El archipiélago conocido por la belleza de sus playas y su poderoso equipo de rugby es uno de los países con menos contagios en el mundo y, de a poco, reabre sus costas para la llegada de turistas australianos y neozelandeses.


En épocas de aislamiento, nada más aislado que, obviamente, una isla. Si se trata de una isla con afluencia turística, en general se la asocia a la idea de paraíso. Y si hablamos de paraísos, hablamos de playas. Y si son exóticas, de culturas lejanas, con mares de color esmeralda, más aún: estamos ante el paradigma del vergel en su máxima expresión.

Cuando uno busca Fiyi en Google Maps, lo que encuentra es una mancha verde diminuta perdida en la inmensidad de un mar azul. Ese mar es el Pacífico Sur, y en esas coordenadas no parece haber nada más que islotes desperdigados. Es que Fiyi es eso: un archipiélago de 333 islas (de las cuales muchas permanecen deshabitadas), en donde viven cerca de 900 mil personas.

En su horizonte más cercano, si miramos hacia el Oeste, también se vislumbran un par de islas, aunque un poco más grandes: Nueva Zelanda, que está a 2.500 kilómetros, y Australia, a unos 4.600 kilómetros. Y hacia el Este, su principal “competidor” en materia turística: la famosa Polinesia y su imaginario de playas idílicas y nativas que cautivaron al pintor francés Paul Gauguin, cuyo destino más conocido es Bora Bora. Fiyi vendría a ser la aternativa económica de su vecina, pero no por eso menos atractiva.

Y es hacia esos dos destinos (Australia y Nueva Zelanda) que Fiyi apunta los dardos de su promoción turística, ya que los visitantes de ambas naciones suman el 70 por ciento del turismo local. En épocas de vacas flacas en la industria sin chimeneas; en un mundo casi paralizado y sin tráfico aéreo; en estos tiempos de pandemia en que todos deseamos viajar pero (casi) nadie puede; en una nación para la que el turismo representa el 40 por ciento de la economía de manera directa y el 60 por ciento de manera indirecta, donde gran parte perdió su empleo, la idea de una “burbuja turística” que proteja a los turistas vecinos puede ser el salvavidas que mantenga a flote esta nave a la deriva.

La burbuja “Bula”, que significa “Hola” en fiyiano, ofrecerá a los turistas de estos países una zona VIP al descender del avión. En seguida serán llevados a una playa aislada, de esas que abundan en estos pagos. Según el primer ministro local, Frank Bainimarama, el éxito de Fiyi en la lucha contra el coronavirus los ubica en una posición de privilegio para abrir una vía de llegada a los visitantes vecinos. Las autoridades de turismo de la isla aducen que la burbuja permitirá a australianos y neozelandeses disfrutar de sus bondades, manteniéndolos alejados de otros viajeros y de la población. También aseguran que, más adelante, eliminarán las medidas de cuarentena para aquellos visitantes de otros países que Fiyi considere que han controlado el covid-19 y que hayan dado negativo en los test.

Fiyi es uno de los países con menos contagios: a la primera semana de septiembre se contabilizaban poco más de treinta, y dos fallecimientos. Las autoridades sanitarias afirman que no hay transmisión comunitaria y que los casos fueron importados.

La burbuja “Bula” ofrecerá a los turistas de Australia y Nueva Zelanda una zona VIP al descender del avión. En seguida serán llevados a una playa aislada, de esas que abundan en estos pagos.

Qué sabemos y qué conocemos de Fiyi

Poco y nada. Algunos habrán oído hablar de su equipo de rugby, que es uno de los mejores del mundo y le juega de igual a igual a sus vecinos neozelandeses, los cuasiinvencibles y míticos All Blacks.

Igual que Nueva Zelanda y Australia, Fiyi fue colonia británica (durante 96 años) y parte del Commonwealth. Se independizó recién en 1970, pero como muchos otros países de la Mancomunidad Británica de Naciones, siguió bajo su orbita y el reinado de Isabel. En 1987 proclamaron la República, y en 2009, en medio de convulsiones y revueltas políticas varias, Fiyi fue suspendida del Commonwealth. Golpes de Estado, complots y relevos presidenciales fuera de agenda harían las delicias de una serie conspiranoica de Netflix.

Sabemos que ostenta un clima tropical, con una temperatura promedio de 35 grados, y una temporada de lluvias que va de noviembre a abril. Durante estos días, el cielo se torna gris, y el mar, como un espejo, vira también a este color. El lado B de la postal paradisíaca que acostumbramos ver. Puede llover mucho, y a borbotones, durante varios días, y a veces, también, el cielo desata su furia y provoca ciclones.

Los más memoriosos recordarán la película La laguna azul, pero muy pocos sabrán que aquel clásico en su versión ochentosa, protagonizada por una angelical Brooke Shields, cuyos ojos líquidos y sus mechas doradas al viento realzaban aún más el brillo de esas playas de ensueño, se filmó en una de las más hermosas islas fiyianas, Nanuya Levu, que pertenece al conjunto de islas volcánicas de Yasawas, un vergel de selva tropical húmeda.

Pero no son las únicas: otros points espectaculares son dos de sus islas principales: Viti Levu y Vanua Levu, que abarcan la mayor parte de la superficie de las islas Fiyi, que tiene poco más de 18 mil kilómetros cuadrados de playas, selvas y montañas.

Aldeas, cuevas, buceo y arquitectura colonial

Una buena razón para visitar Fiyi está bajo el mar. Quienes bucean lo saben y añoran viajar en busca de estrellas marinas azules, esas que tanto fascinan a los buzos y sólo existen en los trópicos. Son estrellas que abundan en el lecho marino fiyiano. Pero, además, pululan por las profundidades subacuáticas del Pacífico Sur 1.200 especies de peces, y unas mantarrayas de tres y hasta cuatro metros que viven frente a la isla de Drawaqa. También hay gran cantidad de tortugas marinas, delfines, tiburones y otras clases de rayas y anémonas. Los que saben, dicen que Fiyi es el centro mundial de los corales blandos: hay unas cuatrocientas de estas especies por acá.

Volviendo a la superficie, debemos decir que la capital es Suva, la ciudad más poblada y en donde se entrevera la arquitectura colonial con construcciones típicas de madera y una serie de edificios modernos. Acá hay que visitar la Catedral del Sagrado Corazón, que está ubicada en el centro histórico y es una imponente construcción de piedra de comienzos del siglo XX al estilo de las grandes catedrales europeas. Además, en la zona se pueden ver las casas coloniales, la Biblioteca Pública y la antigua Casa del Telégrafo. La capital tiene también una serie de mercados y museos que exhiben colecciones antropológicas de las antiguas poblaciones de las islas.

En Nadi se encuentra el aeropuerto internacional, lo que la convierte en la puerta de entrada a este archipiélago tan particular. Acá hay varios templos, mercados, termas con barro medicinal y manglares. Muy cerca está la Costa del Coral, que es la postal del paraíso: 80 kilómetros de bahías, playas de arena blanca, aguas cristalinas y arrecifes de coral. Acá es, naturalmente, donde está la mayoría de los hoteles y resorts de Fiyi.

Otros puntos a visitar son las tierras altas del Namosi, la Aldea de Navala y las Cuevas Caníbales; hay que hacer rafting por el río Wainikoroiluva en balsas de bambú, y detenerse en las Cuevas Naihehe, donde se celebraron las últimas ceremonias caníbales, a mediados del siglo XIX. Para visitar aldeas nativas, donde se pueden ver ceremonias tradicionales, es necesario viajar con los guías de los hoteles, pedir un permiso especial y adaptarse a una suerte de protocolo que observa las costumbres y tradiciones. Una vez ahí, ofrendarle algún obsequio al jefe de la tribu.

En otro plan, se puede viajar a Ovalau, que no tiene atractivos naturales pero sí históricos: en esta pequeña isla es donde se asentaron los primeros europeos. Acá podemos encontrar el pequeño pueblo de Levuka, con viejas casas de madera, que lo llevaron a ser nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Sin duda, uno de los highlights del viaje a Fiyi es la excursión a las míticas cuevas en la isla Sawa-i-Lau, una serie de cavernas de piedra caliza donde se puede nadar y hacer snorkel. Los nativos guían a los visitantes por este laberinto en el que se filtran halos de luz que hacen de este un viaje mágico y misterioso.