Los días con Benito, los shows por streaming, rap, trap, rock, libros, películas, Twitter. Bienvenidos a la cuarentena del primer y último caballero.


La peste de Albert Camus. Justo ese libro se tuvo que poner a leer Iván Noble durante la cuarentena, encerrado en su casa, a veces en compañía de su hijo Benito y otras tantas en complicidad con su silencio. La peste de Camus, a pesar de narrar una peste irreparable, habla también sobre una esperanza, una puta esperanza en los momentos cruciales de la vida. Habla de la solidaridad y que, como ahora, las peores epidemias no son biológicas, sino morales y que siempre hay justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás. Iván Noble es de los justos y hace todo lo posible para cuidar a su vieja, que minutos antes del primer round de la pandemia, perdió a su esposo; él a su viejo. Sin embargo el caballero de la Quema allá va, contra todos los males del mundo y con su voz made in noventas, para pasar el mal trago y guapear al virus con canciones, precisamente, para enfrentar la peste.

-¿Cómo la llevás?

– Como dicen en la tele: es el minuto a minuto. Fui surfeando sensaciones, en este momento en particular tengo una mezcla de resignación ante el año perdido y susto, susto grande por mi vieja en realidad. Mi viejo falleció justo un mes antes de la pandemia. En el momento donde mi mamá tendría que estar afianzando lazos con amigas y familiares, no solo no puede vernos, sino que tiene que estar encerrada en la casa donde mi viejo agonizó dos años. Está bravo en ese sentido y me preocupa mucho.

-¿Te sobrepasó en algún momento la pandemia y la muerte de tu viejo?

-Mirá, en esta pesadilla parece bastante fácil de a ratos perder el foco. Si lo perdés, terminás angustiado hasta por no poder ir a tomarte un Negroni a tu bar preferido. No es que eso sea ilegitimo. Estamos ante una emergencia sanitaria, social y económica. Mi oficio está suspendido, y a pesar de poder hacer estos shows por streaming, toda la gente de la música y de la cultura en general está sufriendo. Encima, vamos a ser los últimos en volver. Yo y algunos de mis colegas tenemos el privilegio de decir “bueno, mala leche”. Lo tomamos como una especie de año sabático porque no tenemos apremios de guita, pero todo lo demás está muy presente. Lo emocional juega, aunque uno haga de cuenta que no, aunque uno suponga que tiene la piel gruesa y sea un tipo bastante solitario. Todo es una mezcla de sensaciones, matices entre una montaña rusa y tren fantasma; un parque de diversiones donde nada es divertido.

-Dentro de esta pesadilla, ¿pudiste rescatar algo positivo?

-Como soy históricamente disperso y tengo muy poca disciplina de laburo, me vino bien para poder escribir. Tengo ya casi un disco terminado. El viernes lancé el primer single y antes de fin de año espero sacar el segundo.

-¿Cómo funciona la inspiración en un contexto tan nocivo?

-Yo traté de alejarme un poco de lo que pasa y desde el principio intenté meterme en lecturas, cine y música. Leer es algo que me encanta pero con la vida común te dispersas. En los momentos apocalípticos, uno se aferra a lo conocido, debe ser un instinto maternal. Entonces volví a los libros que había leído de muy joven, no sé, desde La peste de Camus hasta Del sentimiento trágico de la vida de Unamuno, algunas novelas de Onetti. Con las películas me pasó algo similar. Mi hijo, Benito, tiene casi quince años y en busca de vasos comunicacionales con él y tratando de que salga un rato del mundo digital nos propusimos ver películas de ese calibre como Asesinos por naturaleza o películas de John Carpenter, Drácula de Coppola. En un punto la peste me volvió a lugares donde hacía un rato largo que ya no estaba.

­-Y nos devolvió tiempo…

– Yo tengo 52 años y todo esto me generó interrogantes al respecto de la finitud y todo eso que hace la gente mayor. Me parece que no hay mucho tiempo aunque resulte paradójico justo ahora. Lo que sobra es el tiempo, las horas, los minutos, pero lo que se acorta es la existencia. De grande no necesitas muchas cosas, pero las pocas que necesitas, las necesitas mucho.

-¿Por eso te fuiste de Twitter?

-En cierta parte sí. Cuando el mundo es un espanto y encima que te lo recuerden cada dos minutos por Twitter es una cagada. No puede ser que todavía hayan discursos que atrasen, gente descerebrada que los lleva a cabo. El canallismo y la ignorancia atrevida está sobre representada en las redes. Quiero creer que no es tan así en la vida real y que la gente es más sencilla y más amorosa.  

“El canallismo y la ignorancia atrevida está sobre representada en las redes. Quiero creer que no es tan así en la vida real y que la gente es más sencilla y más amorosa.”

-¿Cómo te preparas para el show de mañana, “Canciones para pasar la peste”?

-Todos los que realizamos streaming lo hacemos a sabiendas de que no lo preferimos. Desde hace un par de años lo vengo jodiendo a mi manager con hacer algo de esto. Un poco cansado de girar, de dormir en hoteles de toda calaña y pasar domingos lejos de mi sillón favorito. Pensé que era lo que venía, viendo un poco lo que pasa con Netflix incluso con Spotify. El tema es que era una decisión por voluntad propia, no a las trompadas por la realidad. Y tengo que decir que eso que me parecía el mejor escenario posible para un señor mayor algo misántropo, la verdad que no lo es.

-¿Por qué?

-Es muy raro tocar por streaming. Va a parecer un poco naif pero que te falte la gente es absolutamente antinatural. Lo más parecido al streaming es ir a tocar a la televisión; o sea que es horrible. Este va a ser mi tercer show y recién en el segundo pude disfrutar de algo que es tan vital: la gente realmente es muy cariñosa y casi sospechando lo difícil que es para uno, te alienta como sea a través de emojis y mensajes en un chat que tenés que ir cogoteando entre canción y canción.

“Me resulta mucho más complicado tocar por streaming desde el living de mi casa que en el Gran Rex.”

-¿Crees que la música es la disciplina artística que más sufre la falta de público?

-Seguramente. El actor, por ejemplo, sospecho que en plena actuación no necesita que el público arengue ni mucho menos, al contrario, necesita que haga silencio. Ni hablar del cine. Los que hacemos música sabemos con los ojos cerrados lo que significa tocar el último acorde de una canción y percibir la energía que se está viviendo abajo. Hay mucho de titiritero en un show en vivo, saber cómo manejar las sensaciones.

-¿Pero qué pensás que la gente disfruta de este formato?

-Quizás lo que la gente más agradece es ver a las personas que habitualmente están en escenarios en otro ámbito, en su intimidad. Yo utilizo para los shows el living de mi casa intentando recrear un poco el espíritu Tiny Desk. Yo quiero que estos shows tengan algo de entre casa, una intimidad profesional igualmente con una buena cámara que filme y un buen audio. 

-¿Y cómo son los minutos previos?

-Para mí es mucho más complicado tocar por streaming que en el Gran Rex. Lo digo en serio. En diciembre presenté en el Teatro Opera mi último disco Mujer & ego y dos minutos antes de salir estaba tomando una copa de vino y charlando con amigos. Acá faltan diez minutos y camino por las paredes. Todos es nuevo, estás solo delante de una cámara y hay una cosa tecnológica que no depende de vos. La clave es conectarse con la emoción, sino cagaste porque no hay una puesta en escena, efectos de luces y un volumen arrollador. Hay un tipo con un piano y una guitarra tratando de emocionar a otro que está en su casa tomando un Fernet y comiendo una empanada.

 ­-En uno de estos intentos de acercar generaciones pudimos ver por redes que disfrutaste mucho con tu hijo la última edición local de la FMS (Freestyle Master Series) ¿Qué más aprendiste de él?

-No quisiera ser muy sentencioso porque estoy en el medio de ese vínculo. Benito está por cumplir quince años y yo trato de acordarme cómo era yo a esa edad. Claramente no tiene nada que ver con los estímulos y las cosquillas que sienten ellos. Pero nos vamos encontrando. Estoy aprendiendo muchísimo de música: conocí a Post Malone, Drippy Red, veo batallas de gallo. La verdad que son todos buenos y si no fuera por él no hubiese llegado ni en pedo. Lo único que me pregunto, y eso lo va a decir el tiempo, tiene que ver con la forma de consumo cultural que tienen los pendejos. No sabría decirte cómo van a hacer para ir reinventándose en la medida en que vaya creciendo su público y ellos mismos. Tal vez ni siquiera tengan esa ambición de que sus canciones sean escuchadas en veinte años, ni en ser artistas de catálogo, les chupa un huevo.

-¿Le das importancia a la nominación de Mujer & ego como “Mejor Álbum Artista De Rock” para los Premios Gardel?

-Una vez leí una frase muy linda de Nick Cave que comparto: “Para mí las canciones no corren carreras de caballos”. Uno sabe exactamente lo que puso en cada disco y cuán lejos llegó en el afán de cada uno. Los premios son una palmada en el hombro, pero al fin y al cabo no dejan de ser la opinión de gente que pertenece a la industria y que en general vota sin demasiada convicción y conocimiento.

-¿Pensás que en este último tiempo el rock perdió terreno en la música local?

– No sé, pero sí creo que hoy el rap y el trap encaja con la esencia de los nuevos paradigmas. Cuando fui el año pasado con mi hijo a ver la FMS esperaba encontrarme con algarabía juvenil, que se yo. Pero me encontré con una tribu asombrosa que me hizo acordar muchísimo, de verdad, a los noventa, a lo que pasaba en los shows de Caballeros, La Renga o de Los Piojos, los festivales por Bulacio. Había ese tipo de efervescencia, pero además me llamo mucho la atención la composición social del asunto que era absolutamente trasversal. Y escuchando un poco las historias de los pibes que están detrás de estos movimientos, me hicieron acordar mucho a nuestros inicios. Hay algo muy vital ahí, hay sangre. Y no sé si pasa eso hoy con el rock acá, no tengo idea. Tal vez el rock hoy perdió la calle, el centro del ring.

-Se cumplen veinte años de Fulanos de nadie, el último disco de Caballeros, que además de delinear un poco tu futuro como solista,  marcó una etapa del rock nacional a principios de siglo. ¿Cómo lo recordás?

-Fue un gran disco. Hay canciones que tienen más de veinte años y la gente las sigue recordando. Caballeros me enseñó el oficio hasta hoy. Cuando me fui de la banda justo después de este disco significó una ruptura personal muy grande y durante mucho tiempo me costó volver a acercarme con demasiado cariño a esa época. Ser solista es otra historia, yo fui el primer traidor del rock siglo XXI. Después de varios años me pude acomodar y a partir del reencuentro en 2017 en el Único de La Plata siempre fue una fiesta. Para mí el gran modelo a seguir, lo digo con nombre y apellido, son Los Fabulosos Cadillacs; es una banda que aunque no toque existe y que cuando pinta se juntan, mientras tanto cada uno hace la suya.

El domingo 6 de septiembre a las 20 Iván Noble presenta “Canciones para pasar la peste”, el tercer show acústico que realiza vía streaming, esta vez acompañado por Benjamín López Barrios en guitarra y voz. Entradas disponibles en bue.tickethoy.com