«I Love Dick» escapa a cualquier etiqueta. Se parece mucho más a las películas americanas independientes que dieron prestigio a John Cassavetes o a Sam Shepard. Esa es la atmósfera que se respira en este show de Amazon Prime que, con una única y contundente temporada de ocho capítulos de media hora, protagoniza Kevin Bacon.


Soy un gran fan de los géneros literarios, cinematográficos y televisivos: el policial, el thriller, el espionaje, la ciencia ficción, el drama. Dicho esto, la serie lado B de esta semana, «I Love Dick» escapa a cualquiera de esas etiquetas. Se parece mucho más a las películas americanas independientes que dieron prestigio a John Cassavetes o a Sam Shepard. Esa es la atmósfera que se respira en este show de Amazon Prime que, con una única y contundente temporada, y con 8 capítulos de media hora, protagoniza Kevin Bacon. Bacon es, desde mi punto de vista, uno de los mejores y más versátiles actores de su generación, pero el bajísimo perfil que eligió siempre hizo que quede un poco relegado en cuanto a fama y premios se refiere.

Kevin Bacon es aquí un artista con una obra magnífica y escasa, que decide dar la espalda al sistema, dejar casi de producir arte, y sostener un Museo que expone sus trabajos y oficia de escuela de arte en un remoto pueblo de la América profunda. Pero mucho más que eso: es un objeto de deseo. No, es EL objeto de deseo.

Y llegamos entonces al centro del asunto: la serie funciona como una tesis sobre el Deseo a la manera en que Barthes lo describiera el siglo pasado en sus «Fragmentos de un Discurso Amoroso». Y de la pasión. La pasión como la entendieron Madame Bovary, o Anna Karenina, o los personajes de Margueritte Duras.

El detonante de la trama es la llegada a este pueblo de un matrimonio conformado por Sylvere (Griffin Dune) y Chris (Katherine Hahn), un historiador becado para estudiar el Holocausto y una cineasta con más pretensiones que sucesos. Ambos personajes, y ambos actores, maravillosos.

Y sí, el día en que Chris ve por primera vez a Dick (Bacon es irresistiblemente erótico en este envío), siente que los cimientos de una sexualidad aletargada se sacuden, y sólo puede desear a este hombre enigmático, probablemente nihilista y con un carácter particularmente áspero.

Toda la serie es el desarrollo de la evolución de esta pasión, siempre postergada, siempre ignorada, que es la pasión que Dick despierta en sus discípulos, en sus vecinos de Marfa, Texas y, finalmente, en quien lo conozca, incluido los espectadores.

Los guiones de la serie son de un gran ingenio, recuperando el formato epistolar para el comienzo de cada capítulo, cartas que la protagonista lee en off, y que como el deseo mismo, están destinadas a ser escritas para no enviarse.

La cámara, la dirección de actores, la elección del casting, la novedad de una serie que en el siglo XXI «sólo» hable de lo que aquí se habla, todo conspira para lograr el gran producto que es «I Love Dick», advirtiéndonos, en fin, que el deseo está destinado no tanto a consumarse como a consumirse.