El actor, guionista y conductor está más focalizado que nunca: estrenó Seres libres, un programa que habla de las adicciones arrojando un halo de luz entre tanta oscuridad, mientras disfruta de lo más preciado que tiene: sus hijos.


“No hay que vivir fingiendo, la cosa es al revés, cuando sólo somos pasajeros en este show”, dice el tema de Las Pelotas que funciona como cortina musical del programa que conduce Gastón Pauls por la pantalla de Crónica TV. En medio de un medio que muchas veces ofrece una verdad que no es, encontrar una estrofa y gente que hable con honestidad y que también nos invite a hacerlo es un remanso.

Pauls es generoso a la hora de conversar, transitó tanto que no duda en abrir su corazón, porque sabe que es la que va. “Un rato antes de salir al aire con el primer programa, me agarró un poco de nervios por el vivo, la exposición. Tenía al lado a Ramiro, un compañero de recuperación, y me dijo: ‘Vamos a arrodillarnos y a agradecer, no te preocupes por lo que vas a decir, te van a bajar las palabras porque vienen de lo más profundo’. Y nos fuimos a un camarín a dar gracias, primero, por la posibilidad de estar vivo, y segundo, por poder compartir honestamente lo que me pasó sin ninguna especulación de nada. Ahí sentí que algo estaba bien y pude salir tranquilo”, confiesa con naturalidad.

Seres libres propone un camino antiguo y que está en desuso: el de tener la fortaleza para reconocerse vulnerable en un mundo que muchas veces nos insta a alcanzar un estereotipo de éxito que, generalmente, no es lo que parece. “Este programa, para mí, no es más que un servicio y un mensaje, nada más y nada menos, ¿no? Yo lo dije en la primera salida al aire y sigo en consonancia con que, si esto le sirve a una persona, misión cumplida”, desliza Pauls.

«En mi noche más oscura, al borde de la muerte, literalmente, después de cuatro días sin dormir, sintiendo que no podía respirar, le pedí ayuda a Dios y la ayuda vino. ¿De qué manera? Marcándome que por donde estaba yendo, no iba»

–¿Cómo llegaste a esta visión de hablar de las adicciones desde el punto de vista de la recuperación y qué sentís con el programa?

–Salvo algunos informes que había visto en TV contando las adicciones, sentía que no había una referencia previa, cosa que me daba mucho vértigo por un lado y me entusiasmaba por otro. A día de hoy, sigue siendo una búsqueda. Están pasando muchas cosas, recibí un montón de mensajes, pero hubo uno de un tipo que me dijo: “Arranqué a mirar el programa consumiendo, y en el minuto 58 tiré la bolsa y entré en la habitación de mi hijo a pedirle perdón y ayuda”. Y yo digo, y es muy complejo decir esto porque estamos en un medio donde necesitamos que la cosa vaya bien para poder sostenernos, pero si al programa lo levantan mañana, hay un tipo que pudo abrazar al hijo, y yo sé lo que vale eso, sé del dolor, la culpa, la soledad, el desamparo que genera ese tipo de situaciones. Ojalá esa persona pueda contarles su experiencia a dos y que le cambie la vida, aunque sea, a uno; eso es la suma y la multiplicación.

–Es la red.

–Sí, todo el tiempo pienso en eso que tiene, básicamente, dos interpretaciones: la red puede ser para cazar, para atrapar algo, o puede ser de contención para una caída. También pasa con la palabra “contagio”, sobre todo en este momento de la humanidad, que está directamente relacionada con la enfermedad, el miedo y la muerte. Pero también se puede contagiar esperanza, amor… es una reinterpretación de la realidad. Esto es demasiado pomposo para la televisión, pero lo que digo es que el programa es el resultado de muchas energías que se unen para hacerlo, y ahora, también, de toda la gente que lo ve y lo toma como suyo. Yo estoy acá, compartiendo mi mensaje, y es un ejercicio muy difícil dentro de este medio hacer algo y no tomar personal el aplauso, el rating o la fama. Más que nunca tengo que estar ubicado, porque, si no, vuelvo a consumir… ya sea poder, drogas, mentira.

–¿Sentís que parte de tu camino es poner tu recuperación al servicio de la recuperación de otros?

–Sin duda. Creo que es la parte que más me llena. A mí la recuperación me la acercó gente de manera absolutamente desinteresada. Un día me dijeron: “Che, loco, otra vida es posible”, y me dieron esa antorcha en medio de la oscuridad. Si yo creo que es mía, estoy perdido. Tengo que compartir eso, contagiar el fuego.

«Yo estoy acá, compartiendo mi mensaje, y es un ejercicio muy difícil dentro de este medio hacer algo y no tomar personal el aplauso, el rating o la fama»

–De manera que ilumine y no queme.

–Mirá, estamos llegando juntos a eso, que es: de qué manera enseñar a vivir con lo que tenemos, porque todos tenemos fuego dentro; depende cómo lo utilicemos, puede quemar o también puede dar calor, iluminar, encender a otros. En los grupos de recuperación de adictos a los que voy, que son anónimos, me dijeron una cosa: “Sólo podemos conservar lo que tenemos en la medida en que lo compartimos con otras personas”. Por eso digo, si yo creo que todo esto es mío, pisé el palito otra vez. Para mí el objetivo final es que de una vez por todas nos demos cuenta de que nada de todo esto nos pertenece y que tenemos que compartirlo.

–Hay figuras en el programa contando su experiencia, y confieso que me descubrí a mí misma con una miseria profunda como televidente, que fue la de encontrarme más impactada con el relato de la persona pública que con el del pibe o la piba no conocido popularmente. ¿La figura aporta a una mayor visibilidad?

–Está buenísimo lo que estás planteando, es parte de algo que yo también pensé e incluso lo dije el otro día, que es que nosotros vemos a un pibito en la esquina consumiendo y ya está naturalizado porque “algo habrá hecho” o “la familia no se hizo cargo”, toda una serie de discursos nefastos que tenemos arraigados. Lamentablemente, y lo digo sin ponerme afuera de eso, escuchamos que Anthony Hopkins dice “yo consumí” y decimos “ah, mirá el problema que hay”. Si la droga llegó a un chico de seis años, puede llegar a cualquier lado: al rico, al pobre, al judío, al católico, al heterosexual, al célibe. La decisión artística, por decirlo de alguna manera, de que estén famosos como Fabi Cantilo, Juanse, Andrea Rincón, al lado de la persona de la Villa 31 o de la de Recoleta es decir que esto va por todos, y si eso sirve para que reaccionemos, bienvenido sea.

–Es habitual escucharte hablar de Dios, ¿qué significa para vos?

–Yo antes no creía ni en Dios ni en una energía superior, porque no creía que hubiese nada por encima de mí, y, paradójicamente, estaba tirado en el piso pensando que tenía todas las respuestas. Me di cuenta de que, en realidad, es el origen y el final de todo, es de donde vengo y a donde voy, es una energía creadora. En mi noche más oscura, al borde de la muerte, literalmente, después de cuatro días sin dormir, sintiendo que no podía respirar, le pedí ayuda a Dios y la ayuda vino. ¿De qué manera? Marcándome que por donde estaba yendo, no iba. Estaba en un lugar fuera del tiempo, no estaba siendo yo y, por ende, no estaba siendo la representación de esa chispa divina que durará 70, 80, 100 años, lo que sea que nos toque vivir. Por eso hay un momento donde digo: “Bajemos los egos, transitemos con humildad esto que nos toca”. Yo estaba forzosamente tratando de hacer la mía y después, cuando volví al cauce del río, me di cuenta de que lo único que tengo que hacer es disfrutar el camino.

–¿Seres libres busca eso? ¿Que volvamos al cauce y nos dejemos llevar?

–Hay un texto hopi, que es una comunidad indígena de los Estados Unidos, que habla de que este es el momento en que tenemos que soltarnos, dejarnos llevar por el río. Si te querés aferrar a algo, ya sea a la costa o las posesiones, te va a desgarrar, no te tenés ni que preguntar a dónde va, porque el río tiene su destino, lo único que podemos hacer es sacar la cabeza del agua, mirar a los que tenemos al lado y celebrar con quienes estamos viajando. Spinetta decía: “No hay una cuestión que no conduzca al mar, tan solo así de noche puede uno descansar”, y el programa, en un punto, no es más que una parte de ese río. Y vuelvo a decir que ni siquiera es mío, yo sólo formo parte.

–En lo personal, quiero agradecerte por tu labor y por hacer este programa tan necesario, y en nombre de El Planeta Urbano, gracias por hablar con nosotros de esta manera tan abierta y honesta. ¿Hay algo más que quieras decir que no te haya preguntado?

–Sí, algo en relación al agradecimiento. El otro día subí un posteo que decía “Adicto agradecido no recae”, y me llamó una persona que trabaja en esto diciéndome que eso era un error. Y yo no sé, creo que si uno hace el agradecimiento diario, consciente, real, por la vida, por haberse recuperado, es difícil recaer. Vos me dijiste recién la palabra “gracias” y yo en realidad agradezco esta charla, porque la vida misma te va poniendo los interlocutores válidos, y esto a mí me hace crecer, cuando antes, hace trece años, iba por la muerte. Yo hoy lo que más agradezco es la libertad para poder abrazar a mis hijos, no sé si hay algo más groso que eso, y lo digo de verdad. También quería decir una cosa en cuanto al nombre de la revista El Planeta Urbano, que siempre me llamó la atención. Yo hacía un programa que se llamaba Ser urbano, y acá voy a citar de nuevo a Spinetta con una canción que dice: “Esta ciudad sólo muestra el sol en las ventanas”. Esa frase siempre me impactó, porque nosotros estamos en un planeta con mucha urbanización, con una gran oferta de la felicidad en un blíster, de un mejor sexo si comprás la pastilla azul, o la promesa de dormir más tranquilo si tomás la verde. Nos cuesta encontrar las estrellas, no vemos el río, y me pregunto de qué manera, dentro de esto, podemos seguir viendo lo simple, lo que está lejos de la construcción artificial. Y me parece que, en ese sentido, ante tanta frivolidad, El Planeta Urbano brinda un espacio donde todavía se puede hablar desarrollando algo, y eso está buenísimo, así que yo también estoy agradecido.