusta esa convicción y agarró al 10 en otra época, ya pasado de la edad de Cristo y todavía el mejor, centro de gravedad de todos nuestros asuntos internos pero con menos nafta, más necesitado de que los demás, cada tanto, se hagan cargo.

Y entonces Rodrigo De Paul, y entonces Giovani Lo Celso, y entonces Leandro Paredes, que combina personalidad, precisión y elegancia con gestos adolescentes y amarillas, unas por barrer de más y otras por plantarse a guapear en cada roce, acaso para que quede claro que es más que una cara bonita, como si todavía le rindiera cuentas al conurbano que lo crio.

Hacia el arco de enfrente, su figura todavía tensa la ilusión óptica del gol inminente, porque le pega bien de afuera del área y al ras del pasto, con el desencanto de los datos: un gol en 27 partidos oficiales con la Argentina y uno cada doce en sus casi 300 partidos en clubes.

Ah, pero Mascherano. Que quizás el rol de Paredes, en la época que le tocó, sea el de derribar un mito, y que entonces tengamos que apreciarlo no tanto por lo que hace o no hace sino por lo que su presencia deja atrás. A saber: Mascherano fue el 5 argentino durante cuatro mundiales. De 2006 hasta hoy, fue titular en 20 de los últimos 21 partidos de la Argentina en la copa de las copas, pasando por un rendimiento heroico en Brasil 2014, cuando nos subimos todos a los #maschefacts, y por uno papelonesco en Rusia 2018, cuando ya no era volante central ni en su equipo pero nosotros le hicimos el favor.

Una ilusión llamada Scaloneta

Contra la irritación indecible que pudo provocarle eso a Messi, lo que armó Scaloni, eso que el ingenio popular dio en llamar Scaloneta, no es un engranaje implacable sino un viaje de egresados, tal como lo definió el propio Paredes cuando el equipo volvió de ganar la Copa América, sumando que ahora Leo toma mate y juega al truco con la banda hasta tarde. Microescenas que no parecen suficientes para subirse a ningún tren pero que ahí los tienen a ellos, tirándose corazones y fueguitos en las historias de Instagram de unos y otros, creyendo que en el amor hay recompensa, arrastrándonos a nosotros. 

Cuando salga de kinesiología, cuando esté entero, lo que le va a quedar a Paredes es lo que dicen los técnicos que hablan de dosificar, de ir midiendo, de demostrar: ir ganando minutos. Algo así como ir en contra de la naturaleza, donde los minutos solo se pueden perder. Que es lo mismo que decir, cruelmente, que todos vamos a morir. Y entonces, Leandro, si todo esto va hacia allá, si este texto y esta vida van a perderse en la nada, quiera el destino que en el viaje, por qué no, nos llevemos puesto un Mundial.

Fotos: Gabriel Machado

Responsable de producción: Nicolás Di Raimondo

Estilismo: Antonela Cucolo

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