El documental sobre su vida y su éxito arrollador en Rusia se convirtió en una de las historias de culto en esta etapa del aislamiento. Confesiones inéditas de la artista rioplatense que conquistó el mundo.


“¿Por qué tanto amor? ¿Me lo merezco?”

La pregunta resuena desde el otro lado de la pantalla, donde Natalia Oreiro habla con El Planeta Urbano peinada y maquillada como si fuera al estreno físico de su última película, que nunca sucedió. Producida desde el living de su casa como si la foto de esta tapa fuera virtual, la única diva auténtica de la Argentina y Uruguay se toma un tiempo para conversar sobre el inesperado éxito mundial de Nasha Natasha, el documental que la tiene como protagonista y registra en clave emotiva algo que todos sabíamos pero nunca habíamos visto desde tan cerca: en Rusia, Natalia Oreiro es Maradona.

“La verdad es que no me lo esperaba”, dice sobre este fenómeno de cuarentena. “Estoy todavía entendiendo las repercusiones, porque para mí esto es algo muy especial. Primero, porque no estoy acostumbrada a que se vean cosas mías personales, y abrí mi corazón y lo entregué a mucha gente que no me conoce, y eso para mí es superfuerte. Segundo, yo tengo con Rusia un vínculo muy especial, algo sentimental, emocional, y pienso que ahí está el secreto de la buena aceptación del documental. Es como derribar ese prejuicio que existe entre culturas que en apariencia son muy diferentes, pero que las unen las mismas cosas: la emoción, la infancia, quién te saca una sonrisa. Yo los amo; cuando hablo de Rusia, el corazón se me agranda.”

–El documental muestra el momento en que decidís venir a Buenos Aires a cumplir tu sueño, a vivir sola en una pensión con sólo dieciséis años. ¿Qué recordás de ese periodo?

–La verdad es que nunca la pasé mal. Me alejé de mi familia, del país, de mis amigos, del liceo, pero no importaba dónde iba a vivir, sino lo que yo quería hacer. Recuerdo esa primera época, en el cuartito donde vivía, como de mucha alegría, de mucha inocencia y muchas ganas. Pensaba: “Yo sé que este es mi camino, que este es mi lugar, y todo lo que pase va a estar bien”. Hubo sacrificios, pero para mí era un camino necesario hacia un lugar que yo estaba construyendo. Yo quería que alguien me diera una oportunidad, y me la dieron. Y fui consecuente con esa oportunidad y trabajé muy duro.

–¿Qué significa para vos el Río de la Plata y tu tierra?

–Yo me siento rioplatense y muy uruguaya en muchas cosas. Y eso quizás tenga que ver con venir de un país pequeño. Al mismo tiempo, nunca sentí una diferencia con la Argentina, salvo por su inmensidad, por la oportunidad que me dio. Yo me enamoré de la Argentina, acá tengo a mi marido, a mi hijo, todo. Yo soy feliz acá y es mi casa. Pero Uruguay es mi cuna, mi esencia, el origen. La Argentina fue el desafío, el vértigo. Yo no siento que haya diferencias entre ambos países, salvo por el tamaño. Por eso, ver que los rusos canten “Soy del Río de la Plata, soy candombera”, me da un orgullo inmenso: que nombren al Río de la plata, a los dos países, a las dos orillas.

–Sabemos que el cariño del público ruso se expresa a través de los regalos, ¿cómo hiciste para trasladar tantos osos y mamushkas que te fueron dando durante la gira de Nasha Natasha?

–Sí, los regalos para ellos son algo muy especial, algo que traspasa lo físico, lo material. Siempre me regalan cosas que hicieron con sus manos, y eso para mí tiene un valor especial, porque hay una dedicación y está la energía de la persona cuando con sus manos genera algo. El ruso siente que cuando te regala algo, un pedacito de él está con vos, y a mí eso me conmueve. Cada vez que viajo a Rusia me voy con una valija y vuelvo con cinco; imaginate cuando hice 17 ciudades, era una locura. Mi casa es muy rusa, tengo de todo, pero especialmente tengo una habitación donde guardo todos los regalos, es muy lindo tenerlos ahí.

¿Alguna vez sentiste miedo o angustia cuando estabas allá, tan lejos, con 35 grados bajo cero en el tren Transiberiano?

–No, para nada, siempre me siento muy en paz allá. Tengo un sentido de pertenencia muy grande con ellos; todo me resuena: los olores, la comida, hasta el clima, ya estoy acostumbrada a los 35 grados bajo cero. Angustia sí he tenido por estar tanto tiempo lejos de mi hijo y de Ricardo. Ellos me acompañan siempre, pero cuando fue la gira del documental, Ata era muy chiquito y llevar a un bebé de dos años en tren por Siberia era imposible. Lo que me resultó desgarrador fue tener que interrumpir su lactancia, como les pasa a muchas mujeres que tienen que salir a trabajar.

–¿Cómo fue la decisión de Ricardo de participar del documental, siendo él tan reservado?

–Es que no fue algo que se tuvo que decidir, porque él me acompaña siempre. Entiendo la pregunta porque nosotros nunca nos exponemos como pareja y ahí se ven muchas cosas: el nacimiento de nuestro hijo, nuestro casamiento, sus declaraciones. Pero no fue algo que charlamos, sino que se dio de forma muy natural. Cuando mandamos el último corte a Netflix yo no lo quise ver, porque por un lado quería que eso sucediera y por otro me daba cierto miedo o contradicción por sentir que yo nunca me había expuesto ni había expuesto a mi familia y de repente iba a quedar desnuda. Entonces le pedí a Ricardo que lo viera y me dijera qué le parecía. Y me dijo que se había emocionado mucho, que le había gustado mucho y que estaba bien que eso saliera. Y decidí que estaba bien, porque en este punto era más importante la opinión de Ricardo que la mía propia. En muchos aspectos de mi vida también es así, porque sé que él siempre va a tener para conmigo una mirada de amor y de cuidado.

–¿Cómo estás viviendo el proceso de la pandemia y cómo tomás la evolución que tuvo en Uruguay?

–Es una pregunta difícil de responder. A mí me da mucha alegría que Uruguay esté en una etapa mejor, me pone muy contenta por mis amigos, por mis papás y por el país en sí. Pero también tengo que reconocer que la Argentina es un país muy grande y son realidades muy diferentes. Me cuesta sentir que Uruguay está mejor. Creo que el tener menos gente por metro cuadrado fue algo clave. Yo lo estoy viviendo con mucha responsabilidad y respeto en la Argentina, y también muy agradecida desde mi lugar de privilegio. Es un poco pedante o antipático hablar de cuarentena desde un lugar de privilegio. Yo tengo una casa, un espacio, mi hijo está bien emocionalmente, se puede trepar a los árboles en nuestro jardín. Ricardo y yo sabemos que cuando esto termine tendremos trabajo. Esa no es la realidad de la inmensa mayoría del país y de mis propios colegas, de mis amigos, que la están pasando muy mal. Nosotros tenemos los recursos para cuidarnos, pero hay gente que no tiene agua, que tiene que salir a la calle a ganarse el mango, que tiene que ir a comer a un comedor. Los chicos que no pueden ir a la escuela, que también es un espacio de contención contra la violencia doméstica; lo mismo para la mujer. Ojalá esto pase pronto, aprendamos algo como sociedad y seamos más solidarios entre nosotros. Sobre todo, una sociedad más equitativa, porque la Argentina no es un país pobre, es un país injusto.

«Con Rusia tengo un vínculo muy especial, algo sentimental, emocional, y pienso que ahí está el secreto de la buena aceptación del documental.»

–¿Qué reacciones tuviste en Rusia cuando te pusiste la remera del orgullo LGBTQ? ¿Pensaste en las consecuencias de ese acto político?

–Si ves el arte de mi disco, y en muchos recitales, yo siempre tuve los colores de la bandera. Para mí es algo natural, mi público sabe que lo incorporo y sabe por qué lo hago. Además, yo tengo mucho público LGBTQ+ allá, entonces es mi forma de decir que estoy con ellos. No lo hago como un acto de rebeldía, lo hago como un abrazo a ellos. Sin embargo, la repercusión que tuvo fue en el exterior, no en Rusia; allá no lo replicaron. Yo lo hice porque quise y no tuve miedo, porque a mí nunca me dijeron que había cosas que no podía hacer. Y además, no tendría sentido para mí que me lo dijeran, porque yo siempre soy muy respetuosa de los lugares en los que estoy y de las normas de cada lugar. Pero no encuentro nada de malo en hacer visibles mis sentimientos y mi pensamiento. La verdad es que allá nunca me llamaron la atención ni con eso ni con mi apoyo a las causas de Greenpeace. No pasó.

–Todos tus fans esperamos nueva música tuya. ¿Está en tus planes un nuevo disco?

–Yo me considero una actriz que canta y no una cantante que actúa. Desde ese lugar me da mucha alegría poder hacer Gilda y sacar un disco de la película, o hasta en Infancia clandestina me di el gusto de cantar un tema de Discépolo. Siempre tengo la idea de hacer un nuevo disco, pero el formato de doce canciones ya no funciona más, uno puede sacar un tema y no un long play. Y en eso estamos, tengo algunos temas escritos, tengo amigos músicos y hasta a Ricardo, que siempre me motiva a que hagamos algo, así que quizás en algún momento se concrete. Igual ahora tengo muchos proyectos de cine, el proyecto de Santa Evita para filmar, y yo me tomo muy en serio el proceso de creación, tanto de un personaje como de una canción, así que debería encontrar ese espacio.

«Yo me enamoré de la Argentina, acá tengo a mi marido, a mi hijo, todo. Yo soy feliz acá y es mi casa. Pero Uruguay es mi cuna, mi esencia, el origen.»

–A tus 43 años se te ve muy inocente, como si nunca hubieras dejado de ser esa niña de ocho que tenía un sueño. ¿Cómo mantenés esa inocencia?

–No sé, yo a veces miro a los ojos a mi hijo y me pregunto: “¿Cómo no perder esto, cómo no perder esa mirada de inocencia ante la vida?”. De sorpresa, de asombro, de compasión. Cuando en el documental vuelvo a la casa de mi abuela por primera vez desde que me fui de Uruguay, cerré los ojos y me reencontré con esa nena, y me di cuenta de que sigo siendo eso y de que no me traicioné. Y esa nena me acompaña siempre, con esa energía y mirando la vida desde ese lugar.